Las mujeres que cultivan esperanza sin quemar la selva


Las mujeres pandinas lucen el tipoy con elegancia y coquetería debajo de los hombros.
Las mujeres pandinas lucen el tipoy con elegancia y coquetería debajo de los hombros.

 

Por Erick Ortega Pérez

Jaqueline Álvarez Freire afirma que el tipoy se debe llevar con elegancia y coquetería debajo de los hombros. Es pandina, “amazónica”, aclara. Se apasiona cuando habla de las potencialidades del café y de lo difícil y satisfactorio que es ser mamá. Tiene los ojos azabaches, es pequeña y frágil a la vista, pero su batalla es gigante, pues es jefa de familia y protectora de la selva. Ella y un puñado de mujeres se convierten en una esperanza para la zona y sobre todo son la esperanza económica de sus familias.

Fuente: ABI



La historia de Jaqueline se escribe en la comunidad Santa Fe, en el municipio Porvenir, en el departamento de Pando. Ella es parte de la Asociación Agrointegral, Turística y Ruta del Café Don Peki.

El sueño de ella y su entorno es llevar su producto familiar a mercados internacionales. Este aromático café tostado ya es conocido en Pando; es más, algunas personas viajan hasta la comunidad Santa Fe para disfrutar su sabor que ya le ha hecho fama a la región.

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Jaqueline se emociona al hablar de su café, pero sabe que la vida a veces puede darle sorbos amargos. “Nosotras cumplimos varios roles. El rol de ser madre y de ser productora, de hacer dos tres, cuatro, cinco cosas al mismo tiempo siempre es más difícil para nosotras las mujeres, pero no imposible”, cuenta la mujer de 39 años que es madre de tres hijos varones que son su vida misma.

Una de sus apuestas es el sistema agroforestal de chacos sin quema. Es decir, prefiere no prender fuego a la tierra que ya ha cosechado y trabajar el terreno para una nueva siembra

La otra alternativa, quemar la selva, ha dejado heridas profundas. El Ministerio de Medio Ambiente y Agua informó que en 2024 el fuego convirtió en cenizas 12,6 millones de hectáreas, una superficie superior a la del departamento de La Paz. Se calcula que más de 10 millones de animales murieron de forma directa o indirecta a causa del fuego.

Jaqueline critica esa visión facilista de destruir antes que construir y afirma que en la selva hay heridas que se quedan por siempre.
El bosque también cura

Mariela Bailaba Soqueré es de la comunidad de Río Blanco y ella sabe de esas heridas irreparables de la selva porque fue testigo de la fuerza destructiva del fuego. Su hogar está ubicado a 50 kilómetros de Concepción, en el departamento de Santa Cruz. “Más del 50 por ciento de los árboles se ha quemado en mi comunidad”, se lamenta la mujer de 34 años.

Como ella, ocho mujeres se unieron y crearon la Asociación Las Pioneras. Juntaron sus manos con el objetivo de proteger el bosque y generar oportunidades de trabajo gracias al “árbol de la vida”, el copaibo.

El certificado de nacimiento del árbol de copaibo está en la Chiquitanía y posee bondades curativas extraordinarias.

“El copaibo es un árbol del monte y es medicinal. Su aceite sirve para combatir el resfrío, la sinusitis y muchas enfermedades más. Con el copaibo elaboramos pomadas que se utilizan como analgésico y antiinflamatorio”, cuenta Mariela.

La palabra de Mariela encuentra respaldo en la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura. La entidad publicó en 2023 un artículo titulado Copaiba: el árbol medicinal “milagroso” de Bolivia. En la nota indica que el aceite de este árbol “se utiliza para favorecer la cicatrización de heridas y úlceras y para tratar enfermedades cutáneas graves y crónicas, como la dermatosis y la psoriasis”.

Desde que era niña, ella sabía el recorrido del aceite de copaibo. En principio hay que hacer un agujero en el tronco. El pinchazo deriva en un tubo por el cual fluye el líquido durante unos días. Al final, se coloca un tapón para evitar que el árbol se enferme o sea atacado por bichos. Se requiere de hasta 50 árboles para sumar un litro y el tiempo de cosecha puede ser de hasta un mes.

El copaibo en las manos de Las Pioneras se convierte en pomada, perfume, loción relajante, loción desinflamante, champú y jabón, entre otros productos. Luego, las mujeres salen a las calles a vender estos productos. Así una y otra vez, como en el ciclo de la vida misma.

