“100 días carajo!”


El agudo deterioro de la democracia en países como Hungría, Venezuela, Rusia o Turquía llama la atención sobre «cómo mueren las democracias». Existe una amplia gama de explicaciones sobre la magnitud y la trascendencia práctica del declive democrático, sobre todo a partir de qué o quienes han producido el deterioro de la democrática. ¿Qué fuerzas económicas, institucionales o sociales hicieron más para tensar o socavar las estructuras democráticas? Todo apunta a las estructuras institucionales, las decisiones de los actores políticos y los desarrollos económicos o sociales que presionan a la democracia hacia su detrimento. Centrarse en las variables que permitieron ese declive, debe permitir seleccionar diversas herramientas para permitir consolidaciones democráticas exitosas. Se supone que nosotros estamos tras aquella consolidación de éxito.

Todo se mide en resultados y en tiempos, mucho más en democracia, por eso aquello de los tres meses o los 100 días carajo, existe números para ilustrar las condiciones sociales y económicas generales para resaltar lo bueno, pero es poco probable que se aborden los factores que pueden impedir la buena salud del gobierno, una gobernanza que se ve expuesta a fuerzas sociales, políticas o económicas que podrían favorecer al equilibrio o acelerar el retroceso. En particular, centrarse en los resultados ayuda a visibilizar los mecanismos institucionales o las condiciones situacionales que redundan en beneficio de la gestión y de la democracia en momentos de crisis. Permite determinar los factores sociales, institucionales o políticos que aumentan las posibilidades de supervivencia del nuevo modelo en una democracia bajo presión. En resumen, debe ayudar a comprender no solo por qué debemos cambiar, sino también por qué persisten las condiciones de gran presión. Mirar hacia otro lado o vivir de justificaciones es pegarse un tiro en el propio pie.



Nuestra esperanza es que podamos estimular una gama más amplia de cosas buenas sobre el deterioro de la calidad de las instituciones inicialmente funcionales, sin caer en autoritarismo, en un plazo de unos pocos años, recuperar una democracia de alta calidad y una sociedad debidamente atendida. Gráficamente, esto puede imaginarse como un caso en el que la calidad muestra una caída en forma de U, con el tiempo, dependiendo la profundidad y la duración de la caída, se permitirá una reversión lenta o un ascenso controlado y real. La clave es que gobierno necesita comprender como sucede esto y pueda sobrevivir bajo amenaza. La definición, destaca casos en los que los cambios en la calidad de la democracia son visibles, del otro lado el gobierno podría rozar el fracaso sin que tales cambios manifiestos se vislumbren. A la larga afecta si los actores internacionales anticipan el riesgo de retroceso y ya no quieren intervenir, el deterioro visible en la calidad de las instituciones democráticas podría materializarse. Al diluir los límites claros que marcan la administración del Estado, se erosionan los puntos focales claros en torno a los cuales organizarse.

No obstante, si bien la naturaleza gradual de este proceso incrementa los costos de coordinación para generar una respuesta prodemocrática, el tiempo inicial también crea oportunidades para que algunas instituciones y fuerzas políticas pueden trabajar para mitigar y revertir retrocesos. En cambio, si la actual administración tiene dificultades para desarrollarse, la explicación será que carecieron del poder y la coordinación interna necesarios para gobernar. ¿Qué se considera un verdadero fracaso o una rápida recuperación de la estabilidad? Abordar esta cuestión tiene 2 escenarios: La primera es cuantitativa y se basa en los índices existentes para comparar la calidad y cantidad de lo implementado, estas medidas tienen un valor limitado, y es que las herramientas utilizadas, no son aún lo suficientemente precisas como para que podamos observar resultados concretos. En segundo lugar, y de forma más general, los diversos índices estándar de democracia miden, de hecho, aspectos diferentes del desempeño del sistema político. La única oposición existente aún, para beneficio del gobierno, lastimosamente viene de la vicepresidencia.

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Dadas las limitaciones existentes, a decir del gobierno, en los casos de claras situaciones de riesgo en diferentes regiones e instituciones, las decisiones de los líderes clave dentro del ejecutivo son cruciales para que los acontecimientos tomen el rumbo que finalmente necesitamos, esto no es de amigos, la experiencia demuestra la importancia de una maquinaria electoral neutral, integrada por funcionarios capaces de resistir la influencia política. El botón de muestra es Gustavo Ávila Mercado, vocal ratificado al Tribunal Supremo Electoral en representación de Rodrigo Paz. El actual presidente del TSE tuvo un recorrido curioso en el ente electoral. Fue vocal departamental de Tarija desde el 2017 durante los años del MAS. Fue aprehendido y encarcelado acusado del “presunto” fraude electoral de 2019. Y en abril de 2024 luego que se cerraron todos los casos contra los ex vocales, Ávila fue designado como representante del Órgano Ejecutivo por Luis Arce. La ley dice que los miembros del TSE duran en sus funciones seis años sin posibilidad de reelección. Es el que se opuso a la auditoria del padrón electoral, pero ahora alienta uno nuevo, ¿por qué?  si antes, según él, estaba bien. Si el MAS hizo mal las cosas, repetir los mismos errores no marcara la diferencia.

Mgr. Fernando Berríos Ayala / Politólogo