El país invisible: la revolución silenciosa de la Bolivia informal


Hay una Bolivia que ya no cabe en los discursos oficiales ni en las estadísticas tradicionales. Es una Bolivia insondable para quienes aún piensan el país desde la lógica del empleo estable, el sindicato fuerte y la institucionalidad laboral clásica. El boliviano de hoy no es el mismo que hace 10, 20 o 30 años. Ha mutado. No por elección ideológica, sino por necesidad.

Según datos recientes, el trabajo formal en Bolivia apenas alcanza al 14% de la economía. Es decir, la gran mayoría vive y sobrevive en la informalidad. Este dato, que debería sacudir las bases de cualquier política pública, parece haberse normalizado. La Central Obrera Boliviana (COB), históricamente columna vertebral de la representación laboral, enfrenta una crisis silenciosa: donde su capacidad de representar al país real es cada vez más limitada. No porque dejó de existir el trabajador, sino porque ese trabajador ya no es el mismo.



El boliviano contemporáneo no marcha necesariamente, no milita en sindicatos, no espera convocatorias laborales muchas veces amañadas. Aprende. Se adapta. Se reinventa. Es autodidacta en marketing digital, vendedor en redes sociales, generador de contenido, conductor de aplicaciones, agente inmobiliario improvisado, cocinero desde casa o comerciante en ferias virtuales. Cambia el traje por el volante, el título por la urgencia, la estabilidad por la supervivencia.

Las plataformas digitales se convirtieron en el nuevo mercado laboral. Marketplace, TikTok, WhatsApp y los pagos por QR son herramientas de subsistencia. No hay contratos, pero hay clientes. No hay seguro social, pero hay ingresos diarios. No hay jubilación asegurada, pero hay movimiento constante. Es una economía de la inmediatez, donde cada día cuenta.

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El reciente caso de un joven delivery en Santa Cruz es una postal brutal de esta nueva realidad. Tras ser agredido mientras intentaba recuperar su motocicleta, más de 200 repartidores acudieron en su defensa. No hubo sindicato que los convocara, no hubo estructura formal detrás: hubo red, hubo comunidad, hubo identificación. Este episodio revela algo más profundo que un acto de violencia: muestra una nueva forma de organización social, espontánea, horizontal, basada en la precariedad compartida.

La pandemia aceleró este proceso, pero no lo originó. Bolivia ya transitaba hacia una economía informal extendida. La diferencia es que ahora es visible, masiva y, en muchos casos, asumida como única opción. Profesionales con licenciaturas y maestrías optan por trabajos independientes. Personas que plastifican certificados el día de elecciones, familias que sostienen su economía con comida casera, jóvenes que encuentran en el delivery o el transporte por aplicación una salida inmediata.

Sin embargo, el Estado parece seguir mirando hacia otro lado. La Ley General del Trabajo, de hace 80 años, no refleja esta nueva realidad. El sistema financiero continúa siendo impenetrable para la mayoría, con requisitos que excluyen a quienes no pueden demostrar ingresos formales. Y mientras tanto, el gobierno anuncia paquetes de reformas estructurales —en hidrocarburos, energía, minería y asociaciones público-privadas— que, aunque importantes, parecen diseñados para una economía que no es la que vive el ciudadano de a pie.

Las recientes decisiones económicas, como la anulación del decreto de importación de soya con arancel cero tras la presión del sector productivo, o los anuncios de nuevos paquetes legislativos para dinamizar la economía, evidencian un Estado reactivo, que responde a sectores organizados, pero no necesariamente al ciudadano disperso, independiente y creativo que también define la economía nacional.

Porque ese boliviano no bloquea necesariamente, pero sufre el bloqueo. No define políticas energéticas, pero siente el alza de la gasolina. No participa en paros, pero paga sus consecuencias. Es un ciudadano económico sin representación clara, sin voz institucional, pero con una capacidad de adaptación extraordinaria.

Bolivia cambió. El boliviano cambió. La economía cambió.

Lo que aún no cambia —y empieza a ser un problema estructural— es la forma en que se gobierna.

 

Lic. Miroslava Fernandez Guevara

Periodista y Politóloga

www.miroslavafernandez.com