Criar en la era de las pantallas: el reto de poner límites sin “guerras”


Celulares, tabletas, videojuegos y redes sociales forman parte de la infancia actual. El reto ya no consiste en prohibirlos, sino en enseñar a niños y adolescentes a convivir con la tecnología sin que esta sustituya el juego, el descanso, la conversación y la vida familiar.

Cada uno en su pantalla, pero juntos…



Fuente: El País

Son las ocho de la noche. La escena podría repetirse en cualquier hogar de Bolivia. Un padre responde mensajes del trabajo desde el celular. La madre revisa redes sociales mientras termina de ordenar la cocina. El hijo mayor juega una partida en línea y la pequeña de la casa mira videos en una tablet. Los cuatro comparten el mismo espacio, pero cada uno habita una pantalla diferente.

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No hay discusiones ni gritos. Tampoco conversaciones.

La tecnología ha conseguido algo que parecía imposible: mantener reunidas físicamente a las familias mientras cada integrante vive en un universo distinto. Esa transformación silenciosa preocupa cada vez más a psicólogos, pediatras y educadores, que advierten que el verdadero problema ya no es el acceso a la tecnología, sino el lugar que ha terminado ocupando en la vida cotidiana.

Durante años el debate giró en torno a si los niños debían o no utilizar dispositivos electrónicos. Hoy esa discusión está prácticamente superada. Las pantallas forman parte del aprendizaje, del entretenimiento y también de la comunicación. La pregunta cambió: ¿cómo evitar que ocupen el tiempo destinado a jugar, conversar, descansar o simplemente aburrirse?

Un estudio realizado por la Escuela de Alimentación de la Fundación EROSKI entre más de 2.500 niños españoles de entre ocho y doce años ayuda a comprender la dimensión del fenómeno. Aunque fue elaborado en Europa, muchas de sus conclusiones reflejan situaciones que ya son habituales en América Latina y también en Bolivia, donde el acceso a internet y a los teléfonos inteligentes ha crecido de forma acelerada durante la última década.

Cuando las pantallas sustituyen experiencias

La investigación muestra que la televisión sigue siendo el dispositivo más utilizado por los menores, pero el teléfono móvil avanza con rapidez. Uno de cada tres niños ya dispone de un aparato propio, generalmente entregado por sus padres.

Sin embargo, los especialistas insisten en que el debate no debe centrarse únicamente en el número de horas frente a una pantalla.

El verdadero interrogante es qué dejan de hacer durante ese tiempo.

Cada hora dedicada a desplazarse por videos, redes sociales o videojuegos suele ser una hora menos de actividad física, lectura, conversación familiar, contacto con amigos o descanso. Incluso el aburrimiento, tan temido por muchos padres, cumple una función importante en el desarrollo infantil porque favorece la creatividad, la imaginación y la capacidad de resolver problemas.

Los expertos recuerdan que crecer no consiste únicamente en acumular información. También implica aprender a relacionarse, manejar emociones, negociar con otros niños, inventar juegos y descubrir el mundo a través de experiencias reales.

Cuando las pantallas ocupan la mayor parte del tiempo libre, muchas de esas oportunidades comienzan a desaparecer sin que la familia apenas lo note.

Cada año aumenta el tiempo de conexión

Los datos del estudio muestran un patrón que preocupa especialmente.

Entre los ocho y diez años muchos niños ya dedican entre dos y tres horas diarias a las pantallas por motivos de ocio. A los once y doce años ese tiempo supera con facilidad las cuatro horas y, durante la adolescencia, puede alcanzar cinco o incluso seis horas diarias, sin contar las actividades escolares.

La diferencia respecto a generaciones anteriores resulta evidente.

Hace apenas veinte años el entretenimiento estaba condicionado por horarios de televisión, reuniones con amigos o actividades fuera de casa. Hoy el contenido está disponible las veinticuatro horas del día y diseñado para captar la atención durante el mayor tiempo posible.

