De San Román, pasando por Diodato, los “guerreros digitales” y hasta Cerimedo


Hace falta una transformación profunda: formar a las nuevas generaciones, construir alternativas verdaderas al poder y cimentar una institucionalidad verdaderamente democrática y transparente.

Fernando Cerimedo, asesor del presidente Rodrigo Paz, detenido es traslado a brindar sus declaraciones. Foto APG.

 



El poder siempre trata de controlar las percepciones y actitudes de la población; ocurre aquí y hasta en la idílica Noruega de Haaland, desde las cavernas hasta esta era de inteligencia artificial. Sin embargo, en países con tan poca institucionalidad como el nuestro, el fenómeno adquiere ribetes de realismo mágico, en el mejor de los casos, o de terrible tragicomedia, en el peor.

Hoy, a raíz del caso Cerimedo, representantes del largo proceso político anterior salieron a hacer leña del árbol caído como si fueran blancas palomitas, cuando sabemos –aunque no aplica a todos, doy fe de ello– que pueden ser cualquier cosa menos inocentes palomitas blancas. Olvidan que también tuvieron a sus propios “cerimedos” (de nacionalidad mexicana, si mal no recuerdo) y que fueron los primeros en engendrar a esa casta horrenda que se vino a llamar “guerreros digitales”. De sexo, balas y corrupción mejor ni hablar: ahí están el hotel Las Américas, el caso Zapata y un largo etcétera.

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Pensando en esto, fui más atrás en el tiempo y recordé a San Román, de los primeros tiempos del MNR; mis abuelos le tenían pánico. En aquellos días, poco tecnológicos, las cosas se arreglaban pateando puertas y encañonando a cualquiera que no rindiera pleitesía al régimen. San Román era criollo; ignoro si por entonces los “chantas” extranjeros ya merodeaban los pasillos del poder. Más adelante, durante las dictaduras militares, es sabido que el nazi alemán Klaus Barbie encandiló a los poderosos de turno.

Luego vino a mi memoria el primer gran embaucador extranjero que montó una tragicomedia que yo recuerde: Marino Diodato. Aquello también fue un escándalo de sexo, poder, corrupción y tecnología. Casado con la sobrina de Banzer, estructuró una red de corrupción y ejecutaba el trabajo sucio del poder “pinchando” teléfonos, toda una proeza técnica para la época. No había memes, pero el ingenio boliviano hallaba modos de reírse. Recuerdo un aro-aro de los Canarios del Chaco, algo subido de tono para los estándares actuales de corrección política, que decía: “Ay vidita mía, cómo no quisiera ser Diodato, para pincharte de rato en rato”.

Con el MAS, la pléyade de extranjeros orbitando el poder fue inmensa: argentinos, mexicanos, venezolanos, cubanos, chinos y una larga lista de los cuales, una buena parte, eran grandes chantas. Es que los populismos, tanto de izquierda como de la derecha “libertaria” (no liberal, ojo), son “papita pa’l loro” para estos personajes turbios.

Así llegamos a Cerimedo, el prototipo definitivo de la especie: de taxista y estafador inmobiliario en Mar del Plata, con pasos tangenciales por las campañas de Milei y Bolsonaro, a mover los hilos en Bolivia y armar una tramoya de sexo, balas, tecnología, corrupción y poder.

No escribo esto para justificar que “todos lo hacen”. Al contrario, lo hago para preguntar: ¿hasta cuándo toleraremos estas tramas oscuras? Reírnos de nuestras desgracias alivia, pero no podemos instalarnos en la resignación. Hay que decir ¡basta, basta y basta! Tampoco sirve un simple cambio de gobernantes o un retorno al pasado (el que fuera); ya sabemos cómo concluye esa historia. Hace falta una transformación profunda: formar a las nuevas generaciones, construir alternativas verdaderas al poder y cimentar una institucionalidad verdaderamente democrática y transparente.

 

Gustavo Castellanos es comunicador social.