La tierra que alimenta sin fuego

María del Carmen Humaday ama Pando y sabe que lo que se ama no se puede destruir. Por eso, para ella es imposible pensar en ponerle fuego a las plantas, una vez que se ha recogido la cosecha.

Ella está casada, tiene cinco hijos y una misión: cuidar el suelo que pisa sus pies. “Vengo de la comunidad Gonzalo Moreno, del municipio de Puerto Gonzalo Moreno, en la provincia Madre de Dios, Pando. Tengo 43 años y soy productora de cacao en mi comunidad. Trabajo con Sistemas Agroforestales, es decir sin quemar los chacos”.

Esta es una labor sui generis y a favor del medio ambiente. El primer paso es crear un colchón orgánico. Los árboles y plantas del terreno se cortan y se hace un picado fino del material vegetal que después se deja en el suelo. El tiempo se encarga de convertir esta parte del bosque en abono natural. Así, la materia orgánica se descompone y la tierra vuelve a nutrirse y recupera su fertilidad.

El suelo está disponible para el crecimiento de diversas plantas al mismo tiempo. Hay cultivos rápidos (como el maíz, el frejol, la yuca o el plátano) y también está el manjar de María del Carmen: el cacao.

En el chaco quemado el terreno está disponible en semanas; pero la tierra ha firmado una lenta sentencia de muerte debido a la falta de nutrientes y materia orgánica. Sin utilizar fuego, el terreno puede tardar más en ofrecer resultados; pero este sistema pretende conservar la fertilidad del suelo y sostener la producción a largo plazo.

Quizás lo más complicado de este proceso es el deshierbe selectivo, explica María del Carmen. “Tenemos que sacar del sistema las espinas, los bejucos, todo lo que no sirva. Entonces la regeneración natural trabaja mucho en los chacos sin quema. Nacen las especies nativas del lugar y la naturaleza nos ayuda a que nuestros chacos sean más rentables”, dice la mujer amazónica.

Ella es lideresa de su comunidad y comparte sus conocimientos sobre el medio ambiente en su comunidad. “El ejemplo es mi forma de enseñar a mi entorno, a mis vecinos productores para que sepan que esta es una forma que tenemos para cuidar la tierra.

No queremos morir de hambre y por eso le damos vida a nuestro territorio”, sentencia la mujer que gusta de usar saraza, un vestido delgado con flores estampadas.

En el pasado, la forma más común de trabajo era con los monocultivos; pero María del Carmen apuesta por una diversificación de la propuesta que nace en la tierra. Afirma con orgullo: “Si no cambiamos nuestra forma de cultivar, de cuidar la tierra, no va a haber dónde cultivar más adelante”.

La experiencia del chaco sin quemas es una propuesta que María del Carmen sacó de su chaco y la expandió en otros escenarios. Fue a conversar sobre su trabajo en cultivos en Colombia, Ecuador y Perú. Allá otras mujeres con sus propias sarasas y experiencias replican la idea.

Cuando las mujeres no tienen voz

La defensa del bosque no es su única batalla. En sus comunidades, muchas de estas mujeres también deben abrirse espacio en las decisiones familiares y colectivas, en ambientes donde su voz aún es débil.

Claudia Laura Orellana Matos es presidenta de la Organización de Mujeres Indígenas Chiquitanas y recuerda que en el pasado existía una premisa: “Nos decían que las mujeres tenían que tener 12 hijos, como los apóstoles”. Hoy las mujeres defienden sus derechos, más allá de la reproducción.

Muchas cosas han cambiado con el paso del tiempo, por ejemplo ahora hay más mujeres que luchan por sus derechos. Y, en palabras de Claudia, no es fácil. “Muchas veces las dirigentes somos mal vistas o bien algunas personas hacen todo lo posible por hacernos quedar mal y dicen que no hacemos bien nuestro trabajo. A veces no nos dan importancia y no saben lo difícil que es dirigir y ser mamás”, indica la mujer que es madre de un niño y una niña.

Justamente cuando se embarazó de su hija, Claudia tuvo que dejar la dirigencia y volvió a ejercer cuando la niña tenía ocho meses de edad.

A diario tiene varios frentes de batalla. En el último tiempo está preocupada por el reconocimiento de la medicina tradicional en sus comunidades. “Recién hubo un problema, una señorita que tenía dolores se sobó la barriga con un menjunje y llegó al hospital donde le dijeron que por frotarse con el menjunje había perdido a su hijo”, relata Claudia quien también trabaja la tierra para vivir.

