Oscar Díaz ArnauEl Gobierno neutraliza la corriente de opinión que de tanto en tanto cuestiona sus prácticas democráticas apoyándose en una contradicción falaz: “libertad de expresión-censura”. La ecuación no admite dudas: “Si no hay censura, no hay razones para pensar en limitación alguna a la libertad de expresión”; una postura reduccionista muy favorable para el novísimo y original objetivo de conseguir el despojo de esa tara de la humanidad que algunos se atreven a creer una condición natural del hombre, la de ser pensante.Esto también tiene lógica: “Para qué gastarse individualmente si alguien ya hace el esfuercito por todos”.-¿Acaso no son amados?, diría la abuela.Son, abuela. Con los años se han vuelto cada vez más considerados: si antes pensaban en los bolivianos, ahora lo hacen por los bolivianos.Volviendo al principio, los guardianes de la “incuestionabilidad” de la libre expresión en Bolivia (permítaseme la licencia gramatical), seguramente influidos por el materialismo dialéctico y su ley de unidad de los contrarios, apelan a la dualidad antes dicha para alejar todo conato de pensamiento diferente, pero olvidan (en realidad, tienen prohibido acordarse) que la ausencia de censura no garantiza libertad de expresión.Con ese único argumento, el Gobierno dice la verdad a medias porque la libertad de expresión no se restringe, solamente, con la censura. Por otro lado, ser constitucionalmente libre no te hace libre per se.Esto me recuerda una conversación que tuve con un psicoanalista y además neuropsiquiatra boliviano radicado en Estados Unidos. Él hablaba de la “autocracia subconsciente”, que según su explicación consiste en un estado en el que te sientes libre pero en verdad no lo eres. Probablemente subyugado por una maquiavélica estrategia de temor, o de persecución, acabas preso en tus propias ideas porque una gran virtud de la autocracia subconsciente es que pierdes el impulso de la creatividad. Y el que no crea se uniforma. Y el que se uniforma piensa igual a los demás, y corre el riesgo de perder en el juego de los pretenciosos que buscan concentrar el pensamiento en pocas cabezas.Mientras los masistas libran su propia guerra interna por la libertad de pensamiento, la libertad de expresión sobrevive al fuego cruzado de baja intensidad que se registra, en general, en el campo de batalla de la radio, la prensa y la televisión.Como el Gobierno se apropió de los medios del Estado, no hay crítica fuera de los medios privados. Pero aquí entra en juego otra astucia del MAS, un modus operandi que ya es todo un modelo con receta, sin embargo, prestada: el Estado avanza en el terreno mediático privado y, al mismo tiempo que acapara la información y la opinión, reduce el impacto de los medios independientes. Esta palabrita que no gusta para nada a los siempre listos del ejército comunicacional del Gobierno y que, por cortesía con ellos, morigeraremos a: los medios que no son manejados (ni manipulados) por el oficialismo.Los “nuevos dueños de la opinión”, al margen de romper con el principio de equilibrio y pluralidad en periodismo, de tener a favor una extraordinaria capacidad para tergiversar la realidad y de haber logrado que en las redacciones, cabinas de radio y sets de televisión prime la autocensura por temor a represalias, constituyen una temible camada de inteligentes con permiso para pensar que se dedican a buscar novedosas formas de limitar la libertad de expresión haciéndolo tan bien que pasen por lícitas, no sea “necesaria” la muy evidente censura y tampoco se note que vivimos amansados por una democracia particular, en verdad, la autocracia subconsciente.Página Siete – La Paz