Veinte años de lucha intelectual
¿Cómo es posible que una categoría que llegó a organizar el discurso político, académico y estatal de Bolivia comience a perder presencia en el lenguaje público, mientras continúa inscrita en la Constitución? Esta pregunta resume una polémica que no es reciente y que merece ser examinada más allá de las coyunturas políticas.
Durante casi dos décadas, desde la llegada del MAS y de Evo Morales al poder, las palabras “indígena”, “originario” y “campesino” ocuparon un lugar central en el discurso público. Los medios de comunicación, las universidades, las organizaciones sociales y buena parte de los intelectuales incorporaron ese vocabulario como si nombrara una realidad homogénea y evidente. Álvaro García Linera contribuyó a darle una arquitectura intelectual y política a ese discurso, que terminó convirtiéndose también en lenguaje de Estado.
Mi crítica, sostenida durante estos años, nunca estuvo dirigida contra los pueblos aymara y quechua, ni contra sus historias, sus lenguas o sus formas de organización. La polémica se dirigió contra la operación ideológica que los reunía bajo una categoría general: “indígena”. No estamos ante una simple diferencia de palabras. Aymara y quechua son nombres que remiten a colectividades históricas concretas, con memorias, territorios, lenguas y formas propias de organización. “Indígena”, en cambio, funciona como una categoría agregadora, cuya extensión depende de definiciones políticas, jurídicas e institucionales.
Nombrar no es una operación inocente. Una categoría puede describir una realidad, pero también puede reorganizarla y producir un sujeto político. Cuando una denominación general se presenta como identidad histórica común, las diferencias entre pueblos, trayectorias y formas de vida quedan subordinadas a una representación construida desde el discurso institucional. Ese fue uno de los núcleos de mi crítica al indigenismo y al indianismo: no reconocer lo propio en su diversidad, sino sustituirlo por una identidad política que podía ser administrada, representada y movilizada.
=> Recibir por Whatsapp las noticias destacadas
Hoy observo señales de un desplazamiento. En ciertos espacios de comunicación y en intervenciones de actores políticos que antes recurrían habitualmente al vocabulario indigenista, las referencias a lo aymara y lo quechua parecen ganar terreno, mientras “indígena” pierde parte de su centralidad. Durante los bloqueos y conflictos recientes, por ejemplo, advertí que en numerosas intervenciones públicas se hablaba más de aymaras y quechuas que de indígenas. También he escuchado a antiguos portavoces de ese lenguaje formular argumentos que se aproximan a algunas de las críticas que sostuvimos durante años.
Estas observaciones no permiten afirmar que el indigenismo haya desaparecido. Sería apresurado convertir indicios en una conclusión definitiva. Pero sí permiten plantear una pregunta: ¿estamos ante un cambio en el lenguaje político, ante el agotamiento de una representación o ante una adaptación de la misma ideología a nuevas circunstancias? La respuesta exige revisar discursos, entrevistas, publicaciones, programas de radio y televisión, intervenciones en redes sociales y, sobre todo, las réplicas que esta polémica seguramente provocará.
Hay, además, una paradoja que no podemos dejar de lado. Aunque la categoría parece perder presencia en determinados espacios del discurso público, permanece reiteradamente inscrita en la Constitución Política del Estado de 2009. En ese sentido, la Constitución conserva expresiones y categorías que pueden haber perdido parte de su fuerza en la realidad política y social. De ahí mi imagen de una “Constitución llena de fantasmas”: no porque los pueblos hayan desaparecido, sino porque ciertas representaciones ideológicas pueden sobrevivir en el texto jurídico aun cuando su capacidad de organizar el discurso público comienza a debilitarse.
La discusión que propongo no es, por tanto, un balance personal ni una proclamación de victoria. Es la reconstrucción de una lucha intelectual y de sus efectos, todavía abiertos. Bolivia necesita pensar sus realidades históricas concretas, reconocer la diversidad de sus pueblos y discutir las categorías con las que se organiza el poder. Cuando se nombra mal, se termina pensando mal; y cuando se piensa mal, se corre el riesgo de convertir una representación ideológica en destino político.
Fernando Untoja Choque
