Rosario Paz Ballivián
Los efectos del poder en los seres humanos pueden llegar a ser devastadores. El poder y la locura suelen ir a dúo y no me refiero a la locura que matiza y sazona nuestras vidas y nos vuelve apasionados y creativos y nos activa e inspira a tomar riesgos. Me refiero a la locura nociva, por la cual las personas se pierden en la sinrazón, buscando la ley del “padre” (en psicología simboliza la autoridad) se extravían, porque tuvieron carencia o excesiva presencia del mismo. El poder es el detonante que crea dioses veleidosos ensimismados y sanguinarios.
Rosa Montero acerca del ensayo de Owen “En el poder y la enfermedad”, sostiene:
"Esta obra es un fascinante viaje por el cuerpo, por esa cosa tan íntima que es la salud, un asunto sin duda privado que, sin embargo, cuando atañe a los dirigentes de un país, puede acabar teniendo graves consecuencias públicas."
El ensayo refiere que según un estudio de 2006 el 29 por ciento de todos los presidentes de los Estados Unidos sufrió dolencias síquicas estando en el cargo y que el 49 por ciento presentó rasgos indicativos de trastorno mental en algún momento de su vida.
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Pero Owen estudioso psicólogo inglés, no recreó su mirada en los personajes latinoamericanos de las últimas décadas: Pinochet, Abdalá Bucaram, Hugo Chávez, Correa, Lugo. Todos ellos brutales, excéntricos, medio poetas, soberbios, y desmesurados. Tampoco reparó en desvaríos más cercanos: El presidente Evo, carismático, primario, astuto. El vice, frío, sin alegría, ni denotada tristeza, un tanto atormentado y ególatra; el ex ministro Quintana, obsesivo persiguiendo venganza de quien sabe que afrenta, el senador Rojas con rasgos homicidas capaz de exhibir un espectáculo macabro a los niños de Achacachi. En fin, la lista de estos patriarcas blancoides e indígenas es interminable todos bajo los efectos de “la borrachera del poder” y extraviados en sus propios laberintos.
Estos poderosos no caminan solos, los secunda un grupo que los sacraliza y los aísla de la realidad. Entre ellos se aplauden y conspiran mutuamente. Mientras tanto los bolivianos y las bolivianas no nos reconocemos y no terminamos de comprender el descalabro. Otros, sin embargo, succionan del poder mientras la cooperación internacional temerosa retroalimenta la locura.