Cuando el Ayllu (mal llamado economía informal) salva a Bolivia en la crisis


Bolivia atraviesa una crisis económica que pone en evidencia las limitaciones de su organización económica y de sus instituciones. Frente a la escasez de divisas, las dificultades de abastecimiento, la pérdida de capacidad adquisitiva y el debilitamiento de los mecanismos estatales de regulación, existe una realidad que continúa movilizando mercancías, trabajo, intercambios y recursos: aquella que los economistas y las instituciones suelen denominar «economía informal». Pero ¿estamos realmente ante una economía informal? ¿No estaremos utilizando una categoría que impide comprender la estructura económica que sostiene una parte fundamental de la actividad del país?

Es necesario distinguir dos cuestiones. En numerosos países existe economía informal sin que haya existido jamás una estructura económica como el Ayllu. Allí, la informalidad designa actividades que se desarrollan fuera o al margen de determinadas regulaciones estatales, laborales y fiscales. Es un fenómeno económico que puede aparecer en diferentes sociedades y bajo distintas formas de organización.

En Bolivia, sin embargo, el problema es diferente. El Ayllu no es una economía informal, ni una supervivencia del pasado, ni una anomalía que deba desaparecer con la modernización. Es una estructura histórica con una lógica económica propia: la rivalidad. Sus relaciones de posesión, organización familiar, reciprocidad, trabajo y reproducción colectiva no pueden reducirse a las categorías convencionales de la economía capitalista. El Ayllu forma parte de la heterogeneidad estructural de la máquina económica boliviana, junto con otras estructuras que tienen sus propias lógicas de funcionamiento.



Por supuesto, en el Ayllu contemporáneo existen actividades que el Estado clasifica como informales. Pero una cosa es el fenómeno y otra la estructura que lo contiene. Confundir ambas conduce a un error de interpretación: se termina calificando como informal una realidad económica que posee organización, reglas, mecanismos de reproducción y capacidad de articulación con el mercado.

Aquí aparece una paradoja boliviana. Mientras una parte importante de los economistas observa la informalidad como un problema que debe corregirse, reducirse o eliminarse, esa misma realidad mantiene activos los circuitos de producción, comercio, distribución, transporte y circulación de mercancías. Se suele atribuir a la economía informal alrededor del 80 % de la actividad económica o del empleo, aunque estas magnitudes dependen de los indicadores utilizados. Lo fundamental es que no estamos hablando de un fenómeno marginal.

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En momentos de crisis, cuando los mecanismos oficiales pierden capacidad de respuesta, las redes comerciales, familiares y productivas continúan funcionando. Los actores movilizan recursos, encuentran proveedores, reorganizan intercambios, buscan mercados y mantienen la circulación. No esperan necesariamente que el Estado resuelva sus problemas para actuar. Esta capacidad de adaptación y reproducción constituye una parte decisiva de la resistencia económica boliviana.

¿Significa esto que debemos idealizar todas las prácticas informales? De ninguna manera. Existen explotación, desigualdad, contrabando, evasión y relaciones de subordinación. Pero tampoco podemos condenar indiscriminadamente una estructura económica por los fenómenos negativos que aparecen en su interior.

El problema está también en la mirada de los economistas. Se analiza Bolivia desde modelos que presuponen una economía homogénea, donde el mercado, la empresa y el Estado deberían funcionar según reglas uniformes. Sin embargo, la máquina económica boliviana es heterogénea: en ella coexisten, se articulan y entran en fricción diferentes estructuras y lógicas de reproducción.

Por eso, la tarea no consiste simplemente en formalizar lo informal. Consiste en comprender cómo funciona realmente la economía, reconocer sus estructuras y analizar sus mecanismos de reproducción. No se puede transformar aquello que no se comprende. Quizás la crisis actual nos obliga a invertir nuestra perspectiva: en lugar de preguntar cuándo desaparecerá la informalidad, debemos preguntarnos qué hace posible que la economía boliviana continúe funcionando a pesar de las insuficiencias de sus instituciones.

El Ayllu, mal llamado economía informal, no es un obstáculo que Bolivia deba eliminar. Es parte de una estructura económica que mantiene activa una porción decisiva del país. Reconocerlo no significa renunciar a transformar la economía; significa comenzar por comprenderla.

 

 

Fernando Untoja Choque