Las plataformas digitales utilizan sistemas de recomendación que ofrecen un video detrás de otro, un nuevo nivel del videojuego o una notificación constante que invita a volver una y otra vez.

Para un cerebro en desarrollo, esa sucesión permanente de estímulos resulta especialmente atractiva.

El descanso también está en riesgo

Uno de los hábitos que más preocupa a los especialistas es el uso nocturno de dispositivos.

Cada vez más niños y adolescentes reconocen utilizar el celular después de acostarse, muchas veces sin que los adultos lo sepan.

Dormir con el teléfono al alcance de la mano facilita que cualquier mensaje, video o notificación interrumpa el descanso. Además, la luz emitida por las pantallas dificulta la producción de melatonina, la hormona que ayuda al organismo a conciliar el sueño.

Las consecuencias aparecen rápidamente.

Menor capacidad de concentración, cansancio durante el día, irritabilidad, bajo rendimiento escolar y dificultades para controlar las emociones son algunos de los efectos más frecuentes cuando el descanso pierde calidad.

Por ello, sociedades médicas de distintos países recomiendan mantener dormitorios libres de pantallas, especialmente durante la infancia y la adolescencia.

La llegada temprana de las redes sociales

La transición entre la niñez y la adolescencia marca otro cambio importante.

Hasta los diez u once años la mayoría de los menores utiliza la tecnología principalmente para jugar o ver videos. A partir de los doce comienzan a ganar protagonismo las redes sociales y las aplicaciones de mensajería.

Ya no se trata únicamente de entretenerse.

Empiezan las comparaciones, la búsqueda de aprobación mediante «me gusta», la exposición de la vida privada y el contacto permanente con otras personas.

Aunque muchas plataformas establecen una edad mínima de catorce años para abrir una cuenta, la realidad demuestra que una gran cantidad de menores accede antes, utilizando perfiles propios o cuentas facilitadas por familiares.

Este ingreso precoz aumenta la exposición a contenidos violentos, desinformación, publicidad encubierta, discursos de odio o contactos con desconocidos.

La encuesta refleja que cuatro de cada diez menores han visto contenidos que consideran inapropiados y que una parte importante reconoce haberse sentido incómoda o asustada por lo que encontró mientras navegaba.

Internet ofrece enormes oportunidades para aprender, pero también exige habilidades críticas que todavía están en proceso de formación durante la infancia.

El ejemplo comienza en casa

Quizá una de las conclusiones más llamativas del estudio no tenga que ver con los niños, sino con los adultos.

Seis de cada diez menores consideran que las normas sobre el uso de pantallas solo se aplican a ellos.

Mientras se les pide apagar el celular durante la comida o limitar el tiempo de videojuegos, muchos observan cómo los adultos responden mensajes, consultan redes sociales o revisan correos electrónicos en esos mismos momentos.

La contradicción no pasa inadvertida.

Los niños aprenden mucho más observando que escuchando discursos. Resulta difícil convencerlos de la importancia de reducir el tiempo frente al celular cuando los propios padres permanecen conectados buena parte del día.

La crianza digital exige coherencia.

Si la familia decide que la mesa debe ser un espacio para conversar, esa regla necesita incluir a todos sus integrantes. Si se establece un horario sin pantallas antes de dormir, también conviene que los adultos participen.

Las normas compartidas generan menos conflictos que las prohibiciones dirigidas únicamente a los hijos.

Educar para convivir con la tecnología

Especialistas en desarrollo infantil coinciden en que prohibir no suele ser la estrategia más eficaz.

Las pantallas forman parte del presente y seguirán acompañando a las nuevas generaciones. El verdadero aprendizaje consiste en enseñar a utilizarlas con criterio.

Eso implica acompañar a los niños mientras navegan, interesarse por los videojuegos que utilizan, conocer las plataformas donde interactúan y conversar con ellos sobre los riesgos que existen en internet.

