El Movimiento al Socialismo (MAS) ha acholado la política nacional. La ha cholificado totalmente. Veinte años de mal gobierno han sido suficientes para que la política se convierta en oficio de barriobajeros, de sujetos vulgares, corruptos sin medida. Pensábamos que esa era una plaga pasajera, de los Evos y los Quintanas, de los Choquehuencas, Lineras y los Zaconetas; pero no, ahora nos damos cuenta de que el masismo fundió, como quería, a la República, y nos dejó un Estado Plurinacional que filtra cholaje por todos lados. Es algo imparable y ese era el propósito del MAS.
Ahora no se puede mencionar eso de cholo, porque el nuevo espíritu, creado por los holocaustos de la última guerra y posguerra mundial, te señalan que el racismo no ha desaparecido en el mundo. Y tienen razón, porque el racismo es algo criminal, imperdonable, como se ha visto a lo largo de la historia. Pero, el cholo del que hablamos, la acholada política en Bolivia, no tiene nada que ver con el mestizaje del blanco con el indio, porque no se me ocurriría decir semejante cosa.
Ya no recuerdo ni voy a recurrir a leer Pueblo Enfermo, para escribir una nota de prensa. Pero Arguedas iba directamente sobre el mestizo y el indio, a quienes atribuía que existiera una Bolivia que padecía de una enfermedad moral, que producía seres inmorales. Ahí se podía ver racismo. Ese era, según Arguedas, el aspecto clave en un país díscolo, corrupto, desleal, acomplejado, que no podía tener futuro.
Cuando me refiero a la política acholada, no quiero decir que los cholos, por ser mezcla de blanco e indio, sean culpables de nuestros males. No es así. Creo, como muchos bolivianos, que el cholaje no es algo solamente racial, sino fundamentalmente un asunto de conducta, de comportamiento. De ahí que yo, empeñoso columnista sin títulos académicos, tengo la osadía de discrepar con la sabiduría de Arguedas. ¿Por qué? Porque el cholo no es solamente el moreno de apellido indígena. Ese es un error, debido a que los realmente peligrosos y que abundan en nuestro país, son los cholos blancos, los cholos rubios, los vestidos a la occidental, los que hablan inglés, y que, resentidos sociales, de una banalidad inaudita en su lenguaje, quieren la “revolución” política, social, económica, ecológica; la “revolución” que sea y que les permita llegar a puestos de poder, burlando al ahora languideciente establishment, que no les daría una cabida fácil.
Ese ha sido el acholamiento que ha empujado y que nos ha dejado como herencia el MAS. Cholos no solo de piel, sino de alma. Y asimismo esos cholos encorbatados, los que pinta tan bien Enrique Finot en El cholo Portales y Armando Chirveches en La candidatura de Rojas, son los que se han reproducido como conejos en Bolivia.
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Hagamos abstracción del Poder Ejecutivo o Judicial y centrémonos en el Legislativo, para indagar sobre la herencia masista. Si comparamos los parlamentarios de las legislaturas que vienen desde el 2005 con la última, veremos que las primeras contaban con muchos más ciudadanos de apellidos indígenas y vestidos a la usanza de sus ayllus, que la actual, más blancona y menos disfrazada. Pero que se ha contagiado rápidamente de los virus vivientes que dejó el MAS, y que, ahora, tiraron a un lado la corbata, el saco, y volvieron a las trampas, las triquiñuelas, las trifulcas, y el vocabulario soez.
Ahí tenemos a un tipo de apellido Castro, diputado sin ninguna vergüenza, que no hubiera superado ni la primera exigencia del otrora establishment. Contagiado por la peste masista, ha hecho lo mismo que ellos, es decir, tomar actitud de matoncito gritón en mangas de camisa, rodearse de los suyos chillando su nombre, autoproclamarse presidente de la Cámara y mandarse a mudar con la actitud de un dictador.
¿Y qué sucede en diagonal del Congreso? La peste masista en la Cancillería es inenarrable. De pies a cabeza. Ahí se ha juntado el evismo y arcismo más pegajosos. Y este gobierno, incapaz en tantas cosas, no le ha dado la menor importancia a la diplomacia y nos hemos quedado con el dicho (porque no es más que una ocurrencia con alardes de proverbio) de “Bolivia al mundo y el mundo a Bolivia”. Ni lo uno ni lo otro. Aquí no se hace lo que se debe hacer cuando sabemos que vienen tiempos turbulentos que son inevitables. Con la inamovible plebe diplomática enquistada en la vieja casona, sin siquiera tener embajadores acreditados, Bolivia no va a ir a ninguna parte que no sea al carajo.
