Fernando Untoja
¡Otra vez la multitud en las calles! Otra vez el coro de los resentidos, el desfile de los que reclaman, de los que exigen, de los que alzan la mano no para crear, sino para pedir. Se presentan como redentores del pueblo, como heraldos de justicia, como conciencia moral de la nación. Pero detrás de la máscara, ¿qué aparece? La antigua sed nunca saciada: no destruir el modelo, sino heredarlo.
Bolivia ha vivido demasiado tiempo bajo la religión de la renta. El Estado convertido en vaca sagrada; el presupuesto como botín; el recurso natural como milagro permanente; la riqueza caída del cielo como si el trabajo, la técnica y la disciplina fueran asuntos secundarios. Y así nacieron generaciones enteras educadas no en la creación, sino en la espera. Eperar subsidios, esperar bonos, esperar transferencias, esperar que otro produzca.
Las marchas de hoy gritan contra el gobierno, pero su grito está lleno de obediencia al mismo dios antiguo. No quieren libertad creadora; quieren una mejor administración del reparto. No quieren superar la decadencia; quieren dirigirla. No desean una nueva economía; desean sentarse en la mesa de la vieja.
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Cuando se les pregunta: “¿De dónde saldrán los recursos?”, responden con palabras mágicas: nacionalizar, confiscar, cobrar más, repartir más. Verbos sacerdotales de una fe agotada. Nadie habla de productividad. Nadie habla de excelencia. Nadie habla de riesgo, innovación, disciplina industrial o grandeza institucional. El lenguaje del creador ha sido sustituido por el lenguaje del reclamante.
Y sin embargo, un pueblo no se eleva mendigando. Toda nación que convierte la envidia en programa termina empobreciéndose con buena conciencia. Toda sociedad que castiga al que invierte, sospecha del que produce y ridiculiza al que triunfa, se condena a celebrar la mediocridad como virtud pública.
¿Quién habla hoy en Bolivia de riqueza sostenible?
¿Quién convoca a formar técnicos, ingenieros, empresarios honestos, trabajadores altamente calificados?
¿Quién exige instituciones fuertes en vez de caudillos pasajeros?
¿Quién enseña que primero hay que crear para luego distribuir?
Silencio.
Porque esas palabras exigen esfuerzo. Y el esfuerzo nunca fue popular entre los predicadores de la multitud.
No toda marcha es ilegítima. Hay dolores reales, necesidades auténticas, injusticias evidentes. Pero una necesidad verdadera puede ser manipulada por una idea falsa. Y la idea falsa de nuestro tiempo es creer que la escasez se resuelve cambiando de administrador. No basta tumbar gobiernos. Hay que derribar supersticiones. Bolivia necesita menos adoradores del Estado providencia y más espíritus capaces de producir. Menos sacerdotes del reparto y más arquitectos del porvenir. Menos moralina de plaza y más voluntad de creación. El problema no es quién reparte la pobreza. El problema es quién se atreve a crear riqueza.