También significa ofrecer alternativas.

Un niño difícilmente dejará el celular si no encuentra otra actividad igual de estimulante. Deportes, lectura, música, caminatas, juegos de mesa, cocina, excursiones o simplemente tiempo compartido con la familia ayudan a equilibrar el lugar que ocupa la tecnología.

Porque el objetivo nunca fue eliminar las pantallas.

El objetivo es que no sustituyan aquello que ninguna aplicación podrá reemplazar: una conversación sin interrupciones, una tarde de juego, una comida compartida o el abrazo que llega después de un día complicado.

La tecnología seguirá evolucionando a gran velocidad. La infancia, en cambio, ocurre una sola vez. Y buena parte de los recuerdos que acompañarán a esos niños cuando sean adultos no dependerán de la última aplicación descargada, sino del tiempo que sus familias decidieron regalarles lejos de cualquier pantalla.

Pantallas, pero con reglas: diez hábitos para el equilibrio

  1. Establezca reglas claras desde el principio. Defina horarios, tiempos máximos y qué dispositivos pueden utilizarse según la edad. Cuando las normas son conocidas por todos, disminuyen las discusiones y las negociaciones permanentes.
  2. Predique con el ejemplo. Los hijos observan más de lo que escuchan. Si los adultos revisan constantemente el teléfono durante las comidas o las conversaciones, será difícil convencer a los niños de hacer lo contrario.
  3. Cree espacios libres de pantallas. El comedor, los dormitorios y las reuniones familiares pueden convertirse en zonas donde celulares, tabletas y televisores queden temporalmente fuera de la rutina. Estos momentos fortalecen la comunicación y mejoran la calidad del descanso.
  4. Evite el celular antes de dormir. Los especialistas recomiendan apagar los dispositivos al menos una hora antes de acostarse. Dormir con el teléfono junto a la cama aumenta las interrupciones nocturnas y dificulta alcanzar un sueño reparador.
  5. Interésese por lo que hacen en internet. No basta con preguntar cuánto tiempo estuvieron conectados. También es importante saber qué aplicaciones utilizan, qué videos consumen, con quién conversan y qué contenidos les llaman la atención.
  6. No convierta las pantallas en premio o castigo. Si el acceso al celular se usa constantemente como recompensa o sanción, el dispositivo adquiere todavía más valor emocional. Es preferible que forme parte de una rutina estable y previsible.
  7. Ofrezca alternativas atractivas. Reducir el tiempo frente a una pantalla resulta mucho más sencillo cuando existen otras opciones: practicar deporte, salir al parque, cocinar juntos, leer, visitar familiares, hacer manualidades o simplemente conversar.
  8. Permita que se aburran de vez en cuando. El aburrimiento no siempre es un problema. Cuando no tienen un estímulo inmediato, los niños suelen inventar juegos, explorar intereses nuevos y desarrollar su creatividad. Resolver cada minuto libre con una pantalla limita ese proceso.
  9. Acompañe más que vigile. La supervisión no debe entenderse como espionaje. Compartir un videojuego, mirar un video juntos o conversar sobre lo que ocurre en las redes sociales genera confianza y facilita que los hijos pidan ayuda cuando enfrenten situaciones incómodas.
  10. Recuerde cuál es el verdadero objetivo. La meta no consiste en criar niños alejados de la tecnología, sino personas capaces de utilizarla con criterio, autocontrol y sentido crítico. Aprender a desconectarse también es una habilidad para la vida.

En un mundo donde la conexión permanente parece inevitable, las familias tienen una oportunidad única: demostrar que la mejor red sigue siendo la que se construye alrededor de una mesa, durante una caminata o en una tarde de juegos compartidos. Los dispositivos seguirán evolucionando; la infancia, en cambio, tiene un tiempo limitado. Cada momento ganado para la conversación, el afecto y las experiencias compartidas será una inversión que ningún avance tecnológico podrá sustituir.