Alvarito, el nuevo comandante

Está a punto de cambiar el terno por el uniforme.

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La izquierda ha sido tradicionalmente antimilitarista pero, mutatis mutandi, se ha tornado en el último tiempo en ferozmente militarista y deposita en las instituciones armadas todas sus esperanzas sobre lo que denominan el “proceso de cambio” al cual auguran una larga vida en esta parte del mundo.

Algunos izquierdistas reciclados y otros recién incorporados dejaron de lado su retórica clásica y han incorporado a su léxico una terminología que hubiera llenado de espanto a los ideólogos de ese amplio abanico que conformaban todas las tendencias de izquierda.

En sus discursos ya no hablan de la lucha de clases, de la hegemonía de la clase obrera ni de la toma del poder por el proletariado. Sus intervenciones apelan ahora a la unidad de la patria, a la veneración de la pachamama, el culto a los ancestros y a la recuperación de las tradiciones.

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Pero donde es más visible esa súbita transformación es en la actitud frente a las Fuerzas Armadas. Los militares ya no son la encarnación endemoniada de la brutal dominación de la burguesía; por obra de arte se convirtieron en depositarios de todas las virtudes y todos los elogios hacia ellos nunca son suficientes.

El vicepresidente Alvaro García Linera asistió la pasada semana al acto de graduación de la Escuela de Cóndores en la localidad chaqueña de Sanandita donde pronunció un discurso que seguramente hubiera conmovido hasta las lágrimas a más de un dictador, de esos que asolaron Latinoamérica en décadas pasadas.

Resultaba difícil de creer que esas alusiones a la patria y sus Fuerzas Armadas vinieran de una persona que como él, en sus épocas de guerrillero y terrorista tuviera como objetivo la destrucción de la institución armada a la que consideraba como el brazo represor de la burguesia.

Faltó poco que les atribuyera el papel “tutelar” de la patria como lo hacia el bronco mandón ahora recluido en la cárcel de Chonchocoro y les alentó a que actúen sin contemplaciones contra todo aquel, que en criterio del gobierno masista, esté en contra de la unidad del país.

“Sorpresas te da la vida” dice un párrafo de una conocida canción del salsero panameño Willy Colón y la verdad es que tiene toda la razón. García Linera ahora concurre con mucho gusto a una escuela militar que tiene como objetivo la formación de elementos especializados en la lucha antisubversiva, una lucha contra una subversión de la cual él fue un emboscado y cobarde exponente.

Es más comprometió su concurso para potenciar esta unidad para lo que anunció un programa de intercambio con la Escuela de Lanceros, la similar venezolana de la Escuela de Cóndores boliviana y que a la fecha se ha constituido en la eficaz heredera de la Escuela de las Américas norteamericana, a donde acudían a formarse los aspirantes a dictadores del pasado.

Cosa rara y sintomática. Las herederas de la Escuela de las Américas mantienen como doctrina la lucha contra el “enemigo interno”. En el pasado ese enemigo interno eran los “extremistas de izquierda”, los “comunistas”; ahora lo son los autonomistas y opositores al proyecto autoritario de Evo.

Las paradojas de la historia. Los que se jactan de haber sido reprimidos en el pasado ahora se aprestan a establecer un sistema similar y contemplan a las Fuerzas Armadas dentro de este esquema que, según el mismo García Linera, incluye al “pueblo movilizado”, unidad del Ejecutivo y el Legislativo, que debe entenderse como subordinación del segundo al primero y finalmente la “solidaridad internacional”, que en los términos chavistas puede significar hasta una intervención militar en caso que un determinado país no se avenga a los términos del tiranuelo caraqueño de beligerantes discursos.