
Hemos llegado a un punto que nos obliga a preguntarnos cómo podemos revitalizar nuestra democracia y nuestra gobernanza, y creo que hay tres claves para lograrlo: poder, eficacia y legitimidad, referida a la convicción, de que el sistema político vigente en el país es moralmente correcto y apropiado. Lastimosamente nuestro gobierno actual se encuentra sumido en un profundo y prolongado cuestionamiento. Se supone que nuestra democracia y el gobierno deben generar prosperidad económica y oportunidades, al tiempo que combate la corrupción, la delincuencia y los abusos de poder, el gobierno no puede debilitarse ni retroceder; deben ejercer su poder para salvaguardar libertades, medios de comunicación independientes y el estado de derecho. No hay lugar para reprimir los derechos, censuran la información y propagan la desinformación. Toda defensa de la democracia es fuente de inspiración y aprendizaje. Debemos retomar con seriedad la promoción de los valores, las experiencias, los requisitos y las instituciones de la democracia.
Las elecciones determinaron que nuestro país sea administrado por funcionarios y representantes, si no puros, por lo menos idóneos. Si las condiciones de estas personas se ven comprometidas, es lógico que se van a ignorar las libertades civiles, la corrupción será generalizada y tendremos un estado de derecho débil. Determinar si el país es una democracia real puede ser difícil y genera controversia, debido a que nuestra democracia ha experimentado un grave declive, estamos al punto de evitar una ruptura constitucional total y resulta difícil afirmar si todavía aún se cumplen las condiciones mínimas para ser considerada una democracia. La prueba no reside en si se impone un clima generalizado de miedo, sino en que si el pueblo puede reemplazar a sus líderes. Estamos en la incertidumbre de una manipulación grotesca de la información y se ha politizado intensamente la administración del Estado, en desmedro del poder judicial y otros organismos reguladores. Parece una autocracia muy astuta.
Se están medrando las condiciones sociales de la democracia, incluyendo el desarrollo económico y la cultura política, la protesta, los prejuicios y el extremismo; el conflicto, la estructura y la movilidad de clases, las divisiones sociales, los sistemas de partidos, la opinión pública y la confianza ciudadana en las instituciones. La polarización partidista e ideológica es preocupantemente alta, mientras que la tolerancia y la confianza política se han erosionado. Sin embargo, seguimos con la esperanza de que nuestra democracia pueda recobrar su solides, no estamos para retrocesos o degradaciones de la democracia a pesar de que nuestro gobierno se enfrenta a sus propios obstáculos que hasta ahora han impedido su consolidación.
Cuando las fuerzas prodemocráticas se unen en torno a una plataforma que responde a las preocupaciones de los votantes, han puesto en relieve los errores y la corrupción de los gobernantes en el poder, y obviamente surgen las tendencias regresivas democráticas y lamentablemente, muchos intentos de subvertir la democracia no han sido contenidos. Por lo tanto, seguimos inmersos en una prolongada recesión democrática, que se manifiesta cuando el proyecto autoritario del pasado quiere volver y el cambio de gobierno sigue siendo electoralmente posible pero improbable porque la protección de las libertades civiles y el respeto al poder ejecutivo sigue existiendo, hay legitimidad democrática. Todavía existe una amplia aspiración a la democracia. Esta creencia en la democracia sigue siendo lo suficientemente extendida como para respaldar la afirmación de que la democracia es un valor universal, en el sentido de que personas de tradiciones democráticas muy diferentes la consideran importante para sus vidas.
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Existe una intrincada relación entre la legitimidad y el desempeño del régimen. La creencia en la legitimidad de la democracia puede estar moldeada por la historia, pero también está impulsada por el desarrollo económico y el desempeño del régimen presente en comparación con los pasados. El gobierno no puede basarse en la tradición como fuente de legitimidad, sino que deben demostrar que pueden resolver problemas y brindar lo que la gente espera del gobierno, desempeño eficaz. generación de crecimiento económico y oportunidades, la reducción de la pobreza y la desigualdad, la prestación de servicios sociales, el control de la corrupción y el mantenimiento del orden político y la seguridad, es la reserva de legitimidad que puede sostener al gobierno en estos tiempos de crisis. Sin embargo, a pesar de la legitimidad del gobierno, un colapso de la eficacia, repetido o prolongado, pondrá en peligro su estabilidad. La ilusión democrática más peligrosa es la vanidad de la permanencia, la noción de que, debido a que la democracia nos ha legitimado a pesar de un pobre desempeño, nunca se desmoronará, es desconocer que tienen un margen de tiempo muy ajustado. Una de las principales razones por las que la representación actual de gobierno se ha ido erosionando, es su deficiente desempeño económico y político.
La causa de la libertad y la democracia en el mundo es indivisible. La democracia no puede estar segura en ningún lugar del mundo cuando se enfrenta a estructuras poderosas que niegan su legitimidad, reprimen los derechos, censuran la información y propagan la desinformación y la falsedad. Cada pérdida o fracaso del gobierno tiene un potencial efecto de difusión y demostración, hasta ahora le es difícil imponer sus métodos, no pueden coexistir pacíficamente porque se enfrentan a un dilema fundamental de legitimidad política. Como están siendo incapaces de convivir en esta competencia política, no pueden legitimar su mandato, son vulnerables a las crisis de legitimidad, parecen haber inicia un lento avance hacia el cinismo y al distanciamiento con la población.
Mgr. Fernando Berríos Ayala / Politólogo