La oposición que Bolivia necesita


 

 



 

Han pasado poco más de tres meses desde que el país decidió abrir una nueva etapa política. No es un tiempo suficiente para resolver una crisis estructural incubada durante décadas, pero sí es un plazo razonable para evaluar señales, prioridades y voluntad de cambio.

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En ese lapso, el Gobierno ha logrado algo que no es menor, reinstalar una atmósfera de esperanza. En medio de una economía golpeada y de una institucionalidad erosionada, ha devuelto al debate público la idea de reconstrucción. Ha administrado la urgencia, ha contenido tensiones y ha evitado que la fragilidad heredada derive en un colapso mayor. Gobernar la coyuntura, cuando lo inmediato amenaza con desbordarlo todo, también es gobernar.

Se ha priorizado la estabilidad, se ha buscado sostener la gobernabilidad y se ha intentado proyectar hacia afuera una imagen de normalización. Nada de eso es trivial en un país donde las bases del Estado fueron corroídas durante décadas por la discrecionalidad, el prebendalismo y la confusión entre feudo personal, partido y aparato público.

Sin embargo, reconocer los avances no significa renunciar a la exigencia.

Los analistas serios coinciden en varios puntos que no pueden desoírse. Si bien el Gobierno ha estado concentrado —como era previsible— en lo urgente, el país necesita empezar a ver con mayor claridad el diseño de lo  estructural. No se percibe con nitidez un equipo que -en paralelo- esté trabajando en la arquitectura del mediano y largo plazo: esa hoja de ruta que permita visualizar la nueva Bolivia que queremos ser.

El tiempo de las consignas electorales terminó. Los mensajes presidenciales deben evolucionar hacia contenidos más enjundiosos, con definiciones claras, cronogramas y prioridades explícitas. La ciudadanía necesita certidumbre, no solo entusiasmo.

También es urgente fortalecer la comunicación gubernamental. Informar de manera solvente y oportuna, con profesionales experimentados, no es un lujo sino una condición para consolidar confianza. La tentación del triunfalismo o la autocomplacencia puede erosionar rápidamente el capital político ganado.

Otro punto sensible —y reiteradamente señalado— es la permanencia de estructuras burocráticas heredadas. No haber desmontado con mayor decisión las “pegas” otorgadas discrecionalmente por el anterior oficialismo genera frustración. La reconstrucción institucional exige coherencia: no se puede prometer meritocracia mientras subsisten enclaves de militancia inepta o corrupta que afectan la calidad de la gestión pública.

Estas son asignaturas pendientes. Señalarlas no debilita al Gobierno; por el contrario, lo fortalece si decide escucharlas. La crítica constructiva no es deslealtad: es compromiso con el cambio que se ofreció al país.

Porque si algo debe entenderse en esta etapa es que reconstruir un Estado no se logra con efluvios mágicos ni inventando recursos para cubrir un vacío fiscal profundo. Requiere tiempo, disciplina, claridad estratégica y liderazgo firme.

Y aquí aparece un elemento inquietante.

Mientras el país intenta estabilizarse, hay actores políticos que han optado por una oposición tempranamente destructiva. Son los mismos que ayer hablaban de la crisis con tono apocalíptico y que, movidos por rencores personales y derrotas no asimiladas, hoy parecen apostar a que el experimento fracase.

Olvidan una verdad elemental: si al Gobierno le va mal, no lo sufren únicamente sus autoridades; lo sufre el país entero. La estabilidad, la inversión, el empleo y la credibilidad internacional no distinguen entre oficialistas y opositores.

Criticar es legítimo. Fiscalizar es indispensable. Pero desear el fracaso como estrategia electoral es una forma de mezquindad política con la ciudadanía.

Bolivia necesita una oposición firme, sí, pero constructiva; vigilante, pero responsable. Y necesita un Gobierno que escuche, corrija y acelere donde debe hacerlo.

Tres meses no bastan para transformar un país, pero sí para demostrar en qué dirección se quiere caminar. El desafío ahora es convertir la esperanza en reformas concretas y la estabilidad inicial en un proyecto sostenible.

El mundo está ardiendo, y no es necesario enumerar las razones. Precisamente por eso, este puede ser el momento de mayor lucidez para Bolivia: consolidarnos como Nación en la unidad diversa que somos, defender sin titubeos la libertad que hoy ejercemos y transformar la incertidumbre en estabilidad y crecimiento, apoyados en nuestras propias capacidades

Norah Soruco Barba, exparlamentaria