El poder, las diatribas y los engaños

MarceloOstriaTrigo Marcelo Ostria Trigo

Los autócratas atesoran y cuidan el poder. Creen que les durará para siempre y, mientras lo ejercen, odian, castigan, persiguen y se toman revanchas por afrentas imaginarias.

El ansia de permanencia indefinida lleva al engaño, a la deformación de la verdad y a disimular impávidamente culpas y errores. Los seguidores que medran con el poder, se esfuerzan en alabar al líder que, como un nuevo Mesías, va a salvar al género humano de la injusticia, del abuso y de la negación de la libertad.

Surge, entonces, en el déspota una sensación de impunidad que exacerba la altanería de sus acólitos que compiten en infamar y denigrar a supuestos enemigos de  su reino que lo creen perdurable. Sin embargo, les es difícil sincronizar la diatriba y los engañosos llamados a la paz y la concordia. Y, cuando pierden esta sincronía, surgen las contradicciones, los anuncios encontrados y la confusión.

En el día de Bolivia, los llamados del presidente en la histórica Casa de la Libertad de la capital de la República a la unidad y al trabajo conjunto entre oficialistas y opositores, dizque en busca del bien común, tuvieron como contrapartida la iracundia de su segundo: “Enemigos de la patria –afirmó el vice presidente- son los que venden el país (¿no se habrá enterado de la intención del gobierno de regalar a Chile las aguas del Silala?)…, aquellos que viven a costa de la riqueza pública que roban (¿será que estaba pensando en los escandalosos casos de corrupción recientes? etc. Y lo peor: “Quiero que sepan que los hemos derrotado y los vamos a derrotar las veces que sean necesarias”. Los vamos a “aplastar”, dijo. ¡Vaya lenguaje para la celebración de un aniversario de la fundación de la patria!

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No es fácil saber por qué el presidente abandonó en esta ocasión su habitual agresividad, ni por qué bajo el tono, luego del inflamado discurso del vicepresidente. En realidad, hasta ese día, el primer mandatario, todos los días se empeñaba en una agresiva campaña electoral, con acusaciones, dicterios y con todo el picante que suele poner a sus improvisadas arengas a sus seguidores. ¿Había aflorado en este 6 de agosto una diferencia o fue el resultado de la mala improvisación?

Pronto el presidente volvió a la “normalidad”: al día siguiente, afinó su puntería para alcanzar los blancos fijados por la ira incontenible. Sugirió que el presidente colombiano Álvaro Uribe es un traidor a su patria por estar dispuesto a convenir con Estados Unidos el uso de bases militares en su territorio para combatir a una banda terrorista aliada al narcotráfico. No tomó cuenta sus propias contradicciones: por un lado, pidió humildemente disculpas a los gobiernos de Chile y la Argentina por haber opinado sobre posibles resultados electorales en esos países y, por otro, recargó su artillería verbal intervencionista contra gobiernos que no le son afines. Todo con el aderezo consabido: ataques e insultos a la oposición nacional. ¿Coherencia? Pamplinas.

Entre los despropósitos y contradicciones, se advierte una conducta dual y sibilina que se orienta a engañar sobre el verdadero carácter autoritario del régimen. Pero, “…puedes engañar a todo el mundo algún tiempo. Puedes engañar a algunos todo el tiempo. Pero no puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo”.

La demagogia y el engaño son parte del estilo incambiable de los autoritarios… Pero la mentira en los asuntos públicos, se paga, y muy caro. Se olvida una constante: el poder no es eterno. El amor de las masas es frágil, siempre buscan a otro a quién adorar cuando el ídolo desaparece.