El cambio climático trae más calor, sequías, lluvias extremas e incendios, pero esas amenazas se vuelven mucho más graves cuando coinciden con deforestación, chaqueos, minería y pérdida de bosques.
Hace unos años, cuando nos referíamos al cambio climático parecía que estábamos hablando del futuro. La Amazonía del norte de La Paz ya no está esperando que llegue el cambio climático; ya está experimentando sus consecuencias. Los incendios forestales, los períodos prolongados de sequía, las temperaturas cada vez más elevadas y lluvias fuera de época, están modificando las condiciones en las que viven las comunidades indígenas y campesinas que dependen del bosque y de los ríos.
Los datos ayudan a dimensionar el problema. En 2024, Bolivia enfrentó una de sus temporadas de incendios más graves de las últimas décadas, con más de 12 millones de hectáreas afectadas por incendios y quemas, de acuerdo con reportes de la Autoridad de Fiscalización y Control Social de Bosques y Tierra (ABT). No se trata solamente de una cifra estadística: detrás de cada hectárea perdida existe un bosque que almacenaba carbono, regulaba el agua y servía de refugio a una extraordinaria diversidad de especies.
Un año antes, el 2023, la Amazonía en Sudamérica sufrió una sequía excepcional. Los niveles de numerosos ríos descendieron hasta registros extremos y las temperaturas alcanzaron valores extraordinariamente elevados. El fenómeno estuvo asociado a El Niño, pero los científicos han advertido que el calentamiento global está aumentando la intensidad y frecuencia de determinados eventos extremos.
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En el norte de La Paz, donde se encuentran territorios como el Madidi y las áreas amazónicas de San Buenaventura e Ixiamas, esta combinación de fenómenos climáticos resulta particularmente preocupante. Cuando el bosque pierde humedad, el fuego encuentra condiciones ideales para propagarse. Cuando las lluvias llegan de manera intensa después de períodos secos, los ríos pueden crecer rápidamente y afectar comunidades, caminos, cultivos y viviendas.
Los incendios son probablemente uno de los fenómenos más visibles. Durante los años secos, la vegetación pierde humedad y cualquier quema puede transformarse rápidamente en un incendio forestal.
En la región del Madidi, San Buenaventura, Ixiamas y el norte amazónico, los incendios representan una amenaza no solamente para los bosques, sino también para comunidades indígenas, fauna silvestre y áreas protegidas.
Los cambios en temperatura, niveles de los ríos y calidad del agua están modificando los ciclos de reproducción y disponibilidad de peces. Esto es especialmente importante porque la pesca constituye una fuente de alimentación e ingresos para numerosas familias indígenas y campesinas.
Pero el cambio del clima no es el único responsable. La deforestación, los chaqueos, la expansión de la frontera agropecuaria y la actividad minera están aumentando la presión sobre un ecosistema que ya enfrenta los efectos del calentamiento global. La pérdida de bosque para las comunidades indígenas significa también perder una de las principales defensas naturales frente al cambio climático.
A esta situación se suma la contaminación de los ríos asociada a la explotación aurífera y al uso de mercurio. Para las comunidades que dependen de la pesca, el problema es doble: los cambios en el régimen de los ríos pueden afectar la disponibilidad de peces, mientras la contaminación compromete la calidad de uno de sus principales alimentos.
La pregunta ya no debería ser si el cambio climático llegará a la Amazonía del norte de La Paz. Ya está aquí. La verdadera pregunta es, ¿cuánto estamos dispuestos a hacer para que los bosques, los ríos y las comunidades que dependen de ellos puedan resistir? Porque proteger la Amazonía no significa únicamente conservar árboles: significa proteger el agua, los alimentos, la biodiversidad y los territorios donde miles de familias indígenas Tacanas, Tsimanes y otros, han construido su vida.
Jorge Tejada Mozo
Comunicador Social
