Ya han pasado casi dos semanas del fin del mundial de fútbol, y siguen resonando ecos, como consecuencia de lo vivido en la cancha y fuera de ella. Sonidos que no aluden tanto a lo que atañe al juego en sí, sino a factores que, a primera vista, podríamos definir como extra futbolísticos. Especialmente referido a comentarios raciales y xenófobos, que implican, por seguir el argumento de la discusión, el honor nacional. Lo que el sentido común definiría como una barbaridad o extravío, tratándose de una competencia deportiva, el análisis cultural nos indica que no se trataría de algo descabellado.
Fuente: Ideas Textuales
Cada cuatro años países enteros se paralizan frente a una pantalla para vibrar con la performance de un grupo de futbolistas vestidos con la camiseta que representa sus colores patrios. Personas que jamás se han visto entre sí, que viven en ciudades distantes, que pertenecen a clases sociales diferentes y que probablemente discrepan en política, religión o ideología, de pronto celebran un mismo gol como si fuera un triunfo personal. Durante casi dos horas desaparecen las diferencias y emerge una identidad común. La comunidad imaginada por ese caleidoscopio de individualidades parece más real sostenido por esa alineación de once jugadores, cuyos nombres nos resultan tan familiar.
Vivimos convencidos de que la nación es una realidad objetiva. Hablamos de Chile, Argentina o Bolivia como si fueran entidades naturales, casi biológicas. Sin embargo, en estricto rigor, una nación no posee una existencia física comparable a la de una montaña o un río o una comunidad de seres vivos. Sólo existe porque millones de personas aceptan creer en ella, como resultado de una creencia compartida que necesita alimentarse continuamente mediante símbolos, ceremonias y relatos.
=> Recibir por Whatsapp las noticias destacadas
El fútbol ha terminado ocupando el espacio que correspondía a las grandes ceremonias religiosas o a las festividades cívicas. Los himnos nacionales entonados antes del partido, las banderas cubriendo las tribunas, los colores de las camisetas, los escudos y el brazalete del capitán forman parte de una liturgia cuidadosamente codificada. Es la escenificación de un ritual colectivo. Quizá por eso un Mundial posee esa fuerza emocional que conmueve, y que probablemente ningún otro individuo o institución puedan alcanzar.
Todas las culturas necesitan convertir las ideas abstractas en imágenes concretas. Así como las sociedades tradicionales recurrían a tótems, máscaras o ceremonias religiosas, las sociedades contemporáneas utilizan otros recursos, como el deporte. Pero, en esencia, la lógica sigue siendo exactamente la misma. Necesitamos ver aquello en lo que creemos. El fútbol hace visible una nación.
El historiador británico Eric Hobsbawm (1917-2012) dedicó buena parte de su obra a demostrar que muchas tradiciones que consideramos ancestrales son, en realidad, construcciones relativamente recientes. Himnos, fiestas patrias, desfiles militares, uniformes y símbolos nacionales fueron diseñados principalmente durante los siglos XIX y XX para consolidar los nuevos Estados nacionales. El deporte no hizo más que integrar todas esas tradiciones en un único escenario. Así cuando Leonel Messi pisa el campo de juego, seguido por el resto del equipo, no sólo marca el inicio de una justa deportiva, sino que constituye una activación de un complejo sistema de símbolos que recuerda quiénes son los argentinos y quiénes no, y cuál es el lugar que ocupan dentro del universo.
Resulta curioso que este fenómeno alcance su máxima expresión precisamente en una época dominada por la globalización. Nunca el fútbol había sido tan internacional. Los grandes clubes reclutan jugadores en todos los continentes, las transmisiones llegan instantáneamente a cualquier rincón del planeta, las grandes marcas deportivas controlan buena parte del negocio y las estrellas cambian de país con la misma facilidad con que cambian de camiseta. Sin embargo, cuanto más global se vuelve la actividad, más apremiante parece ser la necesidad de reafirmar las identidades nacionales.
Si bien el fútbol es un gran negocio global, su fuerza emocional continúa dependiendo de sentimientos profundamente nacionales. Las empresas pueden vender un espectáculo planetario, pero el éxito se sostiene en que el público sigue emocionándose porque juega «su» selección. Un torneo que ofrece una experiencia que la individualidad de la vida cotidiana ha secuestrado, la sensación de pertenecer a una comunidad amplia y reconocible. En sociedades cada vez más individualizadas y fragmentadas, el fútbol ofrece comunidad. Quizá por eso las derrotas deportivas duelen tanto y las victorias se celebran con descontrol. Es la comunidad la que triunfa o fracasa. Puede que, en términos estrictamente racionales, nada cambie después de un partido. Sin embargo, desde el punto de vista cultural, la comunidad vuelve a reconocerse a sí misma.
Los estadios son uno de los pocos espacios contemporáneos donde todavía es posible experimentar una emoción colectiva sin necesidad de compartir una ideología o una religión. El fútbol demuestra que la identidad no se construye únicamente mediante discursos políticos, también necesita emociones compartidas, símbolos, relatos, rituales. Porque los seres humanos no vivimos únicamente de hechos, vivimos más que nada de las historias que contamos acerca de nosotros mismos. Y pocas historias han resultado tan eficaces como la de once jugadores capaces de representar, durante noventa minutos, los sueños, las frustraciones y el orgullo de millones de personas. Es indesmentible que el verdadero partido no se juega solamente sobre el césped, sino en la imaginación colectiva de quienes, por un instante, descubren que una nación puede caber dentro de un estadio de fútbol.
Por Mauricio Jaime Goio.
Fuente: Ideas Textuales

