La historia dice que la producción de trigo decayó en las regiones históricamente generadoras del cereal
Por Gary Rodríguez

Gary Rodríguez en su visita a las instalaciones de La Razón. Foto: Oswaldo Aguirre
Fuente: La Razón
Bolivia es un país privilegiado, como pocos: ha avanzado no solo en cuanto a la “seguridad alimentaria” -que se puede lograr importando alimentos- sino, también, en “soberanía alimentaria” al producir por sí misma casi todos los alimentos básicos, excepto el trigo, de cuya importación dependemos altamente.
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La historia dice que la producción de trigo decayó en las regiones históricamente generadoras del cereal -Cochabamba, Potosí, Chuquisaca, La Paz y Tarija- por la minifundización de los predios, herencia de la Revolución Nacional de 1952. El área de siembra bajó a 80.000 hectáreas ese año y recién en 1962 recuperó aquel nivel; en 1963 superó apenas las 100.000 hectáreas, luego volvió a bajar. Entonces, Bolivia pasó a depender de las donaciones asistencialistas de trigo extranjero, especialmente de EE. UU.
En el pasado reciente, Santa Cruz, al influjo del cultivo de la soya, amplió el área de siembra de trigo hasta pasar las 100.000 hectáreas en 1993 y las 200.000 en 2016, nivel que, debido al clima, el contrabando y la falta de buenas políticas públicas, decayó hasta poco más de 100.000 hectáreas, pero este año llegará sólo a 50.000 hectáreas, según ANAPO, frente a 138.000 hectáreas del 2025.
En 1951, Bolivia producía casi 46.000 toneladas de trigo, lo que decayó desde 1952 y no se recuperó hasta 1971 cuando superó las 47.000 toneladas. Luego, con el aporte de Santa Cruz, en 1993 el país produjo más de 100.000 toneladas; en 2010 superó las 200.000 y logró un hito de 338.000 toneladas en 2015, aunque de ahí en más no se repitió este pico: la ansiada autosuficiencia se fue a pique.
La explicación de su creciente producción en Santa Cruz está directamente vinculada a la soya: el trigo, un cultivo de “siembra directa” y de “rotación de cultivos” en invierno, demuestra fehacientemente que la soya no es un “monocultivo” -como los detractores del “agronegocio” en su ignorancia sostienen- llegando a convertir a la región cruceña en el primer productor, hasta representar el 75% del trigo nacional. Pero, la sequía, las plagas, el precio no atractivo, la competencia del contrabando, los avasallamientos, la negación de la biotecnología y la falta de diésel, no solo impidieron el avance de este cultivo de alto riesgo, sino que generaron un retroceso en su producción.
De ahí que, el gran capítulo pendiente de la seguridad con soberanía alimentaria de Bolivia es el trigo: en lo que va del siglo XXI gastamos más de 2.500 millones de dólares importando principalmente harina de trigo que entra con “arancel cero” desde Mercosur, afectando directamente a las molineras del país.
¿Por qué no producimos más trigo? Porque las zonas productoras por excelencia -de clima templado a frío, en el interior del país- no lo pueden hacer a escala ni tienen la tecnología para ser competitivos y, en el Oriente, la siembra de “trigo de invierno” no tiene incentivos suficientes frente a otras opciones de “rotación” con el cultivo de la soya, como son el maíz, sorgo, girasol, chía y otros.
Gary Antonio Rodríguez Álvarez es economista y gerente general del Instituto Boliviano de Comercio Exterior (IBCE)
Fuente: La Razón
