De Oruro a La Paz en 72 horas: la travesía de una banda de músicos que atravesó el cerco campesino


Por los bloqueos ordenados por la Federación de Campesinos Tupac Katari, un viaje de tres horas se convirtió en 72 con varias postas, que costó más de Bs 2.000.

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Un grupo de comunarios en pleno bloqueo, no permitían tomar fotografías y se lo hacía de ocultas. Foto: Integrantes de la banda musical

 

Fuente: ANF / La Paz



Por Kevin Herrera

 

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Vivir en carne propia la odisea de los bloqueos. Las piedras estaban sembradas a lo largo de la carretera La Paz-Oruro, así fue durante 47 días. Los grupos de bloqueadores estaban en plena vía o acechaban desde los cerros o sus casas. Muchos portaban palos, piedras y su actitud era agresiva e intolerante. Un viaje de tres horas se convirtió en 72 con varias postas, que costó más de Bs 2.000.

Había que cumplir un contrato. El grupo musical debía tocar en un acontecimiento social en la ciudad de Oruro, que estuvo cercada como La Paz por los bloqueos que la Federación de Campesinos Tupac Katari ordenó el 6 de mayo, medida a la que se sumaron los campesinos de otras regiones y sectores de la línea del expresidente Evo Morales.

La travesía de los cinco integrantes del grupo —el cantante, quien conducía el minibús; el guitarrista; el tecladista; el baterista y el bajista— comenzó el domingo 14 de junio a las 2:30 de la madrugada, cuando partieron de La Paz

Sabían que el viaje se hacía en condiciones adversas en medio de un conflicto que para esa fecha ya llevaba 45 días de bloqueos, pero nunca imaginaron la dimensión de lo que iban a vivir. Las carreteras de La Paz, Oruro, Cochabamba y Potosí estaban interrumpidas por las movilizaciones que exigían la renuncia del presidente Rodrigo Paz.

Los integrantes del grupo creyeron que los puntos de bloqueo disminuirían y confiaban en que, una vez cumplido su trabajo, regresarían rápidamente a casa. Sin embargo, ese optimismo solo se sostuvo durante las primeras horas del viaje. Con el paso del tiempo, la situación comenzó a complicarse cada vez más.

Había decenas de obstáculos improvisados: montículos de tierra, piedras enormes y bloques de cemento atravesados en la carretera. En cada punto bajaban del minibús para despejar el camino y avanzar por tramos.

Estructuras de cemento en plena carretera. Foto: Integrantes de la banda musical

Aparecieron los primeros bloqueadores, agrupados alrededor de fogatas para combatir el intenso frío de la madrugada. Algunos permitían el paso tras una breve conversación; otros pedían dinero. A veces, les regalaban una bolsa de hoja de coca machucada para combatir la fatiga, el hambre, y con eso les permitían continuar. Pero mientras avanzaban, la tensión aumentaba y la intolerancia también.

A las siete de la mañana, llegaron a uno de los puntos más conflictivos, cerca de Konani. Allí los bloqueadores eran numerosos y mucho más radicales que en los lugares anteriores.

El grupo se identificó como una banda de músicos. En algunos lugares sirvió para complacer a los comunarios que pedían la interpretación de una canción para que les permitieran continuar su viaje. Esta vez no fue suficiente. Exigieron más dinero del que tenían y, cuando explicaron que sus recursos eran limitados, comenzaron las amenazas.

Los obligaron a bajar del vehículo. Amenazaron con romper los vidrios, pinchar las llantas y dañar el minibús. El ambiente se volvió tenso y hostil. Con miedo, los músicos que nunca se habían enfrentado a una situación similar intentaron calmarlos de forma respetuosa. Finalmente colocaron piedras frente a las ruedas donde estuvieron obligados a permanecer retenidos hasta nuevo aviso.

En su molestia, los manifestantes argumentaban que mientras el grupo iba a trabajar y a ganar dinero, porque había que cumplir un contrato, ellos estaban luchando por el “pueblo” quedándose varias semanas en el punto de bloqueo.

Mientras esperaban una instrucción para continuar su viaje fueron testigos de discusiones entre los bloqueadores. Algunos admitían estar cansados de la medida de presión; otros cuestionaban si valía la pena continuar. Era evidente la división interna. Cerca de la una de la tarde, tras una reunión, decidieron dejarlos partir.

La discusión se generaba porque para esa fecha, los maestros habían logrado en las negociaciones que el Gobierno les concediera un bono económico anual; pero los campesinos se resistieron al diálogo para negociar una agenda de sus demandas.

La liberación, sin embargo, duró apenas unos minutos.

Al avanzar unos metros apareció otro grupo de comunarios pertenecientes a otra comunidad. Cerraron el paso y ordenaron regresar. La situación se volvió absurda: unos permitían avanzar y otros obligaban a retroceder. Un dirigente se conmovió ante la situación y sugirió tomar discretamente un desvío.

Cuando los primeros bloqueadores se dieron cuenta de que “escapaban” por otra ruta, comenzaron a perseguirlos con piedras, palos y hondas. El conductor aceleró con todas sus fuerzas mientras el resto del grupo observaba aterrado, cómo corrían detrás del vehículo intentando alcanzarnos. Lograron escapar.

