Autobiografía de una época

Pablo Stefanoni

STEFANONI El cineasta rumano Andrei Ujica ha hecho algo “simple” pero de una contundencia feroz: se metió en los archivos del Estado rumano, revisó unas 1.200 horas de imágenes que el dictador Nicolae Ceaucescu hizo filmar durante sus 25 años de reinado, seleccionó más de 200 horas y finalmente quedó un filme de tres.

La originalidad del documental es que está construido exclusivamente con esas imágenes, en una suerte de primera persona sin ninguna intervención del director (salvo en la selección, hecha sin ninguna mala fe).

De ahí la contundencia de la apuesta: el envejecimiento personal de los protagonistas -Nicolae, su esposa Elena y su entorno- parece sólo una metáfora visual de la senilidad del régimen.

Si en los años 60 se ve un clima de relativa abundancia y las clásicas sonrisas socialistas de las imágenes oficiales hasta parecían creíbles (y en parte seguramente lo eran), en los 80 la televisión estatal filmó una patética serie de imágenes de Ceaucescu recorriendo tiendas de alimentos de Bucarest, mostrando que el país estaba abastecido, en las que el dictador tocaba panes, y criticaba que algunos tenían demasiada corteza, frente a empleados a los que se les había borrado la “sonrisa socialista”.

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La estética de los alimentos no provocaba precisamente apetito.

Poco después vendría la revuelta de Timisoara, la represión y el golpe de Estado de la Securitate y, finalmente, el fusilamiento del dictador y su esposa por parte de los mismos quienes acompañaron su dictadura.

Pero el documental es la autobiografía de una época.

De un Ceaucescu que pronuncia un encendido discurso contra la invasión a Checoslovaquia por el Pacto de Varsovia en 1968, de un Jimmy Carter que llena de elogios en EEUU al dictador como un líder mundial.

De un De Gaulle que visita Bucarest mientras en la Sorbona se cocina el Mayo del 68 y dice estar de acuerdo con los rumanos en que es necesario defender el Estado nación contra el Estado cosmopolita.

Del impresionante recibimiento por parte de la reina de Inglaterra y la cara de satisfacción de los Ceausescu en la carroza. De esos viajes a China o Corea del Norte donde Mao y Kim II sung movilizan a miles de personas para recibir al hermano rumano (ya en esa época el régimen norcoreano estaba obsesionado con la movilización de miles y miles con cartelitos en la mano para hacer enormes, complejísimas y perfectas figuras, en lo más parecido a una sociedad de robots imaginada hasta ahora: una especie de taylorismo a gran escala).

De un Ceaucescu muy básico, que pronuncia discursos cortos, repetitivos y llenos del clichés “marxistas leninistas”, y que en una conferencia de prensa apenas puede contestar las preguntas’

Las tres horas de “autobiografía” vistas con la ventaja de la distancia –y la cuota de cinismo ya que conocemos el final de la historia- dejan ver el pasaje de la esperanza en los años 60 hasta la completa farsa de los 80. Flota la realidad de decorado, el cinismo institucionalizado, las falsas unanimidades, las concesiones morales para sobrevivir.

Hasta algunas imágenes de la propia abulia del régimen: Elena jugando naipes con su propio entorno en un paisaje campestre o jugando al voleibol en bata y con chancletas’

Todo ello condimentado con dosis desmesuradas de patriotismo de fiesta escolar.

Ojalá otros cineastas imiten a Ujica, que presentó a sala llena su documental en el festival de cine de Buenos Aires, y tengamos otras “autobiografías”.

Muchos de los dictadores se hicieron filmar y debe haber horas y horas en los archivos.

Y, sin ninguna duda, hoy esas imágenes hablan por sí mismas: tienen la ventaja de ser irrefutables. Pero también reflejan cierta candidez de una época: la utopía de que de fabricar algunos autos Lada y tener industrias metalúrgicas hasta el hombre nuevo sólo bastaba dar un par de saltos; al menos hoy estamos más atentos a los precipicios.

Página Siete – La Paz