El debate constituye la savia y la esencia de la democracia. Nos permite clarificar y comprender adecuadamente las propuestas de los candidatos a determinado cargo, proceso que puede desembocar en un rechazo o en un respaldo como producto de una decantación y asimilación consciente.
Por su mismo carácter, el debate no siempre es aceptado por algunos actores políticos que si bien participan en los procesos que establece un sistema democrático, en realidad no asumen la totalidad de sus términos y utilizan sus resquicios para socavarlo. Como parte de su táctica política participan y utilizan los mecanismos de la democracia pero su objetivo estratégico es destruirla.
“Venceréis pero no convenceréis” les dijo Miguel de Unamuno a los jefes de militares que se alzaron contra la república española iniciando una cruenta guerra civil que tuvo como correlato la instauración de un régimen despótico encabezado por Francisco Franco y que duró 35 años.
El criterio del MAS y de sus candidatos, salvando las distancias, es idéntico al de los generales franquistas: quieren vencer y no convencer. Por ello recurren a todo tipo de argumentos para rehuir a un debate, incluyendo los más absurdos.
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Suena capcioso que Alvaro García se refiera a la “capacidad moral” de sus adversarios políticos y diga que no debatirá con un “reo” como Leopoldo Fernández o con «genocidas» como Manfred, olvidando que tanto Evo, como dirigente cocalero y él mismo como exterrorista tienen cuentas por saldar, además de las decenas de muertos en su gestión gubernamental, de las que ambos son políticamente responsables.
Por tales antecedentes que son ampliamente conocidos, el vicepresidente no es precisamente la persona más indicada para cuestionar la capacidad moral de nadie y menos aún intentar descalificar a una persona por su supuesta condición de “reo”.
Por tanto queda claro que debiera aguzar algo más su “inteligencia” para pergeñar algún otro pretexto menos fútil para exponer y debatir el programa político que dicen tener y al que le atribuyen la suma de las virtudes. La oportunidad podría ser propicia para desnudar las debilidades y falencias de una oposición que según dicen ellos va a contramano de la historia.
Las deficiencias en la formación de Evo Morales son evidentes pero sería muy arriesgado decir que por este motivo no podría hacer un buen papel en un debate. Finalmente tiene mas de 20 años de experiencia política en los ámbitos sindical y parlamentario que le podrían permitir subsanar sus debilidades intelectuales, además de una lengua afilada que difícilmente encontraría competidor.
Por tanto la cosa va por otro lado y se dirige más a la ausencia de un programa de gobierno coherente y por sobre todo racional. Hasta ahora el MAS se ha dedicado a regalar bonos y vender ilusiones disfrazadas bajo un discurso aparentemente igualitario y reivindicativo.
Se trata también de una cuestión de principios. El debate no va con el talante autoritario que caracteriza al binomio palaciego y al MAS. En los hechos, así hablen de una “democracia participativa”, las masas urbanas e indígenas están solo para escuchar y echar vítores al “jefazo” en las proclamaciones. No es necesario que comprendan o entiendan nada, por el contrario, mientras menos entiendan o se informen de la realidad mucho mejor para los gobernantes de turno.
Dentro de esta concepción naturalmente las explicaciones, la confrontación de ideas y de propuestas viene sobrando. Esa es la verdadera razón por la que Evo y Álvaro eluden un debate esclarecedor. Prefieren conversar con el espejo.