El puente de los dos mundos


El puente de los dos mundos

 

Cada 1 de noviembre, a mediodía, el aire de Bolivia cambia de textura y se vuelve un puente invisible. Desde los picos y desfiladeros del altiplano hasta los valles templados, las tierras bajas del Chaco y los densos bosques de la Amazonía, los nueve departamentos se detienen al mismo tiempo para abrir una puerta al reencuentro.

Las almas no regresan como sombras aterrorizadoras; vuelven con la urgencia de los caminantes que extrañan el hogar. En La Paz y Oruro, las mesas se cubren con manteles de misterio, cargadas de t’antawawas con rostros de estuco, escaleras de masa para trepar desde el fondo de los siglos y cañas de azúcar que sirven de báculos para el largo viaje por la puna. En la histórica Potosí, los hogares recuerdan a sus ausentes entre rezos, pasankallas y delicias horneadas que desafían el frío de la altitud.



En Cochabamba y Chuquisaca, los hornos de barro no han descansado en días, tostando maíces, horneando t’antawawas y empanadas que esperan junto al vaso humeante de tojorí, chocolate o chicha. Más al sur, en Tarija, los difuntos son recibidos entre el murmullo de coplas tradicionales, rosas pasas, vino de la tierra y mesas repletas de rosquetes y masitas.

Mientras tanto, en el oriente y el norte profundo, Santa Cruz, Beni y Pando honran la memoria bajo la sombra de los tajibos y los castañales. En Santa Cruz, las mesas se llenan de horneados cruceños y chicha de maíz; en Beni, el olor a manjar blanco y frutas silvestres evoca a los abuelos que navegaron los ríos; y en Pando, el crujido de las almendras de la selva y el aroma del cacao fresco acompañan las historias contadas a la sombra de la galería.

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A las dos de la tarde, cuando las campanas rompen el silencio del mediodía, las puertas de las casas en toda Bolivia quedan deliberadamente entreabiertas.
En ese instante exacto, más allá de cualquier frontera o creencia, se cumple un profundo acto de reconocimiento y gratitud hacia nuestros ancestros: volver la mirada a quienes nos antecedieron, agradecerles por el camino labrado, por la sangre heredada y por la raíz que nos sostiene. Es el milagro cotidiano del realismo mágico boliviano donde la llama de las velas se estira sin viento, un aroma a flores frescas cruza la sala y el murmullo de la memoria colectiva se vuelve palpable.

No hace falta verlos. Se les siente en el calor de la bebida que se comparte con los vecinos, en el rezo entonado entre lágrimas y sonrisas, y en la certeza íntima de que en esta tierra los muertos nunca se van del todo; solo se sientan a la mesa a recordarnos quiénes somos y de dónde venimos.

Ramiro Sánchez Morales