Tatiana Marset y el glamur de la modernidad


​Una suerte de sorpresa colectiva invadió cuando la hermana de Sebastián Marset saltó a las pantallas y redes en condición de modelo. ¿Cómo explicar la metamorfosis instantánea mediante la cual una figura sospechosa de tener vínculos con el crimen organizado transita, en un lapso de apenas 24 horas, desde el encierro preventivo en Palmasola hasta la consagración mediática como imagen publicitaria y soberana de una comparsa carnavalera?

El caso de Tatiana Marset en el escenario cruceño constituye un laboratorio sintomático para examinar lo que Jean Baudrillard teorizó como las transformaciones del capitalismo tardío, y cómo este logró transformar los esquemas valorativos en un estado sociológico donde las esferas del juicio moral, la legalidad penal, la estética y el espectáculo han perdido sus contornos normativos para disolverse en un plano de pura circulación de signos.

En la arquitectura conceptual de Baudrillard, las valoraciones tradicionales (económicas, estéticas, éticas o jurídicas) quedan subordinadas al régimen del valor simbólico; una dinámica donde la visibilidad mediática y la belleza física, el porte y la retórica ritualizada de los certámenes de belleza cotizan mucho más que un concierto de música clásica.



Que una relación tan cercana a un hombre buscado por varios países no opere como un estigma, sino como el combustible de una acelerada cotización en la industria de la belleza y ciertos círculos sociales deja ver que el espectáculo contemporáneo no juzga la naturaleza de los hechos, sino la potencia de la exposición y sus réditos económicos cuantificados en dólares, prestigio e influencias.

Se trata de una competencia por capitales culturales propios a la par de los quantums monetarios que reditúa. El paso de la celda judicial al sillón de una peluquería de lujo o al pedestal de la comparsa no representa un contrasentido moral ni una falla del sistema cultural; son formas inscritas en la modernidad tardía y sus poderosos contenidos simbólicos.

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Esta transmutación de valores pone al descubierto la porosidad con la que el entramado valorativo de determinadas actividades no se asume como una transgresión, sino como una oportunidad.

En sus expresiones mayores esta transmutación valorativa muestra que cuando la política, el fútbol, el arte y la economía (incluida la ilícita) convergen en la misma pasarela comunicacional, los límites entre la sanción y el prestigio, lo bueno y lo malo, lo aceptable y lo inaceptable se borran por completo.

La cultura de las “misses” y la ritualidad carnavalesca en Santa Cruz actúan aquí como dispositivos de capital simbólico, legitimando una fascinación colectiva donde la ostentación y el glamur anestesian cualquier cuestionamiento sobre la persona beneficiada o su entorno.

Acá, no se busca rehabilitar jurídicamente al individuo (en este caso Tatiana Marset), basta con consumir su imagen despojada de densidad crítica, convirtiendo su pasado y sus errores en una simple narrativa de empaque estético y alto rendimiento económico.

Así, la rápida inserción de Tatiana en la red de figuración cruceña valida la hipótesis baudrillardiana de que el código ha reemplazado a la realidad.

En un ecosistema social saturado de imágenes, la gravedad de las imputaciones jurídicas pierde tracción frente al magnetismo de la presencia mediatizada (habida cuenta de su belleza física y sus atractivos de personalidad).

No estamos ante un fenómeno aislado de frivolidad festiva, sino ante el síntoma de un orden social donde, cada vez con mayor fuerza, el espectáculo neutraliza la ética, la moral y las reglas del juego, transformando todo a favor de una constante reproducción de las mercancías visuales.

Renzo Abruzzese es sociólogo