Una lectura antropológica, inspirada en Ruth Benedict, que explora la disputa simbólica entre el impulso apolíneo de orden y límites, visible en el fenómeno MAGA, y la sensibilidad dionisíaca de apertura y fluidez que ha marcado a Europa Occidental, como dos estilos culturales que compiten por dar forma a la cultura contemporánea.
La antropóloga Ruth Benedict (Nueva York, 1887- 1948) propuso en Patterns of Culture que cada sociedad configura un estilo propio, tanto moral como emocional, que organiza la vida colectiva. Inspirada en Friedrich Nietzsche y su célebre dicotomía entre lo apolíneo y lo dionisíaco, Benedict trasladó esos conceptos a la antropología. Afirmaba que había culturas que privilegiaban la medida, el autocontrol y la claridad de límites (apolíneas), y otras que exaltaban la intensidad, la fusión y la transgresión (dionisíacas).
Bajo este lente, el fenómeno MAGA (Make American Great Again) en Estados Unidos puede leerse como un impulso apolíneo en una sociedad que percibe haber perdido la forma. Puede que el votante MAGA no piense a partir de categorías filosóficas, pero su sensibilidad apunta a la restauración de fronteras. “Hacer grande otra vez” a Estados Unidos suena como una recuperación de contornos. La nostalgia cumple la función cultural de ofrecer una imagen ordenada del pasado frente al vértigo del presente.
Europa Occidental ha recorrido en las últimas décadas un camino diferente. La consolidación de la Unión Europea, la ampliación de derechos vinculados a identidades sexuales y de género, y la reivindicación del multiculturalismo, han instalado un clima más cercano a lo dionisíaco. La frontera es vista como obstáculo y la mezcla, como riqueza. La identidad es un proyecto.
En muchas capitales europeas, ese cruce de lenguas, religiones y costumbres no se vive necesariamente como amenaza, sino como signo de modernidad. Las categorías se flexibilizan. Es una cultura que celebra la fluidez, incluso a riesgo de perder puntos de anclaje.
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Los patrones culturales son categorías de análisis. Esquemas que permiten diseñar una investigación y acceder a conclusiones muy generales. No son determinantes. Es así como en los márgenes de esa Europa dionisíaca han emergido movimientos que reclaman orden. Partidos nacionalistas, demandas de control migratorio, apelaciones a tradiciones cristianas. Asoma nuevamente Apolo. Lo mismo ocurre en Estados Unidos, donde conviven una América urbana, cosmopolita y experimental, más afín al temperamento europeo, con una América interior que siente que la marea dionisíaca amenaza su mundo de certezas.
Cualquiera de estos patrones no debe entenderse per se cómo patologías, sino como estrategias culturales para integrar al individuo en la comunidad. El impulso apolíneo no es simple autoritarismo, funcionalmente contiene los excesos. El dionisíaco no es mera anomia, libera energías sofocada por la rigidez. A fin de cuentas, no obedecen a una creación antojadiza, sino que ambos responden a necesidades humanas profundas.
El problema aparece cuando uno de los polos pretende monopolizar la totalidad cultural. Lo apolíneo extremo puede derivar en rigidez, sospecha permanente del otro y nostalgia paralizante. Lo dionisiaco sin límites puede disolver los marcos que hacen posible la convivencia.
En ese sentido, la disputa entre MAGA y la Europa occidental contemporánea es fundamentalmente simbólica. Es una discusión sobre qué virtudes deben ocupar el centro del escenario cultural: claridad o ambigüedad, tradición o experimentación, frontera o apertura. Entre ambos polos se despliega una tensión que no desaparecerá con una elección ni con un tratado. Es una tensión que atraviesa a Occidente y que forma parte de la condición humana.
Ninguna cultura agota las posibilidades del ser humano. Cada una elige, enfatiza, silencia. Se trata de dos estilos morales que compiten por definir el sentido de pertenencia en un mundo que, al mismo tiempo, se integra y se fragmenta. Apolo y Dioniso siguen en escena.
Por Mauricio Jaime Goio.
