Rodrigo Paz, en la cornisa y con vértigo


Los factores que, según la ciencia política, lo empujan hacia la zona clásica de una caída presidencial

En política, sobrevivir no siempre equivale a gobernar. A veces significa apenas administrar la propia erosión. La ciencia política no ofrece profecías, pero sí patrones. En América Latina, las caídas presidenciales suelen incubarse cuando coinciden seis factores: inflación, reformas de liberalización económica, escándalos de corrupción, minoría legislativa, debilitamiento democrático y protestas masivas. Paz ya convive con casi todos. Si quiere salvar a su gobierno y evitar la desestabilización política, necesita dar, rápidamente, un golpe de timón.



El primer factor es la inflación. Ningún presidente es más vulnerable que aquel que gobierna mientras la vida cotidiana se encarece. En Bolivia, la crisis económica, el desabastecimiento de combustibles y la pérdida de poder adquisitivo hacen de la administración de Paz una experiencia materialmente incómoda para los ciudadanos. El problema para el presidente no es solo que la economía esté mal, lo que heredó del MAS, sino que muchos ciudadanos ya lo asocian con esta situación, que no ha podido controlar. Según Ipsos Ciesmori, su aprobación cayó de 65 por ciento en noviembre de 2025 a 32 por ciento en julio de 2026, mientras su desaprobación subió a 55 por ciento. Tres de cada cuatro encuestados creen que el país va por mal camino.

El segundo factor son las reformas de liberalización económica. Paz llegó prometiendo cambio, lo que ha significado un ajuste titubeante. Sus reformas pretenden abrir la economía, atraer inversión y dar seguridad jurídica, pero no desmontan el estatismo donde es más nocivo, sino que castigan más a quienes se suponía debían rescatar. Las reformas de liberalización rara vez tumban presidentes por sí solas; lo hacen cuando tienen más pinta de injusticia que de sinceramiento. Ese es el embrollo de Paz: necesita cambiar el modelo para superar la crisis, pero cada paso en falso erosiona la base social necesaria para sostenerlo.

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El tercer factor son los escándalos de corrupción. El caso Nadia Beller y Fernando Cerimedo es políticamente corrosivo porque junta violencia, poder, dinero y entorno presidencial. Beller, tras sufrir un ataque armado, acusó a Cerimedo y denunció presuntos hechos de corrupción vinculados al círculo gubernamental. El gobierno respondió que Cerimedo no tenía cargo formal y prometió una investigación seria. Esa defensa puede servir en tribunales, más no necesariamente en la opinión pública. Las caídas presidenciales no esperan sentencias firmes. Los escándalos importan cuando confirman la sospecha previa, levantada por casos anteriores en el entorno presidencial, de que el poder está rodeado de negocios opacos. Sin un esclarecimiento creíble de esta y otras sospechas, la confianza pública en el presidente continuará erosionándose.

El cuarto factor es la falta de mayoría legislativa. Aquí, Paz no enfrenta necesariamente una minoría paralizante, sino un problema más sutil: carece de una coalición política sólida que convierta su agenda en gobernabilidad. Sus reformas dependen de pactos, negociaciones y apoyos que pueden evaporarse si su popularidad sigue cayendo. Un presidente con 65 por ciento de aprobación disciplina aliados; así fue al inicio de gestión. Uno con 32 por ciento empieza a parecer prescindible. En los presidencialismos latinoamericanos, el Legislativo no suele empujar al vacío a un presidente fuerte; espera a que la calle y las encuestas hagan primero el trabajo.

 

«En América Latina, las caídas presidenciales suelen incubarse cuando coinciden seis factores. Paz ya convive con casi todos».

El quinto factor, y menos presente, es el debilitamiento democrático. Ciertamente, la democracia boliviana se ha fortalecido luego de procesos electorales mejores de lo esperado, con una pluralidad creciente tanto en el Legislativo como en gobernaciones y municipios. No obstante, Bolivia sigue siendo un régimen híbrido, en parte como herencia autocrática del MAS, en parte quizá por falta de voluntad o fuerza política para «desmantelar ese desmantelamiento democrático». Cómo se maneje la censura legislativa del Ministro de Economía y Finanzas, José Gabriel Espinoza, también observado públicamente con relación a su ética, será clave en este respecto. Entrar en un debate jurídico, por más justo, podría intensificar tanto la desconfianza en la opinión pública como las comparaciones con los gobiernos del MAS.

El sexto factor, según la ciencia política, es el determinante: las protestas masivas. Bolivia vivió más de 50 días de bloqueos, con muertos y pérdidas millonarias, exigiendo la renuncia de Paz. El presidente resistió, pero a un costo alto. Los bloqueos mostraron que sectores populares que lo apoyaron se sienten traicionados, y que el Estado no controla completamente el territorio cuando la movilización se abre camino en varios frentes. Aunque las clases medias urbanas y toda esa Bolivia cansada de la conflictividad defendió la permanencia del gobierno de Paz, la erosión de su legitimidad podría llevar a la ausencia futura de tal decisiva defensa cívica.

La pregunta, entonces, no es si Paz está en problemas. La pregunta es si esos problemas ya alcanzan el umbral de una caída presidencial. La respuesta es incómoda, porque se acerca. Tiene inflación, reformas impopulares, escándalos, fragilidad legislativa, pulsiones excepcionales y una protesta masiva desactivada pero latente. Le falta, por ahora, la convergencia final: una alianza entre la calle popular, las clases medias urbanas, la oposición legislativa y unas élites económicas convencidas de que su salida cuesta menos que su permanencia. Ese cálculo puede cambiar rápido. Si los escándalos escalan, si la economía sigue en caída, si las reformas se sienten como imposición y si las clases medias concluyen que ya no garantiza orden, Rodrigo Paz entrará en la fase más peligrosa: aquella en la que todos empiezan a imaginar el día después.

Rodrigo Paz no está, técnicamente, al borde del abismo. Pero ya gobierna cerca de la cornisa, empezando a sentir vértigo. Su problema no es haber perdido popularidad. Muchos presidentes la pierden y sobreviven. Su problema es que está perdiendo al mismo tiempo legitimidad social, credibilidad moral y capacidad de mando. En América Latina, esa combinación rara vez termina bien, tanto para el presidente como para la institucionalidad democrática. El gobierno de Paz —y el país— se salvan solo con un giro creíble de 180 grados. De lo contrario, la pregunta será qué monstruo surgirá de ese desgraciado interregno.

 

 

Guillermo Bretel, Máster en Ciencias Políticas y Sociales