Caminatas extensas cuando los vehículos no podían continuar debido a los bloqueos. Foto: Integrantes de la banda de músicos

Quince horas para llegar de La Paz a Oruro

Después de aquella experiencia continuaron por una infinidad de caminos alternativos. Atravesaron Eucalipto y otras comunidades donde la tónica de los bloqueadores se mantenía, exigían dinero incluso para indicar rutas de desvío. Transitaron por lugares que ni siquiera parecían caminos: solo huellas marcadas sobre la tierra en medio de extensas pampas.

Después de 15 horas más o menos, sin haber comido durante toda la jornada, cubiertos de polvo y cansados llegaron finalmente a Oruro.

Al bajar del minibús los músicos notaron que una mochila había desaparecido. No supieron si alguien la tomó durante algún bloqueo o si se perdió en algún punto del trayecto porque bajaban para levantar piedras o poner maderas para que pase el minibús. Comieron algo y luego cumplieron su trabajo musical.

Tras la presentación, el cantante decidió no regresar esa misma noche. Consideró demasiado peligroso atravesar nuevamente los bloqueos. Su recomendación fue permanecer en Oruro hasta el día siguiente, pese al deseo de la mayoría de querer volver a La Paz cuanto antes.

El retorno a La Paz, una Odisea de tres días 

Lo que normalmente es un viaje de pocas horas se convirtió en una verdadera travesía.

El lunes intentaron regresar en minibús. Avanzaron durante horas por desvíos, pueblos y caminos de tierra, pero otro bloqueo los obligó a volver a Oruro. Ese día no avanzaron nada, solo perdieron el tiempo.

El martes volvieron a intentar. Esta vez viajaron junto a otras personas que también buscaban regresar a La Paz: una señora con su hijo, dos jóvenes, una niña y un adulto mayor. La necesidad de volver había creado una pequeña comunidad improvisada entre desconocidos.

Durante el trayecto, uno de los minibuses sufrió desperfectos mecánicos. Tras largas horas de espera, el conductor decidió abandonar el recorrido y simplemente dejarlos cerca de Curahuara de Carangas.

Fue entonces cuando apareció la solidaridad. Un poblador que pasaba por el lugar decidió ayudarlos. Regresó a su comunidad, buscó un minibús y volvió para trasladarlos lo más cerca posible de Patacamaya. En el camino enfrentaron nuevos bloqueos. En uno de ellos los comunarios creyeron que transportaban militares y comenzaron a perseguir el vehículo en plan de ataque, al extremo que el conductor ordenó agachar la cabeza mientras se alejaban.

Esa noche llegaron a Patacamaya, agotados y sin haber comido en todo el día.

Pero todavía faltaba lo peor

Apenas descansaron en Patacamaya y partieron en una caravana de surubíes. A la una y media de la madrugada llegaron a la comunidad de El Tolar. Allí surgieron bloqueadores de la oscuridad. Detuvieron los vehículos, subieron a revisar equipajes y quitaron los productos que llevaban algunos pasajeros. Una mujer perdió todos los quesos que transportaba para comercializar, solo pudo llorar de impotencia.

Más adelante, en Calamarca, volvieron a impedirles el paso. Durante todo el viaje como justificación de sus actos usaban el discurso de la lucha del pueblo, en actitud de amenaza les decían que podían retenerlos durante 48 horas, que debían esperar.

Cuando finalmente les permitieron avanzar, las zanjas, piedras y obstáculos colocados en los caminos obligaron a los conductores a detenerse definitivamente. Nos dejaron en medio de la pampa.

Cargaron sus instrumentos, mochilas y pertenencias. El cansancio acumulado de tres días comenzaba a sentirse en cada paso. Lo único que les mantenía de pie era pensar que La Paz estaba cerca y que pronto estarían en casa.

Después de horas de caminata alcanzaron la carretera de Viacha. Allí un camionero les ofreció ayuda y los acercó al pueblo. Por primera vez en días vieron nuevamente movimiento normal: casas, comercios, puestos de comida y transporte público. Era la señal de que el viaje estaba llegando a su fin.

En muchos puntos quedaban los restos de las fogatas nocturnas. Foto: Banda de músicos 

El regreso y las huellas del conflicto

Desde Viacha tomaron un minibús hacia El Alto. El agotamiento era más fuerte que la alegría de llegar nuevamente a La Paz. Desde el teleférico, el medio más efectivo durante los bloqueos, vieron el lento movimiento de una ciudad víctima de un cerco.

Habían transcurrido varios días para completar un recorrido que normalmente demanda tres horas. Habían gastado mucho más dinero del previsto, perdido equipaje, soportado frío, hambre, miedo e incertidumbre. Pero también en la travesía conocieron personas solidarias que, en medio del conflicto, les tendieron una mano.

Una semana después se decretó el estado de excepción, los principales dirigentes declararon un cuarto intermedio en las movilizaciones y los bloqueos se levantaron sin conseguir sus demandas, ni la renuncia de Rodrigo Paz.

Un enorme promontorio de tierra en plena carretera. Foto: tomada desde el interior del vehículo.