La historia reciente de los ciberataques rusos es la evidencia de que debemos cambiar nuestra manera de entender los conflictos. Desde la caída de la Unión Soviética, Rusia se ha enfrentado a una debilidad relativa frente a Occidente en el escenario de una guerra convencional. Desventaja que no condujo al repliegue, sino a la transformación. En lugar de competir en el campo clásico del enfrentamiento militar, el Kremlin desplazó el escenario del conflicto hacia un espacio menos visible y mucho más difícil de atribuir, el digital.

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Es así como la guerra responde a otra lógica. Ya no se trata de ocupar territorios, sino de interrumpir sistemas para volverlos inoperantes. Los ataques contra Georgia en 2008 o contra Ucrania en 2022ilustran este cambio. Antes de que avanzaran las tropas o se escucharan los primeros disparos, ya se había golpeado la infraestructura digital. Una guerra que comenzó mucho antes de ser tangible.

A diferencia de la guerra tradicional, la ciberguerra opera en una zona gris. No hay declaración formal ni enemigo claramente identificable. Ni siquiera hay un momento inequívoco en el que pueda decirse “aquí empezó”. Las responsabilidades se diluyen deliberadamente. Moscú no actúa de manera directa, sino a través de grupos de hackers como Cozy BearFancy Bear o Sandworm, que funcionan como intermediarios difusos entre el Estado y la acción concreta.

Se trata de una ambigüedad estratégica que permite intervenir sin asumir responsabilidad plena y sin desencadenar una respuesta proporcional. Es una forma de poder que reduce los costos políticos y evita la exposición directa. La guerra, así entendida, deja de ser un acontecimiento excepcional para convertirse en una práctica permanente, de baja intensidad, pero de alcance continuo.

Los ciberataques no buscan únicamente paralizar infraestructuras críticas, sino también influir en la opinión pública. Las elecciones presidenciales en Estados Unidos en 2016 o en Francia en 2017 fueron objeto de operaciones destinadas a robar y filtrar información sensible, buscando alterar el clima político. No se trataba de destruir instituciones, sino de desordenar el espacio informativo en el que esas instituciones se sostenían.

Aquí la ciberguerra revela su dimensión más inquietante. Porque ataca a las condiciones que hacen posible la vida política. Cuando la información se vuelve inestable, cuando los hechos pueden ser manipulados, sacados de contexto o presentados como dudosos, lo que se erosiona es la confianza. Y la confianza es el fundamento del espacio público. Sin ella, la deliberación se fragmenta y la noción de verdad compartida se debilita.

En ese marco, el uso del llamado kompromat, que es información comprometedora utilizada para dañar reputaciones o condicionar decisiones, deja de ser una técnica operativa. Se transforma en una intervención cultural. Se instala la sospecha, se normaliza la duda, se vuelve imposible distinguir entre lo verdadero y lo falso. Convierte a la política en un terreno permanentemente inestable.

A todo esto se suma la distancia. En la ciberguerra un operador puede lanzar un ataque sin ver sus consecuencias directas ni a las personas afectadas ni experimentar la responsabilidad inmediata de sus actos. Esa distancia vuelve la acción más fácil de ejecutar, más difícil de detener y, sobre todo, más complejo de comprender.

Los efectos, además, no siempre son inmediatos ni espectaculares. Pueden ser fallas aparentemente menores que, acumuladas, pueden paralizar un país. El ataque al sistema eléctrico ucraniano en 2015 y 2016 es un ejemplo elocuente. No hubo explosiones ni soldados en las calles, pero sí oscuridad y vulnerabilidad. Lo mismo ocurrió con el ataque a SolarWinds en 2020, que permitió a los atacantes infiltrarse durante meses en miles de instituciones sin ser detectados. En estos casos, la guerra es presencia silenciosa.

Así el rasgo más distintivo de este tipo de conflicto es su capacidad de permanecer oculto. A diferencia de las guerras del siglo XX, que necesitaban exposición, la ciberguerra funciona mejor cuanto menos se percibe. Su eficacia depende, en gran medida, de la invisibilidad.

A medida que las sociedades dependen cada vez más de sistemas digitales su vulnerabilidad aumenta. Lo que antes requería un ejército, hoy puede lograrse con líneas de código. Rusia ha sido pionera en este tipo de estrategias, pero no será la única. Más que un caso excepcional, es un anticipo de una lógica de conflicto que tenderá a expandirse.