Además de ser productora y dirigente, ella también tiene un lado artístico. “Hacemos artesanías, pinturas en tela y en tipoys. Manillas, aritos, collarcitos, todo hacemos”, refiere. Eso sí, afirma que su producto estrella es el café que produce junto con su mamá.

A ella le gusta hablar y le gusta que le hablen las mujeres, que le cuenten qué les pasa. “Hay compañeras que no dicen una palabra.

Cuando llegamos a las comunidades y les preguntamos cómo están, no responden nada. No dicen nada, especialmente cuando fueron violentadas. Hay lugares y asambleas donde el hombre decide y habla por toda la comunidad. Y ellas solamente tienen que aceptar lo que se decida y esperar”, explica la ignaciana.

Ellas viven en terrenos donde deben hacer magia para sobrevivir. “Hay mujeres que tienen maridos los cuales se van por meses a las estancias a trabajar y ellas tienen que esperar el sueldo que les va a llegar. Esperan dos, tres meses el sueldo hasta que vienen ellos con unos cuantos kilos de arroz y ellas tienen que hacer alcanzar”. Por necesidad se convirtieron en expertas para cultivar yuca, maíz y criar pollos. “Imagínese si hay algunas otras necesidades, por ejemplo medicamentos, entonces qué hacen, qué hacemos”, reflexiona.

Del aceite de cusi a los sueños propios

Cuando tenía 16 años Wendy Flores Yrayigra aprendió lo que era trabajar lejos de su hogar. Trabajaba ambulando, llegaba a la ciudad a vender aceite de cusi. “Los fines de semana iba a La Ramada, al mercado Mutualista, a Los Pozos. Viajaba los viernes y estaba sábado y domingo hasta que regresaba a casa. Eran días largos y cansadores porque yo andaba con mi mochila en mi espalda, mis productos en mi espalda, y mi canastilla en mis brazos. Estaba muy cargada porque era pesado el producto”, recuerda la mujer que hoy tiene 40 años.

Eran tiempos en los que también se animaba a ir a las ferias y los aniversarios de los pueblos. Wendy viajó a Concepción, San Ignacio e incluso llegó hasta San Matías, al borde del mapa de Bolivia colindando con Brasil.

Los recuerdos no se le borran, ni los nombres de quienes le ayudaron en sus años juveniles. “Un día aprendí a hacer champú de cusi. La señora Margarita Chuma, que en paz descanse, me invitó para que yo sea partícipe de una capacitación, me dijo: ‘Eh vení, aprendé, sos joven. Vos sabés leer y escribir, nosotros no sabemos’”, rememora la mujer nacida en Yotaú, municipio El Puente, provincia Guarayos.

Entonces fue por más y decidió sacar un crédito bancario. “Le dije a mi esposo: ‘Si yo vendo aceite, ¿por qué no puedo implementar champú más?’”. Se puso a ensayar con el cusi y diferentes productos. Compró envases e insumos en la Ciudad de los Anillos, después puso manos a la obra.

Su esposo es técnico forestal y le dio todo el apoyo para continuar trabajando con el cusi. Así, ambos sacaron adelante a su hogar que cuenta con cuatro hijos. La mayor es profesora en San Matías, el segundo es maestro de música en Ascensión de Guarayos y el tercero estudia Ingeniería Agropecuaria en Camiri, la última recién salió bachiller.

Afirma que ha hecho camino al andar y no se detiene, sigue andando. Ya no vende solo aceite de cusi; hoy ofrece champú y crema. Además suelen tocar a su puerta para hacerle encargos desde la ciudad y de otros poblados. Ella continúa con su venta, llevando sus productos hasta donde le solicitan.

Las cinco mujeres coincidieron en Expocruz 2026 como parte del proyecto Lidera, una iniciativa implementada por Cipca Santa Cruz, con el apoyo de Oxfam y el financiamiento de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo. El proyecto acompaña experiencias de liderazgo comunitario, emprendimientos productivos y acciones que buscan fortalecer la participación de las mujeres y el cuidado de sus territorios en la Chiquitanía Amazónica.

En el stand fue posible encontrar el café de Jaqueline, los ungüentos de copaibo de Mariela, el chocolate de cacao de María del Carmen, los collares de Claudia y el champú de cusi de Wendy. Ellas con sus manos son las defensoras de sus derechos y del cuidado de la naturaleza.

Por Erick Ortega

Fuente: ABI