Bajo este curioso término, que hemos utilizado para rotular la presente entrega, se esconde un curioso neologismo introducido a nuestro lenguaje por el Tío Sam, para imponer restricciones de visado a más de una cuarentena de funcionarios bolivianos. Jueces de provincia, fiscales de turno, legisladores de reparto y algún uniformado menor, fueron elegidos para sufrir el peor de los castigos imperiales: la cancelación de su sagrado e ineludible viaje de compras a Miami o su derecho a fotografiarse junto al Pato Donald (no Trump) o al Ratón Mickey en Orlando.
Esta cruzada contra el narcotráfico y la corrupción parece haber alcanzado su pináculo moral. Washington, en un derroche de rigurosidad burocrática, ha peinado el árbol de nuestro Estado Plurinacional para arrancar las hojas secas del escalafón medio e inferior. Sin embargo, al revisar la memorable nómina de proscritos, no podemos más que maravillarnos ante el prodigio de la diplomacia norteamericana, capaz de exhibir una ceguera tan selectiva que roza lo místico. En este selecto club del oprobio migratorio brilla por su total y absoluta ausencia el mismísimo patriarca chapareño del “proceso de cambio» y toda su corte de capitostes, que cogobernó y saqueó al país por cerca de un cuarto de siglo.
Es un verdadero alivio saber que, para los meticulosos analistas de Washington, los veinte años en los que se despilfarraron más de 100 mil millones de dólares provenientes de la bonanza gasífera no merecen una triste revocación de visa B-1 o B-2. Aquellos tiempos dorados que consolidaron al Chapare como el corazón inexpugnable de la producción de coca excedentaria, mientras Zares antidrogas y jerarcas policiales del régimen terminaban misteriosamente extraditados o encarcelados en prisiones estadounidenses, deben haber sido simplemente un espejismo estadístico. Para el Departamento de Estado, el festín de las barcazas chinas, los taladros inexistentes, el Fondo Indígena y/o la danza de contratos directos a empresas amigas fueron simples travesuras administrativas que no califican para el riguroso filtro del puritanismo norteamericano.
La ironía se cuenta sola: mientras el país se hunde en una crisis de divisas y combustible, la gran sanción moral de la temporada consiste en prohibirle la entrada a los Estados Unidos a personajes que, en muchos casos, apenas conocen el aeropuerto de Viru Viru.
El mensaje de Washington es cristalino y pedagógico: si usted es un fiscal de rango medio que transa con el narco de turno o un juez de provincia que tuerce la ley por un puñado de dólares, tiemble ante el castigo divino de quedarse sin vacaciones en Disney.
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Sin embargo, si usted lideró un aparato gubernamental que administró la mayor cantidad de recursos en la historia de Bolivia, multiplicó las hectáreas de coca excedentaria y prohijó un sistema judicial a su entera medida, puede dormir tranquilo. Sus privilegios migratorios permanecerán intactos, consagrando la máxima de que la justicia internacional, al igual que la criolla, sólo muerde a los descalzos y a los mandos medios que pasarán al honroso sitial de Los Desvisados.
Álvaro Riveros Tejada
