Yo creo:

En la lucidez del poeta Juan Gelman cuando dice que resistir no es quedarse…ni irse…

En la evidencia de que la Política es solo la esquina más visible del descalabro moral de la colectividad…



En la Crítica a quienes confunden los desvíos medievales con la evolución contemporánea del Liberalismo…

En la estética de la poeta Alejandra Pizarnik: “La rebelión consiste en mirar una rosa hasta pulverizarse los ojos”.

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En la Crítica a la nueva versión del Terrorismo de Estado impulsado por el estalinismo anacrónico, que ha pasado del programa político a la manipulación cultural; de la lucha de clases a la identidad tribal…

En el desaire universal de Georges Bataille: “El hombre es un dado trágico”.

En el mito de las Danaides, porque cada gota de sudor se derrama en un barril sin fondo…

En la sutileza de Lacan para descubrir que el vacío que no se llena es “lo que no cesa de No escribirse”.

En el pudor antiacadémico de Cioran (y de Borges) para entender que la filosofía es una forma de vivir sin candados intelectuales, no el Plan de Estudios de una carrera universitaria con Horario y Tutor…

En la falta de ubicación demagógica de Roberto Arlt: “El hombre es una bestia triste a quien solo los prodigios conseguirán emocionar. O las carnicerías”.

En la escasa piedad de Freud para sugerir que pensar que elegimos a “los malos” y a “los buenos” es solo un rodeo narcisista; que ya habíamos elegido inconscientemente…

En la indiscreción de Lacan para revelar que el síntoma es menos una enfermedad que una manera de relacionarse con el mundo…

En la ironía de Barthes, que sabe que el relato cultural no compromete a nadie: “El estereotipo es la parte del discurso que no tiene cuerpo”.

En el escepticismo de Cioran, que, al parecer, tiene un rescoldo de fe, cuando insinúa que el hombre es “una coma en una página en blanco”.

En la falta de ubicación demagógica de Borges, cuando plantea que una feroz criatura sale a la calle y vuelve despavorida a la soledad de su laberinto…

En el pudor académico de Alan Badiou: “La filosofía es una disciplina que viene después del día del conocimiento”.

En la sutileza de Julia Kristeva para descubrir la patria de un desertor: “El melancólico es un extranjero en su propia lengua”.

En el desaire nacional de José María Barbieri: “Es más fácil domesticar a un pueblo que conquistar a un hombre singular”.

En la falta de ubicación demagógica de Borges, que es circular: “Comprendió su íntimo destino de lobo, no de perro gregario;”

En la escasa piedad de Nietzsche para advertir que “el origen de toda moral está en hacer pasar por bueno lo que mejor hacemos”.

En la indiferencia del azar, que una noche entendió Carlyle, cuando echaron por error un manuscrito suyo a la chimenea para que no se apague el fuego…

En el miedo frente al que pasa de largo ante la música, como diría Cioran…

En el heroísmo con minúscula de Bukowski: “Encuentra lo que amas y deja que te mate”.

En el sarcasmo de Fernando Pessoa, que sabe que el relato cultural no compromete a nadie: “Haber estado en un naufragio o en una batalla es algo bello y glorioso; lo peor es que hubo que estar allí para estar allí”.

En el desaire municipal de Heráclito de Éfeso, que prefería jugar a los dados con los niños que redactar leyes para las costumbres depravadas de la ciudad (lo relata Diógenes Laercio, lo destaca Nietzsche y lo celebra Heidegger).

En la crueldad de Lacan para observar que las cosas no tienen una forma esférica, que la curva nunca se cierra…

Por Roberto Barbery Anaya, abogado y pensador cruceño.