Del Estado como fantasmagoría al Estado como simulacro en Bolivia


Fernando Untoja

El tránsito del Estado como fantasmagoría al Estado como simulacro en Bolivia no es simplemente un proceso institucional fallido: es una mutación profunda en la naturaleza misma de lo político. Si en la lectura de Walter Benjamin el capitalismo construye un mundo de apariencias —una fantasmagoría donde la mercancía encubre relaciones sociales reales—, en la Bolivia contemporánea asistimos a una fase más radical, cercana a lo descrito por Jean Baudrillard: la desaparición de lo real bajo la proliferación de signos.



El Estado boliviano ya no encubre una estructura efectiva de poder: la sustituye. Los discursos oficiales, saturados de retórica plurinacional, inclusión y soberanía, operan como imágenes sin referente. No representan una realidad política consistente, sino que la reemplazan. La narrativa estatal funciona como una escenografía donde las palabras —“democracia”, “pueblo”, “industrialización”— han perdido su anclaje material.

Las elecciones, que en la lógica clásica serían el momento de verificación de la voluntad popular, se han convertido en rituales de legitimación sin sustancia. No se trata simplemente de fraude o manipulación —categorías aún modernas—, sino de algo más profundo: la producción de una apariencia de competencia política donde los resultados parecen preceder al proceso. La elección ya no decide; confirma una ficción previamente instalada.

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Los actores políticos participan activamente en esta simulación. Oficialismo y oposición no encarnan proyectos antagónicos claramente diferenciados, sino roles dentro de una misma puesta en escena. La confrontación es performativa: produce la ilusión de conflicto mientras reproduce la continuidad del sistema. La política deviene teatro, donde el gesto sustituye a la decisión y la declaración reemplaza a la acción.

Las instituciones, por su parte, no han desaparecido; siguen funcionando, pero como superficies simbólicas. Tribunales, órganos electorales, instancias de control: todos mantienen su forma, pero han perdido su contenido. No garantizan derechos ni organizan el poder; escenifican su existencia. Son simulacros institucionales: estructuras que operan como si fueran reales, sin serlo efectivamente.

Este desplazamiento tiene consecuencias decisivas. En la fantasmagoría benjaminiana aún era posible un gesto crítico: revelar lo oculto, rescatar lo reprimido, redimir el pasado. Pero en el orden del simulacro, esa posibilidad se desvanece. No hay nada detrás de la imagen que pueda ser recuperado. La crítica ya no desenmascara: se enfrenta a un vacío.

En Bolivia, esto se traduce en una paradoja inquietante: cuanto más se intensifica el discurso estatal, más se debilita la realidad que pretende sostener. El exceso de signos —propaganda, narrativas, símbolos— no fortalece al Estado; evidencia su ausencia. La sobreproducción de legitimidad es, en realidad, un síntoma de su inexistencia efectiva.

Así, el problema ya no es el fracaso del Estado en cumplir sus funciones, sino su transformación en una entidad puramente simbólica. No estamos ante un Estado débil, sino ante un Estado que ha dejado de existir como estructura material para subsistir como imagen. Un Estado que no gobierna, sino que se representa a sí mismo.

Este es el punto crítico: cuando la política se convierte en simulacro, la crisis deja de ser corregible mediante reformas. No hay institución que fortalecer ni norma que perfeccionar. Lo que está en juego es la reconstrucción misma de lo real político, hoy disuelto en una circulación incesante de signos sin referencia.