Me encuentro en Colombia integrando una misión internacional de observación electoral convocada para acompañar la segunda vuelta presidencial que tendrá lugar el próximo domingo. Las actividades oficiales de la misión acaban de inaugurarse y, durante el acto de apertura, el presidente del Consejo Nacional Electoral formuló una afirmación que inmediatamente llamó mi atención: “Colombia tiene la democracia más fuerte de América Latina”.
Se trata de una declaración ambiciosa. En una región donde prácticamente todos los países reivindican credenciales democráticas, semejante afirmación podría parecer una expresión de legítimo orgullo institucional. Sin embargo, mientras escucho las exposiciones de las autoridades electorales, converso con académicos, periodistas, expertos en procesos electorales y colegas observadores internacionales, comienzo a comprender que detrás de esa frase existe una realidad digna de análisis. Y debo admitir que comparto esa apreciación.
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No porque Colombia carezca de problemas. Todo lo contrario. Pocos países latinoamericanos han debido enfrentar simultáneamente desafíos tan complejos y persistentes. Violencia política, conflicto armado interno, narcotráfico, desigualdad social, polarización ideológica y profundas tensiones territoriales. Precisamente por ello resulta aún más notable que, en medio de esas circunstancias, la democracia colombiana haya conseguido preservar una estabilidad institucional que hoy la distingue en el continente.
El gran teórico de la democracia, Robert Dahl, sostiene que la calidad de un régimen democrático no se mide por la ausencia de conflictos, sino por la capacidad de las instituciones para procesarlos pacíficamente. Si aceptamos ese criterio, Colombia constituye uno de los ejemplos más interesantes de América Latina. A pesar de las múltiples crisis que atraviesa su historia reciente, el país mantiene una confianza fundamental en el sufragio como mecanismo legítimo para resolver la disputa por el poder.
Mientras me preparo para observar la jornada electoral del próximo domingo, percibo que esa confianza no se limita a las autoridades. Está presente también en los partidos políticos, en los medios de comunicación, en las organizaciones de la sociedad civil y, sobre todo, en los ciudadanos. Todos parecen asumir que las diferencias deben resolverse en las urnas y dentro del marco institucional.
La politóloga Jennifer McCoy, una de las mayores especialistas mundiales en polarización política, afirma que las democracias resilientes son aquellas capaces de preservar reglas compartidas aun cuando los actores discrepen profundamente sobre casi todo lo demás. Colombia parece haber construido precisamente ese tipo de consenso básico. Las confrontaciones son intensas y las diferencias ideológicas, profundas, pero existe una aceptación generalizada de las reglas del juego democrático.
Quizás la mayor lección que Colombia ofrece hoy a América Latina sea que la democracia no se fortalece cuando desaparecen los conflictos. Se fortalece cuando una sociedad decide resolverlos mediante instituciones legítimas, reglas compartidas y elecciones libres. A pocos días de una nueva elección presidencial, esa convicción democrática se percibe aquí con una fuerza singular. Por eso, cuando el presidente del Consejo Nacional Electoral afirma que Colombia posee la democracia más fuerte de América Latina, no parece estar expresando únicamente una aspiración. Tal vez esté describiendo una realidad construida durante décadas de aprendizaje, resistencia y compromiso con la libertad política.
