Después del bloqueo: cinismo, catástrofe y la razón cansada


Fernando Untoja

Hay un momento en que las sociedades dejan de creer en los discursos, pero continúan repitiéndolos. Ese momento es el del cinismo. No se trata de la mentira clásica en las que alguien oculta la verdad, sino de una situación más grave: todos conocen la realidad, todos perciben el daño, pero actúan como si nada hubiera ocurrido. En este sentido, Bolivia parece ingresar en una etapa posbloqueo caracterizada menos por la ideología que por el cinismo.



Siguiendo la crítica de Peter Sloterdijk, la razón cínica aparece cuando los actores saben que sus acciones producen destrucción, sufrimiento o deterioro, pero continúan actuando porque consideran que no existe otra salida o porque los beneficios políticos justifican el costo social. El cinismo ya no es ignorancia; es una conciencia que ha renunciado a la responsabilidad.

Los bloqueos dejaron pérdidas económicas, interrupción de mercados, quiebras de pequeños comerciantes, dificultades para campesinos, incertidumbre empresarial y una profunda sensación de vulnerabilidad. Familias enteras permanecieron encerradas por miedo; productores no pudieron sacar sus mercancías; trabajadores perdieron ingresos; barrios y carreteras se transformaron en espacios de amenaza. Sin embargo, terminado el conflicto, el lenguaje político se apresura a declarar una nueva normalidad.

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Nadie parece hablar del trauma.

El país escucha nuevamente las mismas palabras: diálogo, proceso de cambio, defensa de la democracia, movilización popular, reivindicación histórica. Las palabras continúan funcionando aun cuando la experiencia cotidiana las ha vaciado de contenido. Es lo que Sloterdijk denomina la conciencia ilustrada falsa: se sabe que el discurso no corresponde a la realidad, pero se sigue utilizándolo porque resulta útil.

Bolivia aparece, así como una sociedad fatigada. El odio acumulado reaparece, el racismo encuentra nuevas formas de expresión, la confusión entre las categorías políticas de “indígena” y las identidades históricas aymara y quechua vuelve a movilizar viejos esquemas ideológicos. El lenguaje opera nuevamente como una maquinaria de clasificación y de legitimación. Las palabras se convierten en refugios de una realidad que ya no consiguen explicar.

La pregunta decisiva no es únicamente qué ocurrió durante los bloqueos, sino qué sucede después de ellos. ¿Puede una sociedad normalizar la destrucción periódica? ¿Puede aceptar que la paralización económica, las amenazas y el miedo se conviertan en rituales políticos semestrales?Aquí aparece el problema de la responsabilidad.

¿Quién debe iniciar los procesos judiciales o civiles? ¿El gobierno? ¿La Asamblea? ¿Las instituciones públicas? ¿O serán los propios afectados –transportistas, comerciantes, agricultores, empresarios, vecinos y productores– quienes deban reclamar reparación por los daños sufridos?

Una democracia no puede sobrevivir si la violencia política se convierte en un costo sin responsables. Cuando nadie responde por las pérdidas, la destrucción se vuelve un método legítimo de acción política.

Quizás la Bolivia posterior al bloqueo no sea una sociedad revolucionaria ni una sociedad reconciliada. Tal vez sea una sociedad cínica: una sociedad donde todos saben que algo se ha roto, todos conocen los costos humanos y económicos, pero todos continúan hablando como si nada hubiese sucedido.

El verdadero peligro no es solamente la violencia, es la normalización de la violencia. Porque cuando el daño deja de producir escándalo, el cinismo se convierte en la forma dominante de la vida política. Y una sociedad que deja de indignarse frente a su propia destrucción comienza lentamente a acostumbrarse a ella.