Una mirada al poder cruceño a partir de Potosí

Pablo Javier Deheza

deheza2_thumb1 El autor se pregunta por qué Potosí obtuvo en pocos días lo que Santa Cruz no logró en años. Acomete entonces el análisis del estado de las elites en Santa Cruz, donde se evidencia una profunda fractura entre los sectores tradicionales de la sociedad cruceña y el resto de ésta. Lejos están los tiempos del “cabildo del millón”, sentencia.

Diecinueve días de movilizaciones, confrontación con el Gobierno, embates del Gobierno, amenazas, hambre, desabastecimiento, carreteras bloqueadas, el dolor de todo un pueblo, todo eso y más pasó en Potosí. Hasta las meretrices se declararon en huelga. Y finalmente Potosí logró que se reconozcan sus demandas y que el Gobierno termine cediendo. ¿Qué pasó? ¿De cómo así es que Potosí se levanta un buen día en paro y acaba doblándole la mano a un Gobierno al que hasta ahora ninguno de los otros opositores logró hacer frente? ¿De dónde salió eso? Más allá de las demandas puntuales de Potosí, lo que queda es una gesta loable de un pueblo por demás olvidado. Hay algo muy humano en ver al menos esperado levantarse un buen día contra el poder de turno hasta arrancarle su verdad.



Veamos entonces algunas cosas prácticas y concretas acerca de lo acontecido en Potosí.

Aparece Comcipo como un nuevo actor político. El Comité Cívico Potosinista (Comcipo) viene desde la sociedad civil encarnando demandas puntuales y concretas que hacen a la problemática potosina y al imaginario de los potosinos. Estas demandas fueron además planteadas en el lenguaje y en los códigos propios de los potosinos. Comcipo logró generar un discurso incluyente para el conjunto de habitantes de Potosí. Formuló con éxito elementos cohesionadores y contestatarios. Es cierto que Potosí no tiene la dinámica social ni la complejidad que tiene la sociedad cruceña, y precisamente por ahí empieza la explicación acerca de por qué algo así resulta tan lejano en la Santa Cruz de hoy.

En el fondo, el tema de por qué Santa Cruz –supuestamente el bastión liberal y opositor de este país– no logra articular una respuesta coherente frente al poder oficial tiene que ver esencialmente con el tema de la identidad cruceña. En Santa Cruz concurren, desde el punto de vista de la formulación de un discurso político cruceño, dos construcciones que se dan en paralelo sin encontrarse nunca. Por un lado está el discurso dominante de las viejas elites cruceñas y por otro, la realidad de lo que en verdad está pasando en Santa Cruz en cuanto a la formación de una Bolivia entrelazada, diversa, plurimulti, transversal, sincrética, capitalista, moderna, intercultural y maravillosa. Algo que se vive todos los días en cada una de las calles y poblaciones del departamento.

Hay una falla entre el contenido del discurso cruceño oficial y la realidad. El discurso dominante no recoge la diversidad existente, no asume la bolivianidad actual de Santa Cruz y reniega de su mestizaje nacional. Siendo honestos, a las élites cruceñas les incomoda una Santa Cruz así de diversa y con otros actores disputando los espacios que pretenden para sí. El discurso dominante insiste con el entendimiento de lo cruceño a partir de una suerte de abolengo. Sólo son cruceños, para el discurso dominante en Santa Cruz, aquellos con determinada ascendencia. Esta afirmación, que podría parecer en otras circunstancias hasta malintencionada, no es sino la constatación empírica de lo que se ve en la institucionalidad cruceña. Tanto es así que el centro del acontecer político en Santa Cruz durante las últimas décadas –el Comité Cívico Pro Santa Cruz– mantiene en sus estatutos una cláusula que impide que un cruceño o cruceña cualquiera lo llegue a presidir. No hay la posibilidad de que líderes populares y representativos de los cinturones periurbanos puedan ser tomados en cuenta y lleguen a expresar desde ahí sus verdades. Migrantes con vidas ilustres y con aportes de verdad al bienestar de los cruceños no llegan a ser tomados en cuenta por las estructuras de poder. Sí, las estructuras del poder oficial cruceño no son instancias democráticas, plurales ni incluyentes; antes que eso son excluyentes y copadas por camarillas.

