El poder destructivo de Evo Morales emerge de la promesa vacía del cambio


Irma Velasco Prudencio

Evo Morales recurre aún a la palabra “cambio” estratégicamente opuesta al término “pasado”. Se trata del mismo lenguaje manipulador y turbio que utilizó en la campaña electoral de las elecciones generales de 2005 y que lo ha acompañado a lo largo de los 13 años que está en el poder.

Convertido en un ideal en sí mismo, en un imperativo categórico, el “proceso de cambio” muestra en Bolivia su fuerza devastadora porque contamina con su sinrazón todo lo relativo al pasado. La historia, el saber acumulado, los valores, la ley y las instituciones, nada se salva del desprecio estratégico hacia la tradición, hacia lo que debe ser permanente y eterno.



Como explica el autor español Alfonso López Quintás en su obra La Tolerancia y la Manipulación (Rialp), el manipulador depaupera al máximo el concepto de tradición para hacerlo ver como un fardo pesado que no promociona la vida sino que la bloquea, lo que le permite desvirtuar una norma o criterio que viene avalado por una tradición de siglos cuando le interesa.

Evo Morales se mueve en ese pantano de significados enlodados cuando corrompe el sentido de la palabra tradicional y la usa para desprestigiar a la clase política del país y sus partidos, buscando ser el protagonista exclusivo del Poder, de un espacio de dominio que roe la política porque en él no se producen encuentros.

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Pero Morales mostró la irresponsabilidad ilimitada de su vocación destructiva cuando dio fin de la República de Bolivia, apoyándose en un lenguaje rencoroso por nuestra historia republicana, y se sirvió de las identidades indígenas, que nunca le interesaron de verdad, para fragmentar el país. El Estado Plurinacional se opone a la unidad de la nación y al reconocimiento de una identidad boliviana, la mestiza.

Aún, ondeando la bandera de la destrucción, los actuales gobernantes acabaron con la racionalidad de nuestra Constitución Política del Estado al reconocer una jurisdicción indígena, una justicia comunitaria que no tiene ninguna relación con el respeto a las identidades indígenas, que deja a todos, sin excepción, vulnerables al establecer que estas “aplicarán sus principios, valores culturales, normas y procedimientos propios”. Lo que se refleja en el aumento dramático de los linchamientos. En 2013, Naciones Unidas informó que Bolivia es el segundo país con mayor cantidad de linchamientos en la región, después de Guatemala.

Hoy vemos materializarse esa torpeza deliberada con el entendimiento en las llamas que consumen gran parte del territorio nacional, porque el valor ecológico de los árboles también se mide por sus años, y Evo Morales y Álvaro García Linera detestan el tiempo porque la cronología del “proceso de cambio” es ficticia, nos mantiene en la espera indefinida y pretende fascinarnos con una ilusoria sensación de esperanza. Engañosa esperanza porque su enemistad con el ayer les ha permitido demoler nuestro presente para diseñarse, sin límites, un porvenir que solo les atañe a ellos.

Un porvenir sembrado de coca, con el narcotráfico sentado en las poltronas del Poder. Y también en este caso el oficialismo está peleado con la tradición. Por denunciar que la ampliación del cultivo legal de la coca de 12.000 a 22.000 hectáreas beneficia a la región del Chapare donde las hojas cultivadas tienen un destino ilegal, Franklin Gutiérrez, líder de la Asociación Departamental de Productores de Coca de La Paz (Adepcoca), es un preso político desde hace algo más de un año. Un estudio de la Unión Europea, según el cual la demanda doméstica por el uso tradicional de la hoja en el país es menor a 15.000 hectáreas, le da la razón. Por otra parte, el Informe Mundial sobre Drogas 2017 (UNODC) confirma que el 91 por ciento de la coca cultivada en El Chapare se desvía al mercado ilegal.

El “proceso de cambio” reduce a los ciudadanos a objetos

Entre tanto, para mantener la vigencia del llamado “proceso de cambio” los ciudadanos hemos sido reducidos a objetos. López Quintás lo explica así: “Manipular equivale a manejar. De por sí, únicamente son susceptibles de manejo los objetos (…) Si hago algo semejante con una persona, si la reduzco a medio para mis fines, la considero como un objeto, la rebajo de nivel, la envilezco. Ese tipo de envilecimiento es la manipulación”.

Así, como objetos que sirven de advertencia, son tratados los presos políticos y nuestros compatriotas exiliados por un Estado corrompido que incumple con sus obligaciones constitucionales y no respeta los derechos humanos ni la libertad de sus ciudadanos.

Como cosas, piedras en medio del camino que se retiran sin más y se arrojan lejos, muy lejos, para que no estorben, fueron considerados los millones de bolivianos que votaron a favor del No en el referéndum del 21 de febrero de 2016.

Quizás también este sea el motivo por el cual los jefes del ejecutivo, tan ciegos y sordos como las llamas que consumen nuestros bosques por responsabilidad exclusiva de sus decisiones, no tienen ninguna empatía con los bomberos voluntarios que enfrentan el fuego sin las mínimas condiciones de seguridad necesarias para proteger sus vidas.  Ni siquiera la muerte de nuestros héroes los sensibiliza. Siguen diciendo, desde su suntuoso palacio de falsos motivos indígenas, que los bolivianos, hijos de una de las patrias más pobres del continente, podemos, vestidos de amor y patriotismo, vencer el fuego que asola millones, muchos millones de hectáreas. Pero el país no lo olvidará jamás, esas llamas tienen nombre: Evo Morales y Álvaro García Linera.