El Alto y la prisa de juzgar


Por: Misael Poper

Caer en la falacia de la generalización apresurada sería mirar lo ocurrido y sellar a la ciudad de El Alto con una sola etiqueta, como si una multitud fuera un único sujeto moral. Pero detrás del dinero: cuando aparece de golpe, esparcido entre fierros, humo y gritos; hay un significado más profundo que el juicio instantáneo.



No poder socorrer a alguien que está muriendo no siempre es “egoísmo” en el sentido simple del término. A veces es parálisis, miedo, desorientación, o esa lucidez corporal de que uno también puede salir herido. Y a veces es otra cosa: la urgencia brutal de sobrevivir. No justifico ese actuar; lo pongo en contexto. Porque si no analizamos el mundo vivido, solo castigamos desde arriba.

La fenomenología sirve precisamente para esto: para describir cómo se presenta una situación a la conciencia en medio del caos. En un accidente, el mundo cotidiano se rompe. Lo normal, una pista, un aeropuerto, una vía, se transforma en escena de amenaza. El tiempo se vuelve espeso: segundos que parecen minutos. La atención se estrecha: la mirada busca salidas, cuerpos, señales de autoridad… y también objetos que, de pronto, significan algo.

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Ahí aparece el dinero. No como teoría económica, sino como fenómeno. El billete en el suelo no se percibe como “instrumento de política monetaria”; se percibe como posibilidad inmediata. Y esa posibilidad, en un lugar donde muchos viven al día, no es un capricho abstracto: es una pregunta de supervivencia.

Pongámoslo en términos concretos, sin romanticismo: si no tienes trabajo, si apenas tienes 10 bolivianos para atravesar el día, ¿cómo sostienes un mes? Esa pregunta no es retórica; es el trasfondo que estructura la experiencia. En ese trasfondo, el dinero no “aparece” como codicia pura, sino como respiración: hoy comemos, mañana pago el pasaje, si no lo agarro yo, se lo lleva otro. La intencionalidad se fija en lo que promete resolver la urgencia más inmediata.

La intersubjetividad también pesa. En una multitud, el sentido se contagia. Corre el rumor (“es plata”), se activa una lógica (“aprovecha”), se forma un movimiento corporal (agacharse, recoger, esconder). No es que desaparezca la moral; es que la moral compite con otras fuerzas: el miedo, la presión social, el hambre, la desconfianza hacia la autoridad, y la percepción de “oportunidad única” en un país donde las oportunidades a veces se sienten escasas.

Y aun así, la escena no es uniforme. En El Alto, como en cualquier ciudad, hay gente que auxilia, gente que se paraliza, gente que filma, gente que corre, gente que llora, gente que busca a los suyos, gente que aprovecha. Reducirlo todo a “los alteños son…” es borrar esa pluralidad. Es negar que la ciudad es muchas ciudades a la vez.

Decir esto no es absolver. Es distinguir entre comprender y justificar. Comprender significa reconocer que el acto no nace en el vacío, sino en un mundo de vida donde la sobrevivencia cotidiana moldea la manera de mirar. Justificar sería convertir esa descripción en excusa moral. Yo no propongo lo segundo. Propongo lo primero, porque sin comprensión no hay discusión honesta ni soluciones reales.

Además, aquí el dinero no fue solo dinero: fue símbolo. De Estado, de control, de escasez, de circulación. Cuando la autoridad afirma que esos billetes “no valen”, choca con una verdad vivida: para quien está al límite, “valer” no depende solo de una declaración; depende de lo que el cuerpo siente como necesario. Por eso la quema del dinero, aunque se entienda como medida de control, puede vivirse también como un golpe emocional: se quema lo que a mí me falta. Esa herida simbólica no se resuelve con insultos desde redes sociales; se agranda.

Entonces, ¿qué nos queda como ciudad, como país? Nos queda reconocer que el juicio moral instantáneo es cómodo, pero estéril. Que la indignación puede ser legítima, pero si no mira el trasfondo, no cambia nada. Que exigir humanidad en una emergencia es correcto; pero también es correcto preguntar qué condiciones vuelven difícil esa humanidad.

Si queremos que en el próximo desastre haya más manos ayudando y menos manos recogiendo, no basta con decir “sean mejores”. Hay que hacer menos frecuente la vida al borde. Porque cuando la existencia se vive como precariedad permanente, la moral se vuelve un lujo intermitente: aparece y desaparece según el hambre, el miedo y la esperanza.

El Alto no es una esencia. Es una experiencia social compleja. Y el dinero, en esa escena, no fue solo “plata tirada”: fue el espejo cruel de una pregunta que muchas familias cargan todos los días: con 10 bolivianos en el bolsillo, ¿cómo se llega a fin de mes?