Colonización, nuevo capítulo

Los colonos, los mal llamados colonos de este tiempo, no van a ganarse su espacio en zonas donde hay que pelear duramente el palmo de tierra, donde tienen que abrir caminos…

laPrensa Editorial La Prensa

Formalmente, y hasta con carácter oficial, está anunciado un nuevo plan de colonización. De colonización como plan, sin embargo, nada que hablar, pues para que adquiera tal característica, es decir de plan, tendría que haber sido, desde el principio, lógica y debidamente planificado, lo que incluye desde los objetivos hasta la previsión de las aptitudes físicas y mentales de los colonos inminentes.



Y de eso, que en cualquier parte del mundo es básico, es fundamental, ni idea en el plan en marcha ni en ningún otro que le hubiese antecedido. La colonización aquí, en nuestro poco razonable país, se hace con el montón, con jóvenes y viejos, con sanos y enfermos, y a los que los promotores —los gobernantes— no saben cómo atenderlos, dónde meterlos, qué hacer con ellos, tomando en cuenta que lo de usarlos como fuerza bruta es ocasional, pues no todos los días hay necesidad de esta fuerza que impresione como número, como bulto en las manifestaciones de apoyo a los detentadores del poder y a sus programas de gobierno.

Para empezar, así es como racionalmente se concibe la colonización y así se la ejercita, cuando se trata de territorios incultos, en lugares de difícil acceso y distantes de centros poblados, sin caminos estables y sin medios de comunicación, amén de los de a lomo de animales o de a pie. La colonización no tiene sentido, es un atropello, es un despojo, un asalto vulgar si el territorio que se afecta o está en trance de ser afectado no reúne condiciones mínimas para aquel fin o tiene dueño tradicional y legítimo debidamente documentado. O si ese propietario se ha preocupado de mejorar la calidad de la tierra, de asegurar estables fuentes de agua y otros recursos naturales indispensables para su laboreo, de sanear el ambiente para no ser batido por enfermedades endémicas de fácil transmisión y, asimismo, de acreditar una larga y pacífica tradición de productividad agropecuaria diversa.

Los colonos, los mal llamados colonos de este tiempo, no van a ganarse su espacio en zonas donde hay que pelear duramente el palmo de tierra, donde tienen que abrir caminos, desentrañar dificultades de todo tipo, enfrentar los fenómenos de la naturaleza con fuerza e imaginación.

Los colonos de hoy, que nada colonizan, se establecen en las cálidas proximidades de poblaciones rurales, en las márgenes de las pocas carreteras pavimentadas o transitables simplemente, dotadas de agua, luz eléctrica y hasta con teléfonos y karaokes a tiro de pistola. Y más que al laboreo de la tierra, los mal llamados colonos se dedican a depredar tanto los bosques como sus criaturas, de los que dan cuenta a punta de hachas y de trampas mortíferas.

Si habrá razón sobrada para ponerse a temblar ante el nuevo plan de “colonización” que está por materializar el Gobierno.