La altura de un verdadero estadista frente al costo político


En política, pocas decisiones importantes son fáciles. Y mucho menos cuando un país atraviesa una crisis profunda y las medidas necesarias para comenzar a superarla pueden generar rechazo, protestas o un alto costo político.

Por eso, la gestión de cualquier gobierno suele enfrentarse a un dilema decisivo: ¿debe gobernar pensando en las próximas elecciones o en las próximas generaciones?



Hay gobernantes que subordinan sus decisiones al cálculo político. Antes de tomar una medida, evalúan cuánto podría afectar su popularidad, su imagen o sus posibilidades de permanecer en el poder. En esos casos, el interés nacional termina condicionado por el interés personal y la preservación del capital político.

Pero existen también los verdaderos estadistas. Aquellos que entienden que gobernar no significa administrar encuestas ni buscar permanentemente la aprobación de todos. Significa asumir responsabilidades, tomar decisiones difíciles y, cuando las circunstancias lo exigen, tener el valor de hacer lo correcto, aunque esas decisiones puedan resultar impopulares.

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La historia suele ser mucho más severa con los gobernantes que, por temor al costo político, no hicieron lo que debían hacer, que con aquellos que tuvieron el coraje de adoptar medidas difíciles para salvar a sus países de crisis mayores.

Ese parece ser, precisamente, uno de los grandes dilemas que enfrenta hoy el gobierno de Rodrigo Paz. Bolivia atraviesa una situación que exige decisiones urgentes, profundas y responsables. La crisis económica, la falta de certidumbre, la pérdida de confianza y la paralización de importantes sectores del país no se resolverán con discursos, medidas tibias o decisiones condicionadas exclusivamente por el temor a las reacciones políticas.

Por supuesto, gobernar exige sensibilidad social. Las medidas de ajuste y transformación deben proteger a los sectores más vulnerables y distribuir de manera justa los sacrificios. Pero también es necesario comprender que postergar indefinidamente las decisiones indispensables puede terminar generando un costo social y económico mucho mayor.

La pregunta, entonces, no es si las decisiones tendrán un costo político. Seguramente lo tendrán. La verdadera pregunta es cuánto costará al país no tomarlas.

El presidente Paz tiene ante sí una oportunidad histórica. Puede optar por administrar la crisis, dosificando sus decisiones para evitar conflictos y preservar su futuro político. O puede asumir la responsabilidad de un verdadero estadista: explicar al país la gravedad de la situación, convocar a todos los sectores responsables y aplicar, con sensibilidad social pero también con firmeza, las medidas necesarias para recuperar la estabilidad y encaminar la economía hacia un crecimiento sostenible. Como mencionamos al principio, no son decisiones fáciles, deberá crear las condiciones de gobernabilidad para aprobar con celeridad las Leyes indispensables y también para iniciar el proceso de la reforma parcial de CPE.

Al final, los gobiernos pasan y los presidentes dejan el poder. Lo que permanece es el juicio de la historia.

Rodrigo Paz deberá decidir si quiere ser recordado como el gobernante que, por temor al costo político, no se atrevió a hacer lo necesario, o como el líder que tuvo la visión, la valentía y el patriotismo de tomar las decisiones difíciles para sacar a Bolivia de su parálisis y conducirla hacia un futuro de crecimiento y esperanza.

Porque la verdadera grandeza de un gobernante no se mide por cuántos aplausos recibe mientras está en el poder, sino por la capacidad de asumir los costos del presente para construir el futuro de su país.

 

Fernando Crespo Lijerón