El vicepresidente Edmand Lara ha transitado de la virulencia a la cordialidad superficial, porque sus llamados al diálogo coexisten con ataques sistemáticos a la gestión gubernamental.

En menos de tres meses de gestión, el binomio presidencial integrado por Rodrigo Paz Pereira y el vicepresidente Edmand Lara se ha convertido en un foco de tensiones políticas que parecen contradecir el discurso institucional que ambos deberían encarnar. En las últimas semanas, Lara ha extendido invitaciones públicas al diálogo con el presidente, pero estas vienen acompañadas de ataques virulentos hacia la gestión de la cual forma parte, lo que incrementa las dudas sobre su coherencia política y sus efectos en la estabilidad del Ejecutivo.
El pasado 30 de enero, Lara difundió un video en el que llamó al presidente Paz a conversar y “resolver nuestras diferencias siempre pensando en la patria”, para luego dejar en la cancha del presidente la decisión sobre la convocatoria vicepresidencial a limar esperanzas. “Rodrigo Paz Pereira, cuando tú digas, a la hora que digas y en el lugar que digas, ahí voy a estar. Resolvamos las diferencias, demostremos unidad, fortaleza, compromiso y respeto a todos los bolivianos”, convocó en esa oportunidad.
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Sin embargo, el llamado al diálogo no rindió frutos, sino más bien provocó un silencio del primer mandatario, empero, sus colaboradores calificaron de contradictoria la posición del segundo hombre del país, quien un día después retiró la oferta y reanudó los ataques directos a la gestión gubernamental. El viceministro Wilson Santamaría subrayó esa paradoja al calificar de ‘falta de coherencia’ la convocatoria de Lara, “porque mientras hace el llamado al diálogo mantiene los ataques contra las políticas gubernamentales”.
“El divorcio político entre el presidente Paz y el vicepresidente Edmand Lara podría ingresar en la segunda parte de las evaluaciones, pero creo que el tema ya está resuelto, salvo opinión u acción benevolente del primer mandatario. Lara ha quedado anulado con la indiferencia de Paz. Ni la ráfaga de insultos y descalificaciones, ni el ruego para superar las diferencias en una conversación a solas han hecho que el presidente vuelque su mirada sobre su excompañero de fórmula electoral y vicepresidente autoproclamado opositor al Gobierno”, señala el analista y periodista Edwin Cacho Herrera.

La percepción de incongruencia no se limita a las declaraciones de funcionarios gubernamentales. Políticos de otras fuerzas también han reaccionado a la estrategia pública de Lara. La diputada Lissa Claros, de la Agrupación Libre, una coalición opositora con representación significativa en la Asamblea Legislativa Plurinacional (ALP), señaló que tanto Paz como Lara ‘por el bien del país’ deben ‘solucionar sus problemas’ en vez de seguir en confrontación pública permanente.
Otro de los líderes políticos, el alcalde de Cochabamba, Manfred Reyes Villa, jefe de Autonomía para Bolivia – Súmate (APB – Súmate) fue incluso más mordaz al considerar que “el diálogo sería ideal, pero (Lara) no es creíble; atacó a todo el mundo”. Esta frase refleja una percepción generalizada sobre los devaneos del segundo mandatario del país, quien, además, pierde fuerza en el contexto político, porque su ambigüedad ha provocado que su popularidad esté en caída libre, tal cual refleja una encuesta de un medio televisivo que muestra que apenas el 20% de la población aprueba al vicepresidente.
“Considerar una reconciliación con Lara sería desastroso para la estrategia de poder de Paz, más aún después de los resultados de la última encuesta de Ipsos Ciesmori —65% de aprobación al presidente y 20% al vicepresidente en enero— y el destacado desempeño que tuvo en el Foro Económico de la CAF, evento en el que Bolivia fue la niña mimada de los organismos internacionales, de potencias económicas de América y de otros continentes como el europeo. ¡Ni loco que fuere!”, sostiene al respecto Cacho Herrera.
Las tensiones generadas por las declaraciones de Lara no quedan aisladas al Ejecutivo. Sectores políticos como Libertad y República (Libre) han amplificado ciertos dichos del vicepresidente, generando un eco opositor que convierte cada declaración en un debate político más amplio sobre la gobernabilidad actual. La diputada Lissa Claros, por ejemplo, llamó a la reflexión y a la búsqueda de soluciones internas en lugar de polarización pública, una postura que dista de la narrativa de confrontación que ha caracterizado varias presentaciones de Lara.

Este fenómeno revela además cómo figuras y agrupaciones políticas externas al Gobierno encuentran en la inconsistencia de mensajes una oportunidad para reforzar sus ataques contra el gobierno de Paz. Tal es el caso del candidato a la Gobernación de Santa Cruz, Juan Pablo Velasco, quien validó la declaración de Lara sobre que Bolivia vive en un narcoestado. “Yo no comparto mucho con el Vicepresidente, pero me parece que en esto sí, es evidente”, señaló.
En tanto, la población observa cómo, en el corazón del Ejecutivo, las tensiones internas se abren paso en los medios y en las redes sociales, con un vicepresidente ambivalente que, por un lado, hace un llamado al diálogo y, por otro, lanza ataques virulentos a la gestión que se supone debe respaldar y fortalecer. Esa falta de alineación entre discurso y práctica política del vicepresidente genera más preguntas que certezas sobre su compromiso con el país.