Un terremoto llamado Abelardo


El sorpresivo primer lugar de Abelardo de la Espriella

Por Ricardo V. Paz Ballivián



 

Hace apenas unos años, la mayor parte de los analistas políticos latinoamericanos daban por sentado que la región transitaba hacia una consolidación de gobiernos progresistas. La victoria de Gustavo Petro en Colombia, la de Gabriel Boric en Chile, el retorno del lulismo en Brasil y la persistencia de diversos proyectos de izquierda parecían anunciar una nueva época. La historia, sin embargo, tiene una irritante costumbre y rara vez se comporta como esperan los expertos.

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Esta noche Colombia ha sido escenario de un acontecimiento político de enorme magnitud. La victoria de Abelardo de la Espriella en la primera vuelta presidencial no es simplemente un resultado electoral. Es la manifestación más reciente de un fenómeno continental que está reconfigurando el mapa político de América Latina. El péndulo vuelve a moverse. Primero fue Javier Milei en Argentina. Después, Daniel Noboa en Ecuador. Más recientemente Rodrigo Paz en Bolivia y José Antonio Kast en Chile. Keiko Fujimori aparece como favorita en Perú e incluso en Brasil comienzan a escucharse voces que especulan sobre una futura victoria de Flavio Bolsonaro capaz de recoger el enorme caudal político construido por su padre. Ahora Colombia parece sumarse a esa corriente.

No se trata necesariamente de una «derechización» de América Latina, como sostienen algunos observadores. Es algo más complejo. Se trata de una reacción social frente a la inseguridad, la incertidumbre económica, el agotamiento institucional y la frustración acumulada por gobiernos que prometieron transformaciones históricas y terminaron administrando realidades mucho más modestas que sus discursos. Cuando las expectativas se elevan demasiado, la decepción suele producir movimientos tectónicos y eso es exactamente lo que ha ocurrido.

Abelardo de la Espriella no se parece a ningún otro dirigente político colombiano contemporáneo. Su ascenso ha sido tan veloz que muchos todavía intentan explicarlo utilizando categorías que ya no sirven para comprender la política actual. No es un político tradicional. No es un tecnócrata. No es un dirigente partidario clásico. Es, antes que nada, un fenómeno comunicacional. Comprendió antes que sus adversarios que la política del siglo XXI ya no gira alrededor de programas de gobierno de doscientas páginas ni de sofisticadas elaboraciones ideológicas. La política contemporánea se mueve por emociones. Por identidades. Por percepciones. Mientras otros candidatos hablaban de reformas, Abelardo hablaba de indignación. Mientras otros explicaban propuestas, Abelardo interpretaba estados de ánimo. Mientras otros construían discursos, Abelardo construía conexión emocional. Y en una época dominada por el desencanto, eso vale oro. Su estilo frontal, de confrontación, provocador y muchas veces políticamente incorrecto generó rechazo en unos sectores, pero despertó entusiasmo en otros mucho más numerosos de lo que la mayoría imaginaba. Lo que para sus críticos era exceso, para sus seguidores era autenticidad. Lo que para algunos resultaba estridencia, para otros era valentía. Así nacen los fenómenos políticos disruptivos. No convenciendo a todos, sino entusiasmando intensamente a suficientes.

En contraste, la campaña de Paloma Valencia terminó convirtiéndose en una extraordinaria lección sobre los peligros de interpretar mal el clima político de una sociedad. Su decisión de incorporar a Juan Daniel Oviedo como candidato vicepresidencial perseguía un objetivo aparentemente lógico: expandirse hacia el centro político y capturar sectores moderados. El problema es que ese centro político existe mucho más en las conversaciones de los analistas que en las urnas. La Colombia de hoy está profundamente polarizada. La América Latina de hoy está profundamente polarizada. En sociedades atravesadas por emociones intensas, inseguridad creciente y desconfianza generalizada hacia las élites, los votantes no suelen premiar las posiciones intermedias. Buscan definiciones claras. Certezas. Liderazgos que transmitan convicción.

Valencia intentó moderarse cuando una parte importante de su electorado demandaba exactamente lo contrario.

Abelardo ocupó entonces todo ese espacio político vacante, y lo hizo sin pedir permiso.

El resultado está a la vista. Sin embargo, sería un error concluir que la elección ya terminó. De hecho, apenas comienza. Quienes hoy presentan la segunda vuelta como un mero trámite probablemente olvidan una de las principales enseñanzas de la ciencia política contemporánea, que el balotaje es otra elección, completamente distinta. La primera vuelta premia la identidad, mientras la segunda exige ampliación. La primera, recompensa la fidelidad, en cambio, la segunda demanda seducción. La primera moviliza convencidos, pero la segunda obliga a conquistar escépticos. Por eso tantas elecciones aparentemente resueltas terminaron definiéndose de manera inesperada.

Además, Gustavo Petro y el petrismo saben perfectamente que enfrentan una batalla existencial. No se juega solamente una presidencia. Se juega la supervivencia de un proyecto político, ideológico y cultural que llegó al poder prometiendo inaugurar una nueva era para Colombia y quienes luchan por sobrevivir rara vez se rinden fácilmente.

Las próximas semanas estarán marcadas por negociaciones, alianzas, campañas de miedo, campañas de esperanza, errores no forzados y movimientos tácticos de última hora. Abelardo de la Espriella llega con ventaja, pero la ventaja no es la victoria y lo único seguro esta noche es que Colombia ha cambiado y que un abogado caribeño, irreverente, mediático y desafiante ha conseguido algo que parecía improbable hace apenas unos meses: convertirse en el epicentro de un nuevo terremoto político latinoamericano. Los sismógrafos de la región ya lo están registrando.