El parto de los montes


Álvaro Riveros Tejada

 



El título de la presente entrega está inspirado en la antiquísima fábula contada por Esopo, convirtiéndola en un proverbio universal; trata del temor que sentía el mundo al contemplar aterrorizado el rugido de las montañas que temblaban y se sacudían presagiando el advenimiento de algo catastrófico. Empero, luego de tanto ruido, del seno de esa serranía convulsa emergió… sólo un pequeño ratón.

 

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Aplicando alegóricamente dicha fábula a nuestra realidad política, cuando ya se cumplieron los nueve meses de gestión, el tiempo biológico exacto para traer una nueva vida al mundo y coincidente con el que fue empleado por nuestra ilustre administración pública para completar su propio ciclo de gestación política. Durante doscientos setenta días, el país asistió a un espectáculo de ruidos subterráneos, crujidos institucionales y alarmas de evacuación. La montaña gubernamental prometía parir un titán que reescribiría la historia; lamentablemente, tras el largo y costoso pujo, lo único que asoma por el canal de parto es un tierno y diminuto roedor.

 

Recordemos los primeros meses del embarazo político. Los síntomas fueron ruidosos: mareos de poder, antojos de decretos urgentes y una hinchazón discursiva digna de un gigante de la mitología. Cada rueda de prensa era una ecografía de alta resolución donde se nos prometía un heredero fuerte: la salvación económica, el fin de la corrupción o la reforma definitiva. Los ministros actuaban como parteras nerviosas, pidiendo calma a la ciudadanía mientras el presidente, con la mano en el vientre del Estado, juraba que los dolores del pueblo eran solo el preludio de un milagro inminente.

 

Empero, la naturaleza de la incompetencia es caprichosa. Llegado el noveno mes, el clímax del bullicio se tradujo en una mini criatura. El “Plan de Infraestructura” se redujo a eliminar el Ministerio de Planeamiento; la reforma económica terminó siendo un ajuste de impuestos que solo afecta a los que compran café para llevar; y la batalla contra el crimen organizado, materializado en las cínicas críticas del prófugo de la justicia y solipedófilo cocalero afirmando: “Si yo fuera Rodrigo Paz, y mi comandante de Policía se opone a una decisión política del gobierno sobre la  captura de Evo Morales, en este momento lo cambiaría”.

 

Si de partos espectaculares hablamos, la montaña gubernamental nos ha regalado milagros de la física y la magia aduanera en el aeropuerto de Viru Viru. El primer gran rugido de las entrañas estatales fue la milagrosa aparición de 32 maletas misteriosas procedentes de los Estados Unidos que entraron sin control, eludiendo la mirada de los mortales usando pasaportes diplomáticos vencidos y, en un abrir y cerrar de ojos, desaparecieron en el éter. El Gobierno prometió una titánica investigación que revelaría los secretos del universo; pero el resultado de la pesquisa fue otro ratón: nadie sabe qué había dentro, nadie sabe dónde están, y los principales sospechosos ya gozan de la brisa de la libertad condicional.

 

Recordando los dolores de parto iniciales, el país asistió al nacimiento de una alianza que se vendió como el matrimonio perfecto entre la diplomacia de alcurnia de Rodrigo Paz y el ímpetu esquizoide del excapitán Edmand Lara. Una pareja presidencial ideal en los papeles, pero que terminó siendo un matrimonio mal avenido, atrapado en una eterna terapia de pareja frente a las cámaras. Hoy en día, las sesiones de honor parecen la cena de Navidad de una familia disfuncional: el presidente Paz evita pronunciar el nombre de su vicepresidente, llamándolo con gélido protocolo: “Presidente de la Asamblea”, mientras Lara aprovecha cada micrófono disponible para recordar a su cónyuge político que el rumbo está perdido, que miente y que la casa se está cayendo. Nueve meses de convivencia y el único heredero de esta unión es el verdadero Parto de los Montes.