Volver a los partidos


Siempre he sostenido que la forma “partido(s)” es consustancial a la idea de democracia. Y, con algo de optimismo, que no ingenuidad, fui de los que tenían la esperanza de que los problemas del sistema de partidos debían ser solucionados desde el interior del mismo. La propia inercia de sus componentes, así como la aparición de corrientes “antipartidos” —lideradas, curiosamente, por exdirigentes de los propios partidos— fueron dando lugar a remedos de tales, expresiones residuales, sustitutos corporativos y siglas en alquiler.



​Que los partidos “tradicionales” cometieron pecados de gran envergadura —fueron permisivos con la corrupción, degradaron la democracia interna, connivencia con dictaduras, institucionalizaron el cuoteo, etcétera—, por supuesto que sí; pero que, llegado el momento, se la jugaron (la vida de sus militantes, inclusive) por la instauración de la democracia, no tiene discusión.

​Los primeros embates interpelativos señalaban a la “partidocracia” (supuesto monopolio de los partidos respecto a la representación ciudadana). Desde mi óptica, se trata de una falacia: hablar de “monopolio” está relacionado con aquello que se conoce como “partido único”, propio de las dictaduras, sobre todo de las de tinte comunista.

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Dicho denominativo, aceptado acríticamente, contradice la naturaleza misma de la esencia del significante “partido”; es decir, la partícula, no la totalidad (totalitarismo). Y, como en la química, varias partículas interactúan dentro de un sistema democrático para el caso. Por el contrario, en Bolivia llegó a darse una ultrafragmentación —más de 30 en las elecciones de finales de los 70—.

​Así surgieron las agrupaciones ciudadanas, con habilitación en elecciones subnacionales y con la posibilidad de establecer acuerdos con los partidos en las generales. Y, en la misma modalidad, los pueblos indígenas inscritos como tales en el Órgano Electoral.

​Una gran aberración que persiste es el accionar de los llamados “movimientos sociales” que, negando la naturaleza de su ser, suplantaron a los partidos. Los movimientos sociales son grupos de interés que representan a gremios en sus demandas particulares. Cuando devienen en actores político-electorales, dejan de ser aquellos y entran al campo de los partidos: el de la búsqueda o la conservación del poder.

Juan Lechín la tenía clara: no utilizó a la COB para fines electorales; para ello creó un partido, el PRIN. En el primer caso tenía un respaldo absoluto de los trabajadores; en el segundo, obtenía votaciones discretas. Mis respetos.

​Si bien he mencionado varias veces el término “partido(s)” —no encuentro un sinónimo exacto; me pasa lo mismo con “música”—, los que tenemos actualmente —unos más, unos menos— no llegan a cumplir las principales características de su función de representación: la intermediación entre la sociedad civil (grupos de interés incluidos) y el Estado, y la agregación de demandas, además de no presentar, en su desempeño interno, comportamientos orgánicos y democráticos.

Son, como acertadamente se los ha caracterizado, “maquinarias electorales” que se activan para cada periodo proselitista. Y siguen mostrando una tendencia a la volatilidad. Si alguno(s) de su(s) miembro(s) no está de acuerdo con lo que, democráticamente o no, decide el resto, simplemente se margina y prueba a fundar otro.

Es inevitable que dentro de un partido coexistan varias corrientes —disidencias, inclusive—, como también es deseable que, una vez decidida una línea de acción por mayoría, los militantes la sostengan donde corresponda –Legislativo, Ejecutivo, elecciones, debates—.

​La recualificación de la democracia implica una revalorización de la forma “partido”. Esto es un proceso que toma tiempo y no creo que para 2030 pueda alcanzarse algo así, pero, por ejemplo, las reformas a la ley electoral que plantea el TSE pueden contribuir en algo a este propósito.

​Si me permiten definir la democracia interna partidaria, la puedo expresar como: “Las decisiones se toman de forma horizontal, pero, una vez tomadas, se cumplen de forma vertical”.

 

 

Puka Reyesvilla es docente universitario.