Las lecciones del cura Gramunt

José Gramunt dice que Bolivia vive una etapa muy dura y que promete muy poco. Alienta a los periodistas a proceder con mesura.

ElNuevoDia Editorial El Nuevo Día

A sus 87 años, el padre José Gramunt de Moragas desató todo su vigor para levantar la pesada estatuilla de bronce del “Premio Libertad” y expresar con el vozarrón que lo caracteriza que nunca había sido testigo de una etapa tan oscura como la que transcurre hoy, en los 57 años que le ha tocado vivir en Bolivia.
Gramunt, sacerdote jesuita y periodista, recibió el martes en La Paz el máximo galardón que otorga la Asociación Nacional de la Prensa (ANP), institución que aglutina a casi medio centenar de órganos de comunicación impresos de ocho departamentos del país.
La afirmación del cura Gramunt no es para nada apresurada y tampoco se basa en testimonios ajenos, pues desde que pisó suelo boliviano, en 1952, el país ha vivido una tras otra duras etapas en su interminable búsqueda de la consolidación de una identidad nacional y la conformación de un Estado que pueda responder a las necesidades y aspiraciones de sus habitantes.
El mismo cuenta que más de una vez tuvo que ser “invitado” forzado del Ministerio de Gobierno; la radio que él dirigió fue víctima de los atropellos dictatoriales y también le tocó sufrir muy de cerca el asesinato de un hermano de fe y comunicador. Pese a todo y a que la historia de Bolivia es un solo viaje tormentoso, el padre Gramunt dice que el proceso político actual es el peor, porque no observa en los “cambios” que se están produciendo la construcción del país con el que sueñan todos los bolivianos. Lo que cree, sin embargo, es que estamos en medio de un “gatopardismo”, en el que todo cambia para que no cambie nada y donde el bien común se encuentra extraviado.
¿Qué es lo que ve Gramunt? Observa una invasión de la demagogia que viene de la mano del populismo, una oratoria de plazuela, un indigenismo retardado, un delirante electoralismo, una pereza y desacierto en la gestión del bien común y muchas agresiones a la libertad de información. En este sentido, alentó a los periodistas, que son víctimas constantes de agresiones físicas y actos de discriminación del propio presidente de la República, a mantener los valores humanistas cristianos, en los que se pueden encontrar sólidos fundamentos éticos y morales para fortalecer la voluntad democrática y el sentido de servicio a la sociedad.
Pese a que Gramunt es portador de un coraje a toda prueba y que su voz enérgica no se ha callado en ninguna circunstancia, su recomendación pasa por la mesura, por pedirle a las generaciones más jóvenes de periodistas que la clave de la lucha por la libertad no pasa por el arrebato, sino por la necesidad de mantener la mecha encendida, por conseguir que los abusos de un régimen no terminen de amordazar la libertad de expresión, manteniendo vivo el pluralismo indispensable para fortalecer la vida democrática y combatir la polarización excluyente.
Dentro de su infinita bondad y modestia, el padre Gramunt cree que la ANP le dio el premio Libertad sólo porque es el más viejo de todos. Eso vale como un chascarrillo, pues todos en este país que lo acogió y que lo considera un compatriota, sabemos el valor de sus palabras y sobre todo de su testimonio como hombre de bien e intachable apóstol de la verdad.

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