La irrupción de la tecnología algorítmica y los lenguajes sofisticados de la inteligencia artificial suponen un quiebre definitivo de las mediaciones corporativas del poder, tanto en Bolivia como en cualquier país capitalista de Occidente.
Muchos creen que el desarrollo de una sociedad algorítmica representa la culminación del capitalismo clásico. De hecho, el fenómeno que presenciamos no constituye un mero cambio tecnológico ni una simple aceleración en la difusión de dispositivos digitales; asistimos a una reconfiguración estructural del capitalismo tardío bajo la modalidad del capitalismo de vigilancia.
Shoshana Zuboff ha teorizado con lucidez cómo esta fase de la acumulación despoja a la experiencia humana para convertirla en materia prima algorítmica. La conducta, los afectos, las inclinaciones de consumo, los lugares preferidos, las amistades más frecuentes, nuestras dolencias, nuestras capacidades de ahorro y las decisiones políticas que tomemos son extraídas, procesadas y traducidas en productos de predicción. La gran mercancía hoy se llama precisamente productos de predicción.
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La antigua centralidad del trabajo obrero y la fuerza muscular que definió la producción de valor durante el siglo XX cede su lugar al procesamiento masivo de datos (macrodatos). Los nuevos centros de producción tecno-virtual no requieren multitudes hacinadas en fábricas, no forman sindicatos, no apelan al Manifiesto Comunista ni precisan de los aparatos partidarios o ideológicos tradicionales para estructurar hegemonía y desplegar su propio poder.
En Bolivia, la penetración de esta infraestructura es abrumadora: datos del INE revelan que el 95,2 % de la población urbana y el 81,5 % de la población rural poseen un celular inteligente. Esta cobertura convierte a casi la totalidad del tejido social boliviano en nodo activo de la extracción algorítmica.
El poder, que históricamente se construyó a través de las mediaciones corporativas, los pactos sindicales y la movilización callejera de lo nacional-popular, de los grandes discursos del siglo XX (capitalismo, socialismo, fascismo, etcétera) migra de forma acelerada hacia las capacidades tecnológicas de articulación ciberpolítica y cibereconómica.
La interrogante central es si la sociedad boliviana posee conciencia crítica de este desplazamiento o si ingresa de manera ciega a la gubernamentalidad algorítmica. La ciberpolítica opera desmantelando los espacios tradicionales de deliberación para instalar la segmentación y la modulación de la conducta en tiempo real.
Videos filtrados, conversaciones hiperreservadas hechas públicas, romances, chantajes, amenazas y hasta planes de gobierno están hoy en las redes sociales que son, a no dudarlo, el escenario preferencial de la política y la vida social.
Frente a esta mutación, la ilusión de estar hiperconectados oculta la vulnerabilidad de estar expuestos a nuevas formas de dominación sutiles pero absolutas, y además la forma obsoleta en que nuestros políticos apelan a todos los recursos tácticos y discursivos propios del siglo XX.
Renzo Abruzzese es sociólogo.
