La revolución de pañuelos blancos


 

 



“No se establece una dictadura para salvar una revolución, se hace la revolución para establecer una dictadura. (…) El objetivo del poder es el poder”

– George Orwell

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La historia no se repite, pero rima. Cuentan las crónicas del 27 de septiembre de 1946, que de manera violenta y blandiendo un revolver, irrumpía en el despacho presidencial el joven teniente Luis Oblitas Bustamante, que exigía su reincorporación al ejército boliviano tras el derrocamiento del Presidente Gualberto Villarroel. Roberto Calzadilla Lanza, Subsecretario de la Presidencia recientemente designado tras el linchamiento (ahorcamiento) de su antecesor (Luis Uría de la Oliva), convocó rápidamente a los guardias de palacio que redujeron a un hombre visiblemente turbado.

Mario Pinedo Muñoz (ayudante del Presidente Tomás Monje), junto a militantes “piristas” y un reducido grupo de militares empuñando fusiles llegaron raudamente. Al verlos, Oblitas trató de incorporarse rápidamente buscando dominar la situación. Sin darle tiempo de ponerse de pie, los guardias arremetieron con ferocidad contra la humanidad del joven teniente que cayó al piso completamente ensangrentado. Posteriormente, sería trasladado al retén policial de la calle Ayacucho.

Los áulicos del recientemente instaurado gobierno de transición tras el derrocamiento del Presidente Gualberto Villarroel, azuzados por las emisoras radiales, impregnaron de odio los corazones de la turba compuesta en su mayoría por miembros del Partido de Izquierda Revolucionaria (PIR). Con los ojos llenos de sangre, amenazantes e iracundos recorrieron la calle Ayacucho, llegando a puertas del retén policial abiertas de par en par como si hubieran estado aguardando aquella visita. Sustrajeron del calabozo al teniente Oblitas, quién entre forcejeos y confusión logró desprenderse del gentío y arrancó a correr en un intento desesperado por salvar su vida.

Perseguido por la turba, Oblitas se precipitó a lo largo de la pendiente, logrando en apenas unos pocos segundos llegar a inmediaciones de la calle Potosí donde fue interceptado por Carlos Meyer Aragón (condenado a pena capital por traición a la patria durante la Guerra del Chaco y liberado por sus amigos del PIR el 21 de julio tras el ahorcamiento del Presidente Villarroel). Aturdido y debilitado, Oblitas trastabilló y cayó al piso, en el mismo lugar donde fue acribillado a balazos por Meyer. La turbamulta arrastró el cuerpo inerte del infortunado, para colgarlo en uno de los faroles de Plaza Murillo.

Durante las luctuosas jornadas acaecidas el año 1946, las sangrientas faenas de turbas irascibles incendiaron con ímpetu criminal el torrente apocalíptico. Cuerpos arrojados desde los balcones de Palacio de Gobierno (Villarroel, Ballivián, Uria e Hinojosa), entre muchos otros miembros asesinados extrajudicialmente o por miembros “piristas”. La desmesurada violencia justificada por un “carácter popular de la revolución” con epígonos desconocidos para la mayoría de los movilizados, junto al vesánico accionar de vándalos y facinerosos como lumpen inconsciente del profundo perjuicio que le provoca a todo el país a cambio de unas monedas.

A ochenta años vista, el comportamiento social ha variado poco. Bolivia se encuentra dramáticamente suspendida en el tiempo y es Nuestra Señora de La Paz el epicentro donde la sangre termina siempre llegando al río. Por ello es fundamental entender el mensaje y la búsqueda para evitar que siga derramándose sangre inocente únicamente para calmar la sed de muerte y devastación que mantienen grupos reducidos que promueven la división entre bolivianos. Es importante crear conciencia en la población para entender que la sangre vertida mancha a todos y profundiza las diferencias entre hermanos.

A más de un mes de abrirse la espita del conflicto en el país, se produjo una terrible afrenta contra el pueblo boliviano manejada por los especialistas del tormento que, tal como lo vienen haciendo a lo largo de la historia (especialmente en los últimos veinte años) estimularon a la masa para que muestre el rostro del terror, en búsqueda de confrontación para alimentar con sangre la narrativa de: “lucha del pueblo“ como epígono de una causa que no es reivindicativa ni legítima, por el contrario, tiene un trasfondo político que pretende devolverle los privilegios a reducidos grupos políticos y organizaciones criminales, aun a costa de vidas inocentes del pueblo boliviano.

Afrenta criminal que busca en la sangre que lacera el corazón del más humilde, de los sectores más empobrecidos, de aquel que identifica su frustración y canaliza sus emociones viendo el sufrimiento del hombre que pende suspendido de un farol, de todo un pueblo que pasa hambre porque impiden que los alimentos lleguen a los mercados. Afrenta que se solaza por la elevación irracional de precios, la afectación económica de micro y pequeños empresarios, la emergencia sanitaria que afecta a grupos vulnerables que han ido perdiendo la vida.

Una afrenta contra la libertad cercenada sistemáticamente, por la violencia y agresividad inusitada de estas facciones radicales que es equiparable a la misma de un conflicto bélico. La violación de derechos fundamentales hundida por la cólera de los precursores de la anarquía. Afrenta en la raíz trágica del desamparo que lleva adelante el Estado, dejando desamparada a la población que tiene que ver la forma de defenderse. Bolivia vive al arquetipo del caos turbulento sordo y “abzurdo” de posturas intransigentes que no piensan en absoluto en los intereses de la patria, mucho menos en los de su gente.

El resto de acontecimientos del pasado mes de mayo del año en curso, hasta el alba del pasado lunes que anunciaba la entrada de un nuevo mes y el trigésimo segundo día de conflicto que pretende deponer a un Presidente, transcurren ante mis ojos como un mal sueño, desmigado minuciosamente por los recuerdos. Afrenta que vulnera el sistema democrático y rompe el orden constitucional, por lo tanto, constituye un delito flagrante que debe ser sancionado ejemplarmente. ¿Alguien hará algo al respecto o seguirá imponiéndose la ley del embudo?

Finalmente, tras la criminal y dolorosa afrenta que debe tolerar permanentemente el pueblo paceño, la resistencia y estoicismo debe incluirse dentro de los actos heroicos de la ínclita y valerosa ciudad de “Nuestra Señora de La Paz”. Se conserva el legado de aquel bastión de la Cordillera en la que su grandeza y fortaleza se construyen mediante la fuerza telúrica que conjuga sangre e historia puesta al servicio del país en su conjunto.

La entereza y generosidad del pueblo paceño merece una acción reivindicativa para superar el desgarro histórico que provoca su condición de centro político de la Nación. El pulso de las leyes y la voluntad de los actores políticos deben de una vez por todas brindarle a La Paz una respuesta efectiva y definitiva, para tener finalmente una “revolución de pañuelos blancos”, así poder vivir en paz, tal como reza su emblema.

No olviden que: “Estamos acostumbrados a ver al poderoso como si se tratara de un gigante, sólo, porque nos empeñamos en mirarlo de rodillas y ya va siendo hora, de ponerse de pie”.

Por: Carlos Manuel Ledezma Valdez