Linchamiento en Palacio

Editorial de El Nuevo Día.

La humillación de un periodista en el Palacio de Gobierno y el linchamiento de varios sospechosos de robo en Achacachi son casos idénticos. La diferencia está en la sangre que corrió entre esas desdichadas personas que cayeron en manos de turbas alcoholizadas que cumplían con un barbárico ritual que el MAS llama “justicia comunitaria”.

El Presidente hizo lo mismo con el periodista Raphael Ramírez. Lo acusó de mentir, lo juzgó y lo ejecutó públicamente sin derecho a la defensa, justamente como se procede en la justicia comunitaria, para desatar el aplauso de los presentes. La furia de Evo Morales, que por momentos se hizo ver como un energúmeno, le puso el condimento enfervorizador que debe tener un acto de esta naturaleza.



El hecho de que Ramírez sea periodista es irrelevante, porque antes que nada es un ciudadano boliviano que merece un trato digno en cualquier circunstancia. En el caso del presidente Morales, su investidura no le otorga el derecho a hacer semejante despliegue de prepotencia, por más que él considere que ha sido víctima de un agravio. Existen procedimientos legales que lo amparan para hacer valer sus derechos supuestamente vulnerados, en el marco del Estado de derecho y los principios democráticos. Pero no hay duda que el Presidente aún se niega a asumir su papel de estadista y en cada caso deja fluir su vena de sindicalista y como tal, apela a este tipo de actitudes de intolerancia.

La inédita canallada cometida contra el periodista Ramírez es aún más censurable, porque se dio en el contexto de las graves denuncias de contrabando que han comenzado a tocar las puertas del despacho presidencial. No es descabellado pensar que la intención es la evasiva y –como siempre-, se apela a la estrategia de estrellarse contra el mensajero y culparlo por un caso en el que abundan las pruebas contra un ministro que recibe el pleno respaldo del Gobierno, incluso para evadir un proceso de investigación y pavonearse fresco como lo hizo ayer en el Palacio.

La actitud del Presidente no le hace ningún favor a la imagen que pretende proyectar en la lucha contra la corrupción, porque más allá de este grave incidente, la ciudadanía comienza a reforzar sus sospechas contra Quintana y desde ahora, también contra Evo Morales. En el caso de los periodistas, ni la humillación, los atentados ni la violencia física han podido minar la convicción de ejercer plenamente el derecho a informar e investigar cualquier hecho que tenga que ver con el interés público.

El país necesita un presidente que respete las leyes y a los ciudadanos de cualquier condición. No es saludable ver a Evo Morales sumido en posiciones irascibles e irracionales. Su deber es ofrecer explicaciones sobre un caso muy grave que implica a su principal colaborador y no responder con acusaciones infundadas y gestos de soberbia.

El negro y el indio
bajo el penoco

Mucho se ha dicho del parecido que tienen Evo y Obama, por eso de ser el primer indígena y el primer negro en llegar a ser presidente en sus respectivos países. Pero de a poco comienzan a aflorar las diferencias. El presidente electo de Estados Unidos, dijo estar acongojado frente al caso de corrupción que envuelve a su amigo y correligionario Rod Blagojevich, gobernador del estado de Illinois, quien fue detenido por tratar de subastar al mejor postor el curul que deja vacante el ex senador Barack Obama. Para el jefazo, en cambio, este tipo de actitudes no figuran en su diccionario. Por eso es que, no sólo puso el pecho por su “primer ministro” Juan Ramón Quintana en un caso de corrupción que se cae de maduro, sino que ofreció un triste espectáculo de linchamiento contra un periodista para coronar un acto de celebración del Día Mundial contra la Corrupción.

La frase

“El Presidente actuó como Laura en América cuando hizo pasar al frente al periodista en el Palacio.”

Róger Pinto, Senador de Podemos