Carlos Federico Valverde BravoSe reunieron las altas autoridades del Estado en todos sus niveles; se habló de seguridad, de presupuestos, se habló de dinero, de inversiones y no se dijo casi nada de la tremenda inseguridad en la que vivimos los bolivianos en todas partes del país. Vivimos ya no una ola o un pico alto de violencia, sino una constante que se repite; ya no da para considerar esto como una excepción, sino como una norma a la que los ciudadanos debemos resignarnos. Ya no se trata de cuánto prometieron ni cuánto incumplieron las diferentes instancias de poder estatal, se trata de que todo lo que se ha hecho no ha respondido más que como una cataplasma, que calma el dolor y baja la hinchazón, pero que en ningún caso cura una enfermedad, como la que tenemos nosotros, que es una enfermedad en el cuerpo social.No sé si a alguien le sirve que le digan que ‘los índices’ de delincuencia en el país se mantienen entre los más bajos de la zona, porque resulta que la gente no sale con índices a la calle y que estos son casuísticos, de manera tal que, en determinado momento, cualquier persona puede ser atacada en la calle, asaltada, violada o, lo que es peor, herida en un ajuste de cuentas. En Bolivia se probó de todo, nos apabullaron con nombres rimbombantes, muy propios del momento político (se me ocurre Chachapuma) y, a decir verdad, solo sirvieron para desvelar a los camarógrafos de TV y a los periodistas gráficos. Los planes fueron solo buenas intenciones porque, al no ser sostenibles, simplemente actuaron en sensaciones, no de seguridad, sino de bronca de la gente, que sabe que esto no se soluciona de esa manera.La seguridad ciudadana, para ser tal, precisa una estrategia sostenible; los movimientos de policías (televisados o no) son momentáneos y no se trata de que no sirvan, pero no solucionan el problema. Seguridad no se hace con propaganda, se hace con información y educación e involucrando a los ciudadanos, pero para que estos decidan involucrarse (cambio de hábitos, obediencia a la ley, buenas prácticas vecinales) primero deben confiar en sus autoridades encargadas de seguridad. Y eso no lo hace la plata, las motos o los helicópteros; lo hace la actitud de los encargados de darnos seguridad, la muestra de cambio desde arriba.El Deber – Santa Cruz