Por Ricardo V. Paz Ballivián
En tiempos de crisis, cuando la velocidad y complejidad de los acontecimientos amenazan con ahogar la razón, resulta necesario recordar una verdad elemental. La fuerza puede imponer obediencia momentánea, pero difícilmente construye legitimidad duradera. Bolivia atraviesa uno de los momentos más complejos de su historia reciente. Más de un mes de bloqueos, confrontación política, desabastecimiento, incertidumbre económica y agotamiento social ha llevado a millones de ciudadanos al límite de su resistencia. El sufrimiento de las familias es dramático. La desesperación de quienes ven amenazado su trabajo, su salud o su alimentación es palpable. Y precisamente por ello abundan las voces que exigen una solución inmediata, contundente y definitiva. La palabra que se repite con insistencia es «fuerza».
Desde la comodidad de una red social, de un grupo de WhatsApp, de una pantalla, desde un micrófono de radio o desde una tribuna política, muchos reclaman una intervención que ponga fin al conflicto de una vez por todas. Pareciera una solución sencilla. Supondría incluso una obligación del Estado. Pero la realidad es infinitamente más compleja. Porque quienes exigen el uso de la fuerza suelen olvidar dos hechos fundamentales.
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El primero es moral. Toda intervención violenta en un conflicto de estas características producirá inevitablemente heridos y muertos. No existe una operación de restablecimiento del orden de semejante magnitud que pueda garantizar resultados incruentos. Y justamente eso es lo que los sectores más radicalizados han estado buscando desde hace semanas, vale decir, una tragedia que les permita convertir su desgaste en victimización, su fracaso político en capital emocional y su aislamiento creciente en una causa renovada. El segundo hecho es práctico. La magnitud de la movilización hace impracticable cualquier acción simultánea y eficaz del aparato estatal. Los puntos de bloqueo son numerosos, dispersos y cambiantes. La cantidad de personas involucradas convierte cualquier intento de desalojo masivo en una operación de enorme complejidad y altísimo riesgo. Quienes presentan la fuerza como una solución simple desconocen la realidad del terreno.
Por eso, la verdadera prueba de liderazgo no consiste en ordenar la intervención de las fuerzas del orden, ya que la verdadera prueba consiste en soportar. Sí, soportar la crítica injusta. Soportar la impaciencia de los propios. Soportar la presión de quienes confunden firmeza con violencia. Soportar, incluso, la incomprensión de aquellos que mañana disfrutarán de la paz conseguida gracias a la prudencia que hoy cuestionan. Los líderes autoritarios reaccionan para aplacar o contentar a la platea. Los líderes democráticos resisten, aun a costa de su popularidad y de la incomprensión generalizada.
La historia demuestra que los momentos más difíciles de una democracia son precisamente aquellos en los que el gobernante tiene la capacidad de usar la fuerza y decide no hacerlo porque comprende que existe un bien superior que cuidar. Ese bien superior es la preservación de la vida humana por encima de cualquier consideración. Sabemos que el sacrificio impuesto a la población ha sido enorme. Sabemos que la paciencia ciudadana parece agotada. Sabemos incluso que muchos en el gobierno consideran que ha llegado la hora de actuar con mayor dureza. Pero también sabemos que la violencia, en esta etapa final, sería el regalo más grande que podría ofrecerse a quienes han apostado todo a la confrontación. Después de semanas de sufrimiento, las minorías eficaces que impulsan el conflicto comienzan a mostrar señales evidentes de desgaste. El país, con enorme sacrificio, ha soportado más de lo que cualquiera hubiera imaginado. El respaldo social a las medidas extremas se erosiona día tras día. La legitimidad de los bloqueos se reduce a medida que aumentan sus costos humanos.
Rodrigo, no entregue usted, en el último minuto, la imagen que sus adversarios necesitan para revertir esa tendencia. No les conceda las víctimas que buscan. No les regale la violencia que les permita remontar su fracaso. Aguante, Rodrigo. Porque hay victorias que se consiguen avanzando y otras que se alcanzan resistiendo. Y cuando la democracia enfrenta el asedio de quienes desean empujarla hacia el abismo de la confrontación, resistir no es una señal de debilidad. Es la más alta expresión de coraje político.
