Beni: Entre la postergación y la decisión de cambiar el rumbo


Lavive Yáñez Simon

Hablar del Beni es hablar de una tierra inmensa en riqueza y, al mismo tiempo, profundamente golpeada por la postergación. No por falta de potencial, sino por la ausencia de decisiones firmes y de una visión que entienda al departamento en toda su dimensión.



Durante años, el desarrollo se ha pensado de forma fragmentada, muchas veces condicionado por intereses ajenos a la realidad territorial. Se ha mirado al Beni desde arriba, desde fuera, o desde espacios de poder que no sienten el pulso de sus provincias. Y en ese proceso, se ha perdido lo esencial: comprender que el verdadero motor del desarrollo está en sus municipios, en su gente, en sus capacidades productivas y en su diversidad.

El problema no ha sido únicamente técnico ni económico. Ha sido, sobre todo, político y humano. Ha faltado carácter para priorizar al Beni por encima de cualquier línea partidaria. Ha faltado decisión para decir no cuando ha sido necesario. Y en esa falta de firmeza, el departamento ha quedado relegado, dependiendo de agendas que no responden a sus urgencias.

=> Recibir por Whatsapp las noticias destacadas

El centralismo, más que una estructura, se ha convertido en una práctica que limita, condiciona y retrasa. Y cuando a eso se suma la obediencia sin cuestionamiento, el resultado es un círculo que reproduce el abandono. Así, lo urgente se vuelve eterno: comunidades sin servicios básicos, sistemas de salud que apenas sobreviven, y ciudadanos que siguen esperando condiciones mínimas para vivir con dignidad.

No es razonable que, en pleno siglo XXI, acceder a atención médica o a servicios esenciales dependa de la distancia o de la suerte. Tampoco es aceptable que la corrupción continúe drenando recursos que deberían traducirse en bienestar. Cuando esto ocurre, ya no se trata solo de ineficiencia: se trata de una deuda ética con la población.

Sin embargo, el Beni no está condenado a esta realidad. Tiene todo lo necesario para reorientar su destino, pero requiere un cambio en la forma de concebir el liderazgo y la gestión pública.

Pensar el desarrollo desde las provincias no es un discurso descentralizador vacío; es reconocer que cada territorio tiene una vocación propia que debe ser fortalecida. La ganadería, la producción agrícola, el turismo y la riqueza ambiental no pueden seguir siendo promesas; deben convertirse en políticas sostenidas, articuladas y con resultados medibles.

De la misma manera, garantizar servicios básicos y salud no puede seguir siendo un objetivo secundario. Es el punto de partida. Sin estas condiciones, cualquier otro intento de desarrollo queda incompleto.

En este contexto, el liderazgo deja de ser una figura simbólica y pasa a ser un factor determinante. El Beni necesita autoridades con visión amplia, capaces de integrar el territorio sin sesgos, pero también con la firmeza suficiente para sostener decisiones que incomoden cuando sea necesario. Liderazgos que no se definan por su cercanía al poder, sino por su compromiso con la gente.

Se requiere independencia de criterio, capacidad de gestión y, sobre todo, una ética innegociable. Gobernar no puede seguir siendo administrar limitaciones; debe ser construir posibilidades.

El desafío no es menor. Implica romper inercias, cuestionar prácticas instaladas y asumir costos políticos. Pero también abre la oportunidad de iniciar una etapa distinta, donde el desarrollo no sea una aspiración repetida, sino un proceso tangible y verificable.

El Beni no necesita reinventarse; necesita asumirse. Reconocer su valor, ordenar sus prioridades y actuar en consecuencia. Porque cuando un territorio entiende lo que es y lo que puede ser, deja de esperar y empieza, finalmente, a avanzar.