Así las cosas, no es de extrañarse que la cohesión lograda por los potosinos resulte una lejana añoranza para los cruceños. No hay en Santa Cruz un discurso capaz de trascender la heterogeneidad existente y formular con lucidez elementos cohesionadores comunes. En el presente la mecánica existente en el discurso dominante en Santa Cruz tiene dos vertientes centrales: la polarización política respecto al Gobierno central, y la manipulación de la identidad cultural hacia el contenido de las élites formales. En el primer caso, lo que existe es un discurso reaccionario y ciego que apoya burdamente cualquier cosa que pueda incomodar al Gobierno –literalmente cualquier cosa, sin que medie juicio o razón sustentable llegando hasta la defensa de cosas nocivas para el departamento con tal de llevar la contra– y que define como anticruceño a todo lo que tenga que ver o que provenga del partido de Gobierno. Una suerte de reducción al absurdo de la realidad a un maniqueísmo naïve. En el segundo caso, define lo cruceño como idéntico a las elites que sustentan el discurso dominante. En ese entendido, ellos son los portadores de la “verdadera” cruceñidad y los otros son sólo eso: los otros, los advenedizos, los incómodos. El discurso de las elites, como elemento cohesionador para los cruceños, se invalida incluso a partir de quienes emiten el mismo. ¿Es creíble un discurso unificador en Santa Cruz que proviene de elites que repiten y sustentan elementos raciales y xenófobos; que persisten en tildar a los otros cruceños de indio de tal, colla de cual o cholo de aquel, a sabiendas de que el vecino, el colega o el profesor de los hijos están incluidos en esas categorías?

¿Qué pasó entonces con Santa Cruz? ¿Por qué esas elites que hasta hace poco tiempo lograban congregar un “cabildo del millón” hoy ya no tienen ese arrastre? Bueno, pasó que se cayeron las inercias. El discurso de las elites funcionaba porque no había al frente un partido como el MAS; porque no había una interpelación a la sociedad como la del MAS, capaz de darles identidad a quienes no eran reconocidos por el discurso de las elites, bolivianas en primera instancia, y cruceñas en segunda.

Muchas veces el poder cruceño tuvo la oportunidad de generar espacios democráticos e inclusivos para la totalidad de las y los cruceños; muchas veces esto fue un reclamo planteado por los sectores oficialmente no visibles de la sociedad cruceña. Y cada vez que eso pasó, la respuesta fue la negación de la diversidad por parte de las elites. No es extraño seguir escuchando, por parte de algunos miembros de estas elites, el extremo de su autoafirmación en términos del discurso dominante cuando señalan que lo boliviano es otra cosa que nada tiene que ver con lo cruceño. El fondo de esa afirmación es invalidar como cruceños a los otros bolivianos que habitan Santa Cruz con el fin de hacerlos a un lado de los espacios de poder. Algo así como: esta fiesta es nuestra, podés mirar pero no bailar. A eso también hay que sumarle la persistencia en el error político de la dirigencia cruceña. Eso termina por explicar por qué la Santa Cruz de hoy no es, políticamente hablando, la Santa Cruz de los días del “cabildo del millón”.

Necesariamente Santa Cruz tendrá que encontrar la forma de articular un nuevo discurso que la refleje en toda su fascinante diversidad creadora. Necesariamente esa será una tarea que vendrá de nuevos actores de parte de la sociedad civil. El proceso de cambio, entendido éste como proceso social de interpelación por parte de la ciudadanía a los sistemas de representación ciudadana existentes y al Estado boliviano, deberá encontrar todavía su camino en Santa Cruz y entregar más de una respuesta necesaria para sus habitantes.

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