Gonzalo Mendieta Romero
Cunde una bacteria intelectual: nadie con aire culto deja de citar a René Zavaleta. Éste se ha vuelto, en estas tierras hijas del tomismo medieval, el Doctor Angelicus nacional. Un síntoma de esto es que, por ejemplo, casi nunca se escuche decir: “Francovich decía’”, incluso si sólo deseas oponerle algún pero.
Al principio lo atribuí al vicio -del que nadie está libre- de quien saca a pasear sus libritos, buscando estatus, mostrando un barniz intelectual y dominio del “gurú” (Zavaleta) para disuadir cualquier debate. Pero no; es una plaga que afecta a doctos, políticos, loros y fantoches por igual. Parece que el único que escribió en Bolivia -al que se lee con reverencia de culto- es Zavaleta. Un dicho suyo a la mano es como un santo y seña; el que lo empuña, en realidad quiere decir: “por si acaso, comparto la verdad consagrada de este tiempo, así que hablo con autoridad”.
En las citas a Zavaleta hay ya poco por rescatar. Sus ideas vienen ajadas: se han reducido a frases sin vitalidad, que no dicen nada que no sepamos hasta el hartazgo. La obra de Zavaleta es nuestra Suma Teológica. Todos la celebran como una biblia que remedia la angustia escolástica de no contar con un manual. Es como si citando a Zavaleta se adquiriera derecho a reclamar la verdad, sin más preguntas. El conocimiento de Bolivia se agotó en Zavaleta; nada lo precedió. Queda para el futuro comer de ese árbol o de los arbustos que -por gajos zavaletianos- crecen como hongos.
No menosprecio su sugerente obra, pero se nombra a Zavaleta hasta en lo que no es particularmente original. La teoría de los “momentos constitutivos”, por ejemplo, se puede encontrar en el jesuita Baltasar Gracián, trescientos cincuenta años antes y sin jactancia. En su libro El Político, Gracián esboza una idea plenamente asociable al momento constitutivo zavaletiano, a propósito de los reinos y sus tendencias: “Por donde comenzó a correr el caudaloso río, por ahí prosigue, que después es género imposible el mudarle la corriente”. Es menos chic, desprovista de guiños de academia y pletórica de sentido común campesino, pero basta para inducir a pensar.
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No es que cada boliviano deba formar su escuela de pensamiento, prescindiendo del autor al que respete. El peligro es la santificación sosa, la repetición rutinaria, la amputación de la reflexión a cambio del prestigio de café. Aludiendo menos a Zavaleta, leeríamos también a otros y, sobre todo, observaríamos.
Un ironista alemán decía: “Dime lo que necesitas y te proveeré con la cita pertinente de Nietzsche”. Con Zavaleta sucede lo mismo, pues vivió fases de inclinación intelectual diversa (el nacionalista, el marxista, el marxista refinado con enagua weberiana): hay citas
Si usted es desarrollista, le propongo: “los países atrasados tienen -como quizá la única ventaja de haber llegado tarde- (fíjese que “tarde”, de acuerdo con el desarrollo de Occidente), la de poder utilizar las técnicas más modernas y encarar los aspectos más veloces, rentables y multiplicadores de la industrialización”. Si reivindica el mestizaje en el censo, le conviene: “Los stalinistas, en cambio, argumentan por reducción o por pulverización. La nación boliviana, para ellos, no existe. Existen, en cambio, la nación chiriguana, la nación quechua, etc.”. Si le duele vivir sin una dosis usual de jerga “plural”, con señas de cientificidad, viene al pelo: “Es obvio que el secreto mismo de países como Bolivia o como Italia radica en la multiplicidad de sus microuniversos”. Trozando a pedido a Zavaleta como en una carnicería del mercado, se pueden armar soportes para todo.
Olvidando al Zavaleta que en pos del reconocimiento académico cosmopolita enterró parte de su singularidad, si de citar se trata, me quedo con este juicio de Medinacelli: “Somos pueblos infantiles, en pleno período de imitación. Pero entre imitar inconsultamente al primer modelo que se presenta, o al pueblo o doctrina que están de moda, es preferible, indudablemente, seleccionar”.
Página Siete – La Paz