Presidente Paz visita en Tarija el lugar donde fue asesinado Mauricio Aramayo en acto de memoria durante la jornada electoral


Aramayo no era un funcionario cualquiera. Era el hombre que había estado al lado de Paz desde sus años como alcalde, un amigo de tantas batallas y, después, el director departamental del Senasag en Tarija. La noche de aquel jueves, cuando los encapuchados abrieron fuego, el vehículo quedó varado en plena vía publica.

eju.tv

Las urnas y el recuerdo de Aramayo. En medio del ruido de las urnas y la compulsa electoral que define el futuro de alcaldías y gobernaciones, el presidente Rodrigo Paz eligió este 22 de marzo un camino distinto al encaminarse a emitir su voto. Llegó hasta el corazón de Tarija, a la calle donde la noche del 8 de enero una motocicleta se detuvo junto a un auto y disparó. Allí, donde su amigo Mauricio Aramayo cayó herido, el mandatario se detuvo en silencio. No había consignas, no había discurso de cierre de campaña. Había un recuerdo que, según sus propias palabras, se convirtió en «la primera muerte por la corrupción».



Aramayo no era un funcionario cualquiera. Era el hombre que había estado al lado de Paz desde sus años como alcalde, un amigo de tantas batallas y, después, el director departamental del Senasag en Tarija. La noche de aquel jueves, cuando los encapuchados abrieron fuego, el vehículo quedó varado en plena vía publica.

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Aramayo aún vivía cuando lo subieron a la ambulancia, pero las heridas fueron demasiado profundas. La consternación fue inmediata y la versión oficial también: el crimen, dijo la vocería del Gobierno, tenía raíz en las amenazas que Aramayo había recibido por negarse a participar en hechos de corrupción.

Los días siguientes al sepelio, que el propio presidente acompañó conmovido y con la mirada vidriosa, la investigación comenzó a hilar una historia perturbadora. El fiscal departamental de Tarija, José Ernesto Mogro, reveló que el presunto autor intelectual, identificado como «El Tuerto», había pagado 100.000 dólares a los sicarios. Las pesquisas demostraron que la víctima fue vigilada durante 72 horas antes del ataque, y que los autores materiales eran un ciudadano uruguayo y un boliviano. La justicia declaró el caso en reserva, pero el mensaje ya estaba instalado: el precio de negarse a la corrupción podía ser la vida.

Paz, en aquel entonces, había prometido a los familiares que la verdad no quedaría impune. Meses después, en este sábado electoral, su visita al lugar del crimen no fue un gesto aislado. Fue un recordatorio silencioso, en medio de la fiesta democrática, de que la lucha contra la corrupción que él mismo había prometido en campaña ya tenía un rostro y un nombre. Mientras los votantes elegían a sus nuevas autoridades, el presidente prefería mirar hacia atrás, hacia un punto fijo en una calle tarijeña, donde la memoria pesa tanto como cualquier promesa de futuro.

En sus ojos, esta mañana, no había la urgencia del político en día de elecciones. Había, en cambio, la quietud de quien sabe que el poder también se mide en la fidelidad a los que ya no están. Mauricio Aramayo murió en enero, pero su nombre quedó inscrito en un lugar que hoy, en plena jornada electoral, Rodrigo Paz volvió a pisar. No era un acto de campaña, dijo alguien de su entorno, era un acto de conciencia.