¿El último tigrecito?


MANFRED-2Manfredo Kempff SuárezEn el departamento de Santa Cruz hay muchos jaguares todavía. Menos mal, porque en una época fueron diezmados, a tiro limpio, por el valor de su piel. Pero en la ciudad existe, aunque parezca increíble, uno que trajina entre el Octavo Anillo y la G-77 y en los linderos de Clara Arena. Este tigre (así les llamamos los cruceños) se campea a su aire más o menos a unos 13 kilómetros de la plaza principal y no han podido capturarlo hasta ahora, pese a que está provocando miedo entre la gente que vive en la zona y que no entiende cómo cualquier día puede encontrarse con el tigre echado en su patio. Lo que no saben esas personas es que este gato grande rara vez ataca a los humanos.El tigre husmea por esos trechos de la pampa de Viru Viru desde hace más de tres años. Por supuesto que durante esos más de tres años ha tenido que alimentarse de carne fresca y beber agua. Entonces tuvo que comerse cuanto chivo o ternero se le ha cruzado en por camino. Devoró perros, además de alguna hurina, jochi o tatú, de nuestra fauna grigotana, que salen a buscarse la vida cuando anochece, sin pensar encontrarse con semejante enemigo. La gente del lugar se dio cuenta de la presencia del tigre justamente porque desaparecían sus chivos, terneros o perros y solo encontraban sus osamentas. No existía abigeato entonces, sino un diablo nocturno depredador.Yandery Kempff, experta responsable en el tema, dice que la Gobernación desea capturar al felino pero sin hacerle daño. Es decir que habría que atraparlo, si es posible, y llevarlo a su hábitat donde se lo debería liberar. Hay que hacerlo, porque en el lugar donde está no va a quedar ni un solo mamífero del monte, debido a que el progreso del que nos ufanamos no se detiene y ya están tumbando árboles para la carretera alternativa Santa Cruz-Warnes. Además, se encuentra en mesa el gigantesco proyecto urbanístico Nueva Santa Cruz, que se asentará en esos lugares.Según Yandery, hasta hace tres años, hubo nada menos que cuatro tigres en las goteras de nuestra ciudad. Una tigresa con dos cachorros y un macho. La madre y los dos hijos se fueron a la selva, a su mundo, molestos por el ruido de las máquinas seguramente, y se quedó el macho, a quien habría que bautizarlo con algún nombre heroico. Se trata, sin duda, del último tigre que merodea por la vieja ciudad. Dice la tradición, que hace un siglo o más, apareció uno de estos pintados por el cementerio y que los deudos del entierro huyeron despavoridos, dejando cajón y difunto tirados en